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Más allá de la Mancha: quedan 15 molinos de agua en la Sierra Norte de Guadalajara que pueden regresar del olvido y la ruina

Entrada al Molino Caído de Valverde de los Arroyos

Alicia Avilés Pozo

1 de abril de 2026 20:09 h

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Cuando hablamos de Castilla-La Mancha es inevitable imaginarnos las aspas de los antiguos molinos de viento, aquellos que Don Quijote confundió con gigantes en la obra magna de Miguel de Cervantes. Pero más allá de la Mancha, en esta comunidad autónoma también hay otras construcciones, en zona castellana, que se erigieron con fines similares, en este caso propulsadas por agua y no por el viento, y que hoy en día están olvidadas o en ruinas.

Una nueva publicación quiere ahora rescatarlas de ese ostracismo. ‘Molinos harineros en la Sierra Norte de Guadalajara’ fue un trabajo de Juan Alba Torija, estudiante de la Universidad de Alcalá (UAH), que Océano Atlántico Editores ha decidido publicar ahora para intentar dar a conocer este “patrimonio industrial de primer orden”, según destaca su editor, Julio Martínez.

Fueron un elemento central de la economía rural

Estas construcciones diseñadas para moler cereales y convertirlos en harina fueron fundamentales para la producción de pan desde el siglo XVIII, constituyendo un elemento central en la economía y el paisaje rural durante siglos. Después, la llegada de las panificadoras provocó que dejaran de utilizarse. Pero, ¿ya no sirven para nada?

Contra ese olvido y para darles nuevas utilidades desarrolla su trabajo el autor. El estudio aborda la red de molinos harineros de la Sierra Norte de Guadalajara desde una mirada integral, que combina los enfoques histórico, territorial y arquitectónico.

A través del análisis y contraste de diversas fuentes se traza la evolución de estos ingenios, desde su auge en los siglos XVIII y XIX hasta su progresivo abandono en el siglo XX. Actualmente son 15 los que quedan en pie.

Maquinaria del Molino Viejo de la Villa, en Galbe de Sorbe
Exterior del Molino Viejo de la Villa

El trabajo pone de manifiesto la estrecha relación entre los molinos, el relieve y el aprovechamiento hidráulico, mientras que las campañas de campo documentan con rigor su estado actual y las huellas materiales que aún perviven en el paisaje.

En conjunto, la investigación plantea que el patrimonio hidráulico debe entenderse como un sistema complejo en el que arquitectura, territorio e historia se entrelazan, proponiendo una “lectura global que oriente su conservación y divulgación contemporánea”.

Julio Martínez destaca que es el primer trabajo que acota el estudio de estas construcciones en la Sierra Norte. “Estos molinos utilizaban la fuerza tractora del agua, son muy diferentes a los que todos conocemos de la Mancha. Pero merecen también su conservación, porque sus maquinarias están en muy mal estado”.

Exterior del Molino de la Piscifactoría, en Galve de Sorbe
Piedras de molienda reutilizadas en mobiliario del exterior. Molino de la Piscifactoría

“Es un patrimonio industrial muy importante que debemos recuperar por su repercusión incluso a nivel internacional, puesto que ya se está haciendo en países como México, Francia o Inglaterra. Su recuperación podría ser para la musealización, como un revulsivo turístico para la zona”, agrega.

El problema es que la titularidad de estos 15 molinos es muy dispar. Algunos son privados y otros pertenecen a diferentes administraciones. Y en este último caso, la propiedad es de ayuntamientos muy pequeños sin capacidad económica. “Ahí tendrían que intervenir otro tipo de administraciones para su recuperación. Por eso hemos querido exponer la situación y divulgarla, con ese objetivo”, destaca Julio Martínez.

Un trabajo que nace de la memoria familiar

“En cada molino abandonado late la memoria de un territorio que todavía sueña con el rumor del agua”, es la frase con la que Juan Alba Torija arranca su libro. En sus páginas explica que su interés por los molinos harineros de la Sierra Norte de Guadalajara se origina en una relación directa con el territorio.

Su familia materna procede de Bustares, un pequeño núcleo rural al norte de la provincia de Guadalajara, en la cabecera del río Bornova. Desde la infancia transitó por sus riberas y observó restos de presas, tajamares y cárcavos semienterrados entre la vegetación.

Gracias a las conversaciones con vecinos y familiares, comprendió que aquellos vestigios pertenecen a una red de ingenios hidráulicos que sostuvo la economía cerealista local desde la Baja Edad Media hasta la década de 1960. Con esta información, lo que antes parecían “simples ruinas”, se reveló como un conjunto de “artefactos técnicos”, cuyo deterioro “amenaza con borrar una parte relevante de la memoria material de la comarca”.

Molino de Lázaro / de la Malecilla. Galve de Sorbe
Álabes, eje y piedra de molienda en expositor bajo suelo. Molino de Lázaro

“La realidad constructiva de estos molinos evidencia una rápida degradación provocada por la falta de mantenimiento. El colapso de cubiertas, la pérdida de la maquinaria de hierro y madera, y la erosión de los muros de mampostería avanzan cada invierno”, explica el autor.

Por eso, ha considerado necesario levantar un registro completo de su estado actual y de sus características tipológicas, para fundamentar futuras intervenciones de conservación. Es decir, ofrece herramientas que permiten abordar esta tarea con rigor y, al mismo tiempo, “con un enfoque sensible hacia el entorno rural en el que se insertan”.

El cómputo de ingenios harineros que operaron en la Sierra Norte entre el siglo XVIII y la primera mitad del XX se ha construido a partir de un cruce escalonado de fuentes. El punto de partida lo ofrece el Catastro de Ensenada (1752). Las Respuestas Generales de cada municipio consignaban el número de “molinos harineros de agua” sujetos a derrama fiscal, lo que arrojó un primer total de 58 establecimientos para el ámbito analizado.

De la era dorada de los ingenios a la llegada de la electricidad

El cotejo con los padrones parroquiales de 1787 añade otros tres ingenios no declarados -dos en Gascueña de Bornova y uno en Valdepinillos-, probablemente por tratarse de pequeños rodeznos comunales situados en cauces de escaso caudal. Sobre esa cifra de 61 molinos confirmados se superpone la información extraída del Diccionario de Pascual Madoz (1845-1850), que elevaba el total a 74 tras incorporar los ingenios de nueva planta construidos durante la 'edad de oro' del cereal serrano (1820-1840).

Fachada exterior del Molino de Muriel, pedanía de Tamajón
Socaces en Molino de Muriel

Según el libro, todo indica que la competencia de nuevas fábricas de luz, capaces de generar electricidad y de accionar muelas metálicas, dejó obsoletos los molinos. La tendencia decreciente se plasmó definitivamente con los padrones catastrales de 1965-1970. El último ciclo productivo se agota entre 1971 y 1978.

El inventario industrial de la Diputación de Guadalajara de 1980 catalogó apenas dos fábricas de harina en funcionamiento (La Constante, en el Bornova, y el Retorcillo, en el Sorbe), ambas electrificadas y reconvertidas en pequeñas minicentrales que vendían excedente a la red.

Molino sumergido de Beleña. Cogolludo, pedanía de Beleña de Sorbe

Apela a la Ley de Patrimonio Cultural de Castilla-La Mancha, que establece la obligación de garantizar la tutela y transmisión de los bienes culturales que conforman la identidad regional. Sin embargo, muchos molinos de la Sierra Norte permanecen “fuera de los inventarios provinciales” o figuran en ellos “con datos mínimos”, lo que dificulta la aplicación efectiva de la normativa y complica el acceso a financiación pública para su restauración.

La ausencia de información técnica detallada se convierte, así, en un obstáculo que “urge subsanar desde la investigación académica”.

Ahora, la motivación de Juan Alba Torija se ha visto reforzada, de hecho, por su experiencia profesional adquirida en el estudio Civitas Arquitectura, donde colaboró en el proyecto de rehabilitación del Molino Borgoñón, en la ribera del Henares. Ese encargo le permitió utilizar técnicas de levantamiento tridimensional, evaluar patologías mediante inspección termográfica y coordinar propuestas de uso cultural compatibles con la estructura original.

Un inmueble industrial aparentemente obsoleto puede integrarse en la dinámica urbana actual

“Comprobar cómo un inmueble industrial aparentemente obsoleto puede integrarse en la dinámica urbana actual confirma la vigencia de los principios expuestos en la Carta de Turín sobre Patrimonio Industrial, que aboga por la adaptación de los edificios históricos a nuevas necesidades sin menoscabar sus valores esenciales”.

El investigador está convencido de que la desaparición de estos 15 molinos supondría la pérdida de “un referente histórico, tecnológico y social” para la provincia de Guadalajara.

En sus conclusiones, Juan Alba Torija destaca que la mayor parte de los molinos se localiza en pendientes de entre el cuatro y el siete por ciento, y entre 950 y 1.100 metros de altitud, rango que proporciona salto hidráulico suficiente con diques y caz (canal) de longitud moderada. “Fuera de esa franja, los ingenios pierden viabilidad o requieren obras más costosas”.

Restos de piedra de molienda en el Molino de Umbralejos

Agrega que la “recolonización forestal” tras el éxodo rural redujo la escorrentía estival y aceleró la ruina de presas y cubos. El silvopastoreo emergió, por su parte, como herramienta dual de control de biomasa y recuperación del mosaico agrario que sustentaba la molinería tradicional.

Todo ello sustenta la necesidad, como alude el editor, de recuperar ese patrimonio. El libro, es “un primer paso” que puede servir como herramienta a los ayuntamientos para solicitar ayudas destinadas a su recuperación como atractivo turístico de la zona.

“Interpretar el sistema molinero serrano revela la larga relación entre agua, energía y paisaje e invita a replantear la gestión sostenible del territorio, integrando memoria técnica y oportunidades contemporáneas de desarrollo rural”.

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