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España, un proyecto europeo

Banderas de la Unión Europea (UE)

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Un titular de un periódico de economía publicado estos días decía “España encara el 2026 como motor económico de Europa y reivindica mayor peso en BCE”. De la España que habla es de la que hace 40 años entraba en la Comunidad Económica Europea hambrienta de todo, arrasada por siglos de caciquismo e incultura. Se necesitaban mejores infraestructuras, mayores y mejores servicios colectivos, amplios niveles de libertad, de democracia, aires de modernidad en sus sistemas productivos. La dictadura de otros 40 años la había dejado en los huesos, encerrada en sus miserias antiguas. La España que entraba en Europa, por lo demás, culminaba el sueño de generaciones que anhelaban una España no aislada por los Pirineos ni por ningún otro impedimento.

La solución de España habían escrito pensadores, filósofos, literatos y periodistas se encontraba en pertenecer a un territorio que tras, la Segunda Guerra Mundial, había emprendido un camino de progreso y derechos civiles.

La sucesión de dictaduras que arrancaron en el siglo XIX y continuaron en el XX habían apartado a España del territorio al que pertenecía por Historia y Geografía. El aislamiento sirvió a las élites, castrenses y religiosas sobre todo, para convertir  España en su cortijo privado. España les pertenecía y de ahí que ahora, en plena democracia, la derecha lleve tan mal que otros distintos a ellos les arrebaten el poder y demuestren que España puede desempeñar un papel protagónico en la nueva Europa, tras el fiasco del “amigo americano.”

Al proyecto español europeo se opone la ultraderecha y cada día más la derecha que se confunde con ella. Añoran volver al aislamiento de épocas anteriores. Una España moderna, progresista, plural, integrada en Europa no les gusta. Prefieren la pelea interna donde los poderes del Estado se posicionan contrarios a cuanto suena a izquierda, desde el derecho hasta la economía, desde la defensa de la dignidad de todos los territorios contra la indignidad de los nuevos gobernantes, llámense Putin o Trump.

En la misma Europa anidan fuerzas internas que aspiran a retroceder en la creación de un espacio de libertad, progreso y decencia política y colectiva

Hay quienes abogan por acabar con el proyecto de una Europa fuerte y segura y preconizan  la vuelta a las naciones del siglo XIX. En la misma Europa anidan fuerzas internas que aspiran a retroceder en la creación de un espacio de libertad, progreso y decencia política y colectiva. Volver al Colonialismo del siglo XIX nos retrotrae  a un modelo que la Europa Unida ha intentado superar en los últimos años.

En estos 40 años de pertenencia a Europa, España ha evolucionado más deprisa que otros países que se incorporaron por la misma época y posteriores. Se transformaron sus infraestructuras viarias, se modernizaron las relaciones laborales, se consolidó un Estado del bienestar que ahora los antieuropeístas cuestionan. Se han conquistado derechos que nunca debieran perderse y se han incorporado los ritmos de crecimiento y desarrollo de la Unión. La negativa de Sánchez a responder a los caprichos de Trump ha convertido a España en un referente en la defensa de los derechos humanos y el orden internacional.

El estado de la economía, la defensa de los derechos de todos, la incorporación de la emigración al modelo español habilitan a España a liderar, 40 años después, los procesos hacia un Europa autónoma e independiente de viejos amigos y antiguos adversarios. El proyecto no les gusta a Putin ni a Trump. Quieren volver a un orden mundial decimonónico de imperios enormes, sometiendo a los países que favorezcan sus estrategias de crecimiento y  de poder. El caso más presente, Venezuela.

Por eso el futuro de la Unión Europea pasa por España y así lo están constatando en otros países de la Unión. Un gobierno de progreso en España puede servir de muro de contención contra afanes imperialistas y tácticas fascistas. Esa es la gran metamorfosis de España en los últimos 40 años.

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