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Sobre este blog

Catedrático de Medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma y Jefe Clínico de Medicina Interna en el Hospital Universitario La Paz.

Contagiosidad en casa, en la calle y en el hospital. Otra vuelta a las mascarillas

Felipe Vi, durante su visita al hospital de campaña de IFEMA.

José María Peña Sánchez de Rivera

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Quiero destacar que nuestras experiencias personales condicionan más nuestra opinión que lo que leemos. Esto viene al caso porque la impresión que me transmiten algunos pacientes es que una vez que el Covid-19 entra en un domicilio, nadie se libra.

Veamos los datos. Un amplio estudio en China, analizó 391 casos de SARS-CoV-2 identificando 1.286 contactos. Entre las personas que vivían en la misma casa que el caso índice, las tasas de ataque secundario fue del 15%, dicho de otra forma, el 85% de las personas que compartían casa con el paciente, no llegaron a infectarse. Otro estudio en USA con el mismo diseño arroja resultados similares. Solo el 10% de las personas que convivían en las misma casa enfermaron, de nuevo, el 90% no se contagiaron. En el famoso crucero Diamond Princess, de los 3.700 pasajeros y tripulantes acabaron contagiados el 19%.

Por el contrario, hay datos incuestionables en un evento social de corta duración (una comida) donde el porcentaje de contagiados fue del 35%. Por tanto, parece que hay situaciones que muestran una altísima tasa de trasmisión del virus frente a otras, en las que la transmisión es mucho menor. Estas paradojas resultan desconcertantes a primera vista. Para los epidemiólogos no es nada novedoso y tiene que ver con los “superdiseminadores” (Sujetos con gran capacidad de contagio) de los que hablaremos otro día.

Las tasas de contagio al personal sanitario son, repetidamente, muy altas. Esto es debido a que existe una relación directa entre cuantía de la carga viral, gravedad clínica y duración del período de contagiosidad. En suma, los enfermos graves contagian más y durante más tiempo. Con equipos de protección individual, (EPI), para todos, se minimiza el riesgo. Estoy seguro de que tendrán suficiente información del tema como para formarse su propio criterio sobre si los sanitarios, en todo el mundo, han estado o no protegidos. Digo “los” porque este problema no es exclusivo, ni mucho menos, de nuestro país.

Paso a las mascarillas. Creo que ya saben, a estas alturas, que el Covid-19 no flota ni persiste en el aire. No entra, por tanto, por inhalación. Penetra a través de las mucosas de la cara, cuando nos salpican directamente con gotas respiratorias, lo que es poco frecuente, o bien cuando nos auto inoculamos tras tocar sin protección superficies contaminadas, que es lo más frecuente.

La única situación en la que se puede inhalar el Covid-19 sería en áreas del hospital donde se practican manipulaciones agresivas en las vías aéreas de los pacientes. En estos casos, los enfermos sí generan aerosoles, por lo que se pueden inhalar. Las mascarillas faciales, no servirían, no filtran. En esta zonas los sanitarios tienen que llevar mascarillas respiratorias con una capacidad de filtro de al menos el 95%. Eso se indica como N95 y estas mascarillas se conocen, en inglés, como Filtering Face Piece ó FPP. Como las mascarilla auto filtrantes solo cubren la nariz y la boca es necesario que se deban completar con protección ocular para evitar las salpicaduras en las conjuntivas.

Las mascarillas faciales protegen, la boca y la nariz, de las gotitas, (no sé si decir escupitinajos o que nos tosan en la cara, para que todo el mundo lo entienda). Por ello los cuidadores de enfermos, sanitarios o no, que se van a acercar a centímetros de las vías aéreas de los pacientes deben llevarlas. Y además gafas protectoras para la mucosa conjuntival. Y los propios enfermos también con mascarillas, para que sus secreciones queden allí atrapadas.

Este aditamento se ha convertido ya en la imagen icónica de la epidemia. No hay fotografía en la que falte. El hecho de ver a personajes famosos, incluyendo al Jefe del Estado, con mascarilla tiene mucho más peso que cualquier argumento científico.

Parece que el razonamiento lógico cede ante el miedo, la suspicacia , la aprensión (¿y si a pesar de todo..? ) o la presión social y el deseo de no ser diferentes . Me estoy metiendo en un campo que no es el mío por lo que lo dejo así. “I have spoken” como decía Kuiil, el granjero ugnaught.

Batalla perdida, pues, y no insisto. Quiero afirmar que mis comentarios no se deben al lamento por el desperdicio de recursos o por la privación de material a quienes realmente lo necesitan sino fundamentalmente porque la falsa sensación de seguridad, de la mascarilla, hace olvidar lo realmente eficaz: lavado de manos. Mientras se laven las manos, misión cumplida.

Asumo que lo de las mascarillas es ya una moda imparable. Seamos creativos además, la protección de la salud no tiene por qué estar reñida con la elegancia. Yo abogaría por la imaginación, color, glamour en suma. Estampados, cuadros, o más arriesgados pero siempre conquistadores diseños tipo acuarela deben ir dando una nota de color a nuestras tristes calles. ¿Material? Seda, por supuesto, aunque hay unos materiales sintéticos de suave tacto y precio comedido, asequibles a todos los bolsillos. El otro tema es como llevar las mascarillas faciales, les recomiendo un interesante artículo de El Mundo Today “Muchos españoles se ponen las mascarillas hacia atrás porque es ”más guay“. (sic)

En el siguiente artículo abordaremos el aspecto de las diferentes técnicas de diagnóstico, sus ventajas e inconvenientes. No quiero terminar sin expresar mi tributo de reconocimiento y admiración por la magnífica labor del Dr. Fernando Simón junto al deseo de una rápida recuperación.

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Catedrático de Medicina en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma y Jefe Clínico de Medicina Interna en el Hospital Universitario La Paz.

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