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BOTÓN DE ANCLA

Corea del centro

Carlos Mazón, Juan Francisco Pérez Llorca y Miguel Barrachina, en una imagen de archivo.

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En la Comunitat Valenciana, ni la dana ni el fraude de las VPO parece que vayan a cambiar radicalmente el panorama electoral, pero tota pedra fa paret, y un poco de ayuda puede ser mucho. No hay que olvidar que el Botànic se hundió por Podemos, que cayó en un agujero negro y encima se dio contra el borde. Lo que no va a haber es ni un trasvase masivo de votos ni las monjas van a dejar de llevar a abuelitos con Alzheimer a las urnas. Hay posibilidades de que la izquierda, tanto la del PP (el PSOE) como la otra puedan volver, juntas pero no revueltas, al Palau de la Generalitat en la próxima gran fiesta de la democracia en la que igual coinciden autonómicas y generales.

Y hay posibilidades si, en plan locurón, los programas electorales incluyen propuestas de izquierdas. Por ejemplo, dado que el voto nacional va a pesar, si al PSOE le da por derogar de una vez la Ley Mordaza y esta vez EH Bildu y ERC no se la pillan con papel de fumar. Si la norma sigue en pie cuando Abascal, o alguno de sus minions, ocupe el sillón de ministro de Interior vamos a flipar, pero bien. Así, la trifulca de este viernes a propósito de los decretos anticrisis y el del alquiler es hasta bueno. ¿Se podría ir más allá? Sí, y menos. Eso es lo que no hay que olvidar, que hay partidos que, si fuéramos dinosaurios, votarían a favor del meteorito.

Para ganar, al menos, hay que ilusionar. Y no es fácil. De hecho, con los principales medios de comunicación contra el gobierno, y con la batalla en las redes casi perdida, es complicado. La alternativa, miserable, es fiarse de que una tragedia tipo la dana cambie las tornas, pero eso rara vez ocurre. Castilla y León nos tuvo a todos en ascuas el verano pasado mientras ardía, y los responsables de la tragedia, PP y Vox, han subido en votos en 43 de las 56 localidades afectadas. En Madrid, la gente hace cola ante las urnas para votar por una sanidad y una educación peores. Y si además les suprimen los servicios sociales y prometen bajada de impuestos a los más ricos, son capaces de madrugar.

En Andalucía, ni la crisis de los cribados parece que ha costado votos, aunque Juanma Moreno, para evitar sorpresas, ha tomado nota del problema y ha procedido a nombrar patrona de emergencias sanitarias a la Virgen del Socorro. Sabe que no hay paletada que no se traduzca en votos. Pero para qué mirar la paja en la mano ajena cuando aquí abunda el culto al pensamiento mágico. El gobierno que ha aumentado en 30 el número de asesores (pagados con dinero público) dice que no quiere tasa turística, que si le cobra dos euros por noche a un guiri es dinero que un hostelero no le puede estafar vendiéndole un hot dog a ocho. Y que no se preocupen, que ya pagamos nosotros la recogida de la basura que tiran, la Policía que les protege… Por lo visto, eso dice el portavoz del Consell, Miguel Barrachina, no subir impuestos va en el ADN del Gobierno de Pérez Llorca, pero lo de derrochar lo llevan grabado a fuego. Por cierto, Barrachina, según su currículo, lleva toda la vida cobrando dinero público. Ni un voto les va a costar el disparate.

Hay otro factor que podría ayudar, la descomposición —lenta, pero cada vez más menos— de la ultraderecha. Todo apunta a que Alvise se sentará ante un juez antes de volver a sortear un sueldo, y la batalla interna de Vox (todos contra Abascal) ha abierto para los suyos la caja de las esencias, y sale ese olor a corrupción que recuerda a las orquídeas del general Sternwood en El sueño Eterno. Lo bueno es que no parece que haya honrados ni corruptos; todos eran cómplices, pero ahora se lo echan a la cara. Hay votantes de Vox que no se darán por aludidos, pero muchos de los que han buscado refugio en el contendor marrón, perdón, el partido verde, ya empiezan a ver que la solución no pasa por los de Abascal.

Algo de miedo debe de haber a lo que pueda pasar, porque ha vuelto con fuerza el culto al fraude electoral. Entra ya en la fase de discurso normalizado, tras una temporadita en el mundo de los disparates

Y algo de miedo debe de haber a lo que pueda pasar, porque ha vuelto con fuerza el culto al fraude electoral —que ya ha asomado la patita en elecciones anteriores—. Entra ya en la fase de discurso normalizado, tras una temporadita en el mundo de los disparates. Ya no se trata de que Indra controle los resultados, trola que acabó por no colar por lo absurdo del planteamiento. Ahora es una mezcla de ‘el sistema es vulnerable’ y unas cucharadas de racismo para hacerlo más digerible: el Gobierno está nacionalizando a inmigrantes ilegales a cascoporro para que voten a los socialistas en las próximas elecciones. Es el Gran Reemplazo electoral, en la versión que ahora promociona Ayuso, la abeja reina del fascismo patrio. 

El futuro de la izquierda pinta, en el mejor de los casos, nublado. Y parte del enemigo lo tiene dentro. No se trata de competir a ver quién nació con el puño más levantado o mea más largo, se trata de evitar el mal mayor. No va a llegar el día, como en ¡Illuminatus!, en el que se inmanentice el escatón y disfrutemos del cielo en la Tierra, que ya algunos quisieron asaltar. Seguramente habrá que conformarse con seguir en Corea del Centro, la menos mala de las alternativas. El que tenga una utopía mejor, que se la guarde para tiempos mejores.

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