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CATALUNYA

La repercusión del informe Chilcot: las mentiras sobre Irak se desvanecen

Siete años hemos tenido que esperar para que una comisión creada por el Parlamento Británico, y un informe que consta de un total de 2,6 millones de palabras, concluyera con carácter oficial unas verdades que para muchos eran obvias.

A pesar de que sabemos que Blair y Aznar no hicieron absolutamente nada por evitar la guerra, ni por tratar de persuadir a Bush sobre la posibilidad de explorar otras vías, sí hicieron por otra parte, todo lo posible para que pareciera una intervención legal.

El informe Chilcot debe servir para recordarnos que la apuesta pacifista debe imperar sobre la brutalidad militar.

Tony Blair, José María Aznar, George Bush y el cuarto de las Azores: José Manuel Durao Barroso

Tony Blair, José María Aznar, George Bush y el cuarto de las Azores: José Manuel Durao Barroso

Si existe un recuerdo memorable en nuestras cabezas para describir la invasión de Irak de 2003, es sin duda alguna la condena moral que tuvo, tiene y seguirá teniendo esta guerra, debido su ridícula justificación basada en el supuesto armamento nuclear que el régimen de Sadam Hussein poseía.

Pero lo anterior no es nada nuevo, prácticamente lo sabemos desde el comienzo de la invasión, y por ello no sorprende que el reciente “informe Chilcot” haya concluido que la información sobre las armas de destrucción masiva se presentó “con una certeza no justificada”[1]. Esta es una de la tantas conclusiones que recoge el informe Chilcot, una investigación independiente que recoge siete años de investigación, principalmente sobre la participación de Reino Unido en la guerra de Irak, y por ende la actuación o responsabilidad política del entonces primer ministro laborista, Tony Blair en los meses previos al conflicto.

Las conclusiones del informe Chilcot determinan de forma general que “la acción militar en ese momento no era el último recurso”. Analicemos algunas de sus conclusiones: Primero,  la invasión de Iraq liderada por George W Bush estuvo basada por el continuo argumento sobre la amenaza que suponía Sadam Hussein. El informe considera que el líder laborista “exageró de forma deliberada la amenaza que suponía el régimen iraquí cuando aspiraba a defender la acción militar ante el Parlamento y la sociedad en el proceso previo a la invasión, durante 2002 y 2003”. Esto sumado a la convicciones personales de Blair, el cual fue, llamémoslo de forma educada, “persuadido o manipulado por Bush”, hizo que su “ceguera política” no considerara otros recursos no militares, a pesar de que el Comité Conjunto de Inteligencia de Reino Unido “creía que Irak tardaría cinco años en producir material fisible para un arma nuclear”[2].

Segundo, Chilcot concluye que los servicios de inteligencia británicos “produjeron información deficiente sobre las presuntas armas de destrucción masiva del régimen iraquí”. Arguyendo que las agencias de inteligencia se basaron desde el principio en “el supuesto equivocado de que Sadam tenía armas de destrucción masiva”, y por ello no había otro planteamiento que objetara la no existencia de su arsenal nuclear.

Tercero, el argumento diplomático. Chilcot rechaza tajantemente la versión de que las relaciones Londres-Washington se hubieran visto afectadas si Reino Unido no hubiera entrado en guerra. "Blair tenía razón al sopesar con mucho cuidado las posibles consecuencias para la alianza general con Estados Unidos", concluye el informe. Pero añade: "Que Reino Unido se hubiera negado a unirse a Estados Unidos en la guerra no habría llevado a un cambio fundamental ni duradero en la relación entre Londres y Washington".

El informe Chilcot fortalece los argumentos contrarios a las “supuestas amenazas” que Irak suponía, y su vez rechaza “las alegaciones de que los problemas de después de la invasión eran imposibles de predecir”. Siete años hemos tenido que esperar para que una comisión creada por el Parlamento Británico, y un informe que consta de un total de 2,6 millones de palabras, concluyera con carácter oficial unas verdades que para muchos eran obvias.

El informe Chilcot ha sido un mazazo político no solo para Blair. El entonces líder británico encontró en José María Aznar, un aliado fundamental que al igual que él, priorizaba su “gloria personal” sobre la realidad. La estrategia de comunicación “que intentaba demostrar que estaban haciendo todo lo posible para evitar la guerra”, argumento que según ellos les exonera de cualquier remordimiento en su conciencia. A pesar de que sabemos que Blair y Aznar no hicieron absolutamente nada por evitar la guerra, ni por tratar de persuadir a Bush sobre la posibilidad de explorar otras vías, sí hicieron por otra parte, todo lo posible para que pareciera una intervención legal. Cabe recordar que el rechazo a la guerra por parte de Alemania y Francia, asociado a la circunstancia de que España ocupase un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad, otorgó un papel protagónico al gobierno de Aznar, el cual no quiso, ni dejó pasar la oportunidad de estar en la foto con Bush y Blair.

A pesar de que Aznar se empeñó en buscar una resolución de la ONU que apoyase la intervención, lo cual finalmente no consiguió, ya que tanto la Asamblea General como el Consejo de Seguridad nunca apoyaron la intervención militar, asociado a la insistencia de Blair de “dar la impresión de que Iraq sería administrada bajo la autoridad de Naciones Unidas”, sirvió para fortalecer el argumento de que se hizo todo lo posible por evitar la guerra, cosa que el informe Chilcot desmiente rotundamente.

Por otra parte como es sabido, en octubre pasado Blair pidió disculpas por su papel en la intervención militar: “Fue la decisión más difícil que he tomado. La tomé de buena fe. Expreso mi dolor, mi pesar y disculpas". También reconoció que “no supo prever el caos que se desataría tras el derrocamiento de Sadam Husein, y admitió que dicho caos puede haber contribuido a la aparición y crecimiento del Estado Islámico”[3].

A pesar que muchos activistas y pacifistas consideramos que cualquier intervención militar es contraria al sentido común, debido entre otras muchas razones a sus nefastas consecuencias en agravar un conflicto, encontramos en la intervención iraquí un crimen de guerra (aunque la legalidad de la guerra no esté en los cometidos de Chilcot) asociado principalmente a tres individuos: Bush, Blair y Aznar, como corresponsables de una decisión política que ha terminado con trece años de conflicto con la vida de 250.000 personas, incluidos los 179 soldados británicos y los 292 fallecidos en el reciente atentado en una heladería en Bagdad.

El informe Chilcot debe servir para recordarnos que la apuesta pacifista debe imperar sobre la brutalidad militar, la cual ha destruido y traumatizado miles de familias, que en caso de estar con vida, han tenido que desplazarse de sus viviendas para sobrevivir. Los militares pueden argumentar que se “debe aprender de las lecciones”, pero las lecciones fueron obvias antes de que empezaran a caer las bombas sobre Bagdad.


[1] Conclusiones del Informe Chilcot.

[2] Conclusiones del Comité Conjunto de Inteligencia de Reino Unido sobre la guerra de Irak.

[3] Discurso del Ex primer ministro Tony Blair sobre la intervención militar en octubre 2015.

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