Ahora, a destruir la Luna
Celebran los redactores de ciencia de todo el mundo la aventura de la nave Artemis II, que partió el pasado jueves, con destino a la Luna, como Tintín en Objetivo: La Luna. Todo un hito que ha merecido litros de tinta. Y no es para menos. Ni para más. Es para poner en perspectiva. Orbitar nuestro satélite es algo ya logró en 1968 el Apolo 8, poco después de que el hijo del carpintero ascendiera a los cielos (me refiero a Yuri Gagarin), hazaña que repitieron otras ocho misiones Apolo más. Vamos, que a lo mejor no es para tanto.
Ya lo dijo Robert L. Park en Ciencia o Vúdu, hace ahora dos décadas: en 1969 los astronautas eran el futuro; en 1972, tras el alunizaje del Apolo 17, se convirtieron en el pasado. Sus palabras siguen y seguirán siendo verdad siempre, como cuando nos recordó que igual que lo que hacía Fred Astaire, Ginger Rogers te lo bailaba con tacones, cualquier cosa que un humano pueda hacer en la Luna o en Marte, una máquina lo hará mejor y mucho más barato. Esto último es lo que más le preocupa a muchos porque hay mucho botín en juego. La Artemis II tiene mucho de propaganda para vender el gran timo de la carrera espacial: construir una base en la Luna para llenarla de mierda. Aunque esto último no lo dicen tan alto.
Una base que, por cierto, cumple a rajatabla el principio del render: mientras más happy parecen los muñequitos, más cerca estamos de la tragedia. Y sobre cuánto costará —entre 100.000 y 300.000 millones de dólares— parece que lo haya calculado el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas siguiendo el ritual de inventarse los datos en función de quién los pague. Esa instalación es una de las peores noticias que pueda haber. Cuando el capitalismo ha consumido ya medio planeta, ahora pone el ojo en el satélite y, desde luego, con fines exclusivamente crematísticos. En lugar de preservar la Luna como un santuario, quieren llenarla de adosados con un proyecto condenado a fracasar.
Entre 1987 y 2007 funcionó el proyecto Biosfera 2. La idea era simular en la Tierra una especie de base extraterrestre para estudiar cómo podría ser una colonia marciana. Este fracaso de 200 millones de dólares empezó cuando solo era un proyecto: construir en el desierto de Arizona un ecosistema cerrado no es lo mismo que hacerlo en Marte, donde la amplitud térmica es de entre 80 y 100 grados al día. No hay material en el planeta que pueda soportar ese esfuerzo. Si a eso le sumas la radiación ultravioleta o la baja presión atmosférica, las posibilidades de mantener vida en el planeta rojo son de menos de cero. Si Biosfera 2 fue un fiasco de proporciones cósmicas, imaginemos lo que se nos viene encima.
Nos quieren convencer de que la famosa base estará en 2032. Otra mentira, que no se la creen ni ellos salvo que la construyan por arte de magia. Esto no es como un emirato árabe que, a base de trabajo esclavo de los paquistaníes te montan un país; o Murcia, donde el negocio de la fruta se basa en mano de obra sin derechos para beneficios de alguno. Construir una base en la Luna no te lo harán los inmigrantes. Y aquí está el gran dilema ¿Cómo hacerlo? Hay dos opciones, ambas puro pensamiento mágico. Una, construirla en la Tierra y llevarla. ¿Cómo? Por arte de magia, se supone. Opción dos: ir y construirla. ¿Y dónde vivirán los constructores? Pues en otra colonia para construir la colonia. De chiste. Y todo eso en quince años. Si con la Artemis II han tenido problemas con el cagadero, ¿alguien se cree que vayan a construir una ciudad?
Colonizar la Luna es más de lo mismo con el soniquete de que será una base para llegar a Marte. Otra película de marcianos. De eso la NASA sabe mucho, pues no hace tanto defendía que había que invertir más en buscar extraterrestres a ver si les echaban unos dineros y hacían frente a un recorte de fondos que se ha hecho más acuciante con los años. Pero los motivos que llevan a aspirar a tal proeza no son el bien común ni de índole científico, más bien es una carrera por el control del espacio. El primero que llegue a la Luna lo que hará es quedársela, y, si le damos mecha, pondrá una base de misiles para controlar la Tierra antes que un laboratorio.
Más allá de destrozar nuestro satélite y acabar con un lugar que ha permanecido casi ajeno a la acción humana durante más de 4.000 millones de años, de lo que se trata es del nuevo mito capitalista de ‘siempre un poco más lejos’. Y, con esa mentalidad, hay dos graves peligros. El primero, la minería para sacar unos recursos que solo el coste de extracción hace que no sea rentable su explotación ni aunque todo el satélite fuera de cocaína. El segundo, la estafa de la colaboración público-privada en forma —no es novedad— de socialismo para los ricos (chorros de millones de dinero público para las empresas que participen) y capitalismo para los pobres (los paganos del proyecto). Si el 90% del aumento de la productividad de internet ha acabado en manos de cuatro, imaginemos dónde irán los beneficios de una posible explotación de los recursos lunares.
Que la carrera espacial ha dado grandes cosas a la humanidad es innegable. Ni estuvo ni se la esperó en la revolución de Internet (por mucho que a algunos les moleste recordarlo), pero nos ha dado miles de cosas: desde el GPS a la seguridad alimentaria, los aparatos inalámbricos, los microchips… La lista es interminable, pero todo se desarrolló en la Tierra para emplearlo en la exploración del universo. En cambio, todas esas promesas de que en el espacio se desarrollarían medicamentos o materiales nuevos, pura filfa. Y aún estoy esperando a que me digan qué principio fundamental de la ciencia nos hemos visto obligados a reformular por el sueño espacial. Si sabemos desde 2015 que las ondas gravitacionales existen es gracias a que se detectaron en la Tierra.
Todo el mundo, espero, recuerda a los Supersónicos, una familia del futuro sideral que crearon en 1962 William Hanna y Joseph Barbera y amenizó la infancia de los niños del siglo pasado. George y su prole viven suspendidos en el espacio, en Orbit City. Solo en uno de los episodios se ve lo que ocurre más abajo, en la Tierra: está poblada por una especie de trogloditas a los que el capitalismo espacial ha condenado a la miseria más absoluta. Es para reflexionar, aunque la anécdota, como toda anécdota que se precie, sea falsa. Me encanta la carrera espacial, esta semana he disfrutado como un niño, pero casi mejor dejemos la Luna en paz.
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