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Lucia del Greco, directora: “La gente joven quiere ir al teatro, pero no para encontrarse con algo que ya espera”

Del Greco, en la librería Finestres de Barcelona

Oriol Solé Altimira

Barcelona —
11 de enero de 2026 21:35 h

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Hablar de Lucia del Greco (Roma, Italia, 1992) como directora emergente ya es quedarse corto. Su propuesta de Little Women la ha consolidado como una de las dramaturgas que hay que tener más en cuenta en la escena teatral. Con una capacidad de trabajo y una curiosidad voraces, cerrará el curso como una de las directoras de escena de las microóperas que prepara el Liceu para el Grec, el festival de verano de Barcelona. “Puede parecer un punto masoquista, pero encuentro placer en el sacrificio, me acerca a la vida”, asegura.

¿Cómo lleva la digestión del éxito de Little Women?

Ahora he podido descansar, porque el proyecto acabó con la última función, no con el estreno. Durante todos los días en cartel me sentí muy implicada y contenta con el recibimiento del público: no es una obra que unifique opiniones, sino que genera contradicciones y despierta cosas distintas en función de la generación.

El día que fui al Lliure había entre el público más gente joven que la que se acostumbra a ver en los teatros de Barcelona. ¿Ha tenido la misma percepción? 

¡Sí! Hay gente joven que no va al teatro porque se imagina una programación más canónica y no se siente interpelada. Little Women ha sido un montaje cuya tipología, a nivel visual y escénico, ha generado un interés entre la gente joven porque ya sabían que no sería una adaptación fiel, sino un punto de vista concreto y personal sobre un texto que ya conocían. ¡Me emocionó muchísimo ver cómo a medida que pasaban las semanas la edad de la platea se reducía! Además, el nivel de concentración en sala fue extremadamente elevado, el público no estuvo para nada con la cabeza en otro lado. ¡Es algo maravilloso!

¿También sirve para romper algún que otro estereotipo respecto a los jóvenes?

¡Claro que los jóvenes quieren ir y tienen interés en el teatro! Tienen ganas de entrar al teatro, pero no para encontrarse con algo que ya esperan. Tienen interés en romper con la lógica de lo cotidiano y de lo teatral en sentido clásico, y es algo que ha jugado a favor de Little Women. Es una obra con la que la gente joven ha empatizado.

¿A los directores y creadores jóvenes también se les ponen etiquetas demasiado facilonas?

A veces nos ponen bajo un mismo paraguas de ‘nuevas creaciones’, cuando realmente el teatro o las dramaturgias que hacemos tienen pocas cosas a ver entre sí más allá de que tenemos la misma edad. Para mí, el teatro es un cruce entre lenguajes distintos: nunca lo he planteado para representar la realidad de forma mimética, sino que me gusta idear y trabajar más con elementos escénicos como la luz, el movimiento o la música. Quiero agradecer al Lliure que haya confiado en mi propuesta, porque creo que la confianza y la libertad plenas son las únicas formas posibles de trabajar para una directora. Y no siempre ocurren.

Para mí, el teatro es un cruce entre lenguajes distintos

¿Todavía se pueden dar muchas vueltas a una obra clásica?

Los clásicos son clásicos por muchas razones, y una de ellas es que pueden ser reinterpretados constantemente. Por eso pude hacer una versión libre de Little Women, pero no una adaptación, porque la obra me interesó como concepto, no para transmitir su narrativa o estilo de escritura. Como no tenía la responsabilidad de transmitir su mensaje, porque la mayor parte del público ya lo conoce por el libro o por las películas, pude añadir y contrastar significados a la obra y llevarla a un mundo nuevo y personal. Nunca he querido reafirmar los ideales del libro. Tampoco me he identificado con ninguno de los personajes, sino que he querido imaginar sus caras ocultas, sus impulsos prohibidos y sus secretos incómodos.

¿En el teatro o en el cine, los hombres todavía quieren explicar demasiado el deseo femenino?

La mirada del hombre predomina sobre el deseo femenino. No solo en los textos, sino también en la decisión de qué poner en escena. El deseo es inevitablemente político, pero a veces se representa desde un lugar demasiado reivindicativo en vez de hablarlo y decir ‘mira, esto es lo que me pasa’. O está filtrado por una mirada masculina o la ideología pasa por encima de la sensibilidad, y ello a veces impide exponer las reflexiones y contradicciones dentro de una misma obra. Pero tampoco he visto muchas obras que exploren el deseo masculino desde lugares más incómodos, siempre se tiende a hacer desde la convencionalidad.

El deseo de una mujer madura me parece interesantísimo porque sigue siendo un tabú. ¿Cuántas mujeres no hemos hablado con nuestras madres de deseo, orgasmos o placer sexual?

¿Esa convencionalidad en el deseo también es una cuestión de edad? 

En Pura pasión, Annie Ernaux narra qué sintió cuando de joven se enamoró y obsesionó por un hombre. Lo hace desde la madurez, no desde el despertar sexual propio de la adolescencia. El deseo de una mujer madura me parece interesantísimo porque sigue siendo un tabú. ¿Cuántas mujeres no hemos hablado con nuestras madres de deseo, orgasmos o placer sexual? Hablar, solo hablar, sin entrar en cuestiones de educación sexual. El cuerpo de las mujeres maduras está invisibilizado, mientras que el de las adolescentes está divinizado. Tanto, que se erotiza hasta la muerte de una adolescente porque permite congelar la juventud. Nos dice mucho de nuestra sociedad y de nuestra manera de interpretar el mundo.

Su teatro entra, primero de todo, por los ojos. Siempre es una sorpresa lo que nos encontraremos en el escenario. ¿Por qué esa decisión?

Me gusta que el espectador entre en el teatro y sienta que está en un mundo alejado de lo que deja en la puerta de la sala. La representación realista de lo que vemos fuera no me interesa salvo para poner en el foco algo concreto y muy íntimo. Los macrouniversos dentro de los que pasan las historias me parecen más interesantes: trabajar a partir de la construcción de un mundo nuevo, con reglas propias y códigos internos que no responden a la lógica de lo que vemos fuera. Son códigos nuevos, pero para hablar de cosas y pulsiones reales. Puede haber diferentes mundos que dialogan entre ellos, pero siempre con la voluntad de crear un universo con sus propias reglas.

Del Greco, durante la entrevista

¿Cómo convive el texto en una obra con este universo?

El texto es la raíz. Soy filóloga y me especialicé en literatura comparada, por lo que el texto es importante, pero me gusta enlazar distintos elementos y disciplinas. Lo que está en el texto no es necesario que esté en la imagen: son dos mundos distintos y que, al juntarlos, se acercan y generan nuevos significados. La escritura de Annie Ernaux es precisa, limpia y quirúrgica. Analicé y lo separé en distintas partes, y como yo tenía el montaje de Pura passió en la cabeza, la idea del motor que trasladé al escenario se inspiraba en una de las frases clave del libro, cuando dice que la mayor felicidad para ella estaba en los ruidos del coche de su amante cuando llegaba y se iba, porque en esta elipsis tenía sexo con él, y para ella era la vida.

No trabajo tanto a partir de la narrativa sino conceptualizando el texto en lenguajes escénicos: si hay violencia, trabajaré a partir de la violencia; si hay voyeurismo, como en Little Women, trabajaré a partir de unas cabinas. A veces se puede crear mucho más no tanto con el lenguaje declamado, sino con materiales en escena. Tampoco creo en los personajes que hablan mucho entre ellos, me gusta más ser consciente en la exposición que hay en la mirada del otro: si se expone o está encerrada. ¡Es difícil, pero me encanta!

Antes de llegar a Barcelona, de hecho, estaba haciendo un doctorado en literatura en Oxford.

Este viaje no fue fácil para mí. La literatura comparada me apasionaba, en parte por la influencia del maestro Piero Boitani. Con la literatura comparada descubrí otras disciplinas: la historia del arte, la filosofía… Y me dieron una beca para hacer el doctorado en Oxford con una tesis en literatura comparada sobre la Piedad desde Virgilio hasta la contemporaneidad, aunque luego lo reduje hasta el año 1.500. Al empezar, vi que la forma en que quería explorar el tema de la Piedad no estaba en línea con las demandas académicas y me distancié del doctorado.

Concentrarme en cosas que me apetecen mucho a nivel creativo no es solo un privilegio de poder dedicarme a lo que quiero, sino que requiere constancia y trabajo

¿Cómo llega de la palabra escrita al elemento escénico?

Cuando entro en contacto con un libro o un texto, en las primeras lecturas apunto palabras clave: en Little Women era voyeurismo; en Pura Passió, anatomía. Hay otra parte intuitiva, que consiste en juntar mundos, y otra parte de conceptualizar la pieza. Para mí es muy importante, en cada proyecto, abrir un universo de lecturas, de películas, de cuadros…. se trata de entrar en un mundo y ver adónde termina. Cada proyecto tiene sus anclajes, y como vengo del mundo de la literatura, para mí la literatura es uno de los anclajes más sólidos. Con todo ello empiezo a construir un imaginario e, inevitablemente, cuando más entro en un mundo más cosas descubro. Hay un momento en que se traduce en un lenguaje escénico, pero antes me debo preguntar qué función deben tener el vestuario, el espacio, o el movimiento del intérprete.

¿Qué papel juega el equipo detrás de un proyecto?

Aunque no lo parezca, en el trabajo en equipo también hay una parte de aislamiento: las lecturas y lo que cada uno absorbe con ellas se comparte. Además, como soy bastante comunicativa y comparto en voz alta planteamientos, con las respuestas se van cuestionando cosas y, como directora, me permite obtener una visión más amplia. Como tengo la suerte de estar rodeada de personas que me hacen buenas recomendaciones, es un proceso muy colaborativo y rico. Por ejemplo, con los escenógrafos de Cube, pensamos juntos con conceptos en el espacio, que no tienen por qué ser siempre cómodos para el intérprete, y es muy estimulante. 

¿La creación es más conversacional y compartida que fruto de un momento de inspiración?

La inspiración no baja de las alturas sin más. No creo en los momentos de iluminación, creo en el trabajo, la curiosidad y la constancia. Es un trabajo cotidiano. Lo único que nos salva y nos mantiene vivos es la curiosidad. Tener curiosidad y voracidad es muy importante en cada trabajo, pero también en la vida: tengo que absorber todo lo que puedo, entrar en poemas, libros, en universos que desconozco pero por los que siento curiosidad. Me motiva descubrir cosas nuevas y rodearme de personas que también son curiosas.

¿No hay éxito sin trabajo?

El teatro se basa en una tipología de placer que, para mí, no es inmediato. No te sacia lo que necesitas aquí y ahora, sino que es un placer que se alarga en el tiempo porque pide una cantidad de sacrificios muy grande, y puede llegar mañana o en un momento posterior. Puede parecer un punto masoquista, pero encuentro placer en el sacrificio: concentrarme en cosas que me apetecen mucho a nivel creativo no es solo un privilegio de poder dedicarme a lo que quiero, sino que requiere constancia y trabajo y un poco de rigidez. A los artistas y a la gente creativa a veces se nos cuelga un estereotipo de gente relajada, pero creo que es un trabajo igual de serio que cualquier otro. Requiere un rigor, aunque sea para pasar leyéndote tres horas de forma concentrada y no por gusto. Pero es un sacrificio que me acerca a la vida y me llena de curiosidad, energía vital y ganas de comerme el mundo. No puedo concebir mi oficio de otra forma.

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