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El 'boom' vintage cala entre los jóvenes y revitaliza el comercio local: “La ropa de antes tenía más personalidad”

Tienda de ropa de segunda mano

Lucía Llargués

26 de febrero de 2026 22:13 h

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Las perchas de muchas tiendas pequeñas se han llenado de prendas sacadas de otra época: cazadoras vaqueras desgastadas, camisas estampadas de los noventa o jerséis con etiquetas que ya no existen. Lo que durante décadas fue territorio de un nicho alternativo, se ha convertido en una escena habitual en barrios de Madrid o Barcelona, entre otras grandes ciudades, donde cada vez más jóvenes entran en tiendas de segunda mano en busca de algo que no encontrarán en un centro comercial.

El crecimiento del consumo de ropa vintage entre la Generación Z no es solo una cuestión estética. Detrás conviven factores económicos, inquietudes ambientales y una cierta fatiga frente al modelo de consumo acelerado de la moda rápida. En paralelo, pequeñas tiendas y proyectos locales encuentran en este cambio una oportunidad —y también nuevos desafíos— en un mercado cada vez más competitivo que, tal y como señala el informe de Oxford Economics, en 2023 generó más de 9.200 empleos.

Un público joven que compra menos… y busca más

Pablo, empleado de una tienda de chaquetas de segunda mano en la calle Corredera Baja de San Pablo, en el barrio madrileño de Malasaña, observa un cambio en el consumidor. “Quienes entran en estos comercios son cada vez más jóvenes y lo hacen con una actitud distinta. No buscan hacer la compra del mes, sino explorar: miran, rebuscan, prueban y vuelven a mirar”, afirma.

Buscan precios accesibles, pero también la autenticidad de prendas que consideran únicas y a las que atribuyen una segunda vida. Parte del auge lo interpretan como reacción al encarecimiento percibido en cadenas del grupo Inditex —propietario de enseñas como Zara— y al modelo de producción intensiva popularizado por compañías como Shein. Al mismo tiempo, advierten de que el vintage ya no es necesariamente barato: la demanda creciente ha dado lugar a un mercado con lógica propia.

Desde la cadena de moda sostenible Humana observan el mismo fenómeno. Su director de Proyectos y Relaciones Externas, Rafael Mas, explica que si antes de 2020 los menores de 25 años representaban alrededor del 10% de su clientela, hoy alcanzan el 20%. A su juicio, la segunda mano se percibe cada vez más como “una alternativa sostenible y asequible”, pero también como una forma de expresar identidad, ya que vestir prendas reutilizadas puede transmitir “cierta rebeldía e individualidad”.

Vestir como forma de identidad

La expansión de la ropa vintage refleja una manera de entender la moda menos centrada en la novedad constante y más en la durabilidad, la singularidad o la coherencia personal. Desde la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) subrayan que el atractivo de este mercado combina ahorro económico y menor impacto ambiental, mientras que en Humana constatan que cada vez más clientes —especialmente jóvenes— buscan prendas singulares y se acercan a la moda desde una dimensión emocional, en parte como reacción a la uniformidad de la moda rápida.

Marta Biech, estudiante de Comunicación de las Organizaciones en la Universidad Autónoma de Barcelona, explica que empezó a comprar ropa de segunda mano porque sentía que “la ropa de antes tenía mucha más personalidad”, algo que —dice— le ha ayudado a encontrar un estilo propio.

Para Iakes Pérez de Lazarraga, estudiante de Administración y Dirección de Empresas en Mondragon Unibertsitatea, el cambio ha sido progresivo: reducir compras en grandes cadenas y construir una relación más consciente con la ropa. Hoy, asegura, el 90% de su armario procede de plataformas o tiendas de segunda mano. “Prefiero comprarme cuatro camisetas de segunda mano por el precio que me compraría una nueva”, resume.

Tienda de ropa de segunda mano

El valor de lo local y la experiencia de compra

Más allá del producto, quienes frecuentan estas tiendas destacan el trato directo, la conversación con quienes gestionan el negocio y la sensación de apoyar proyectos independientes. “El trato es más personal y siento que apoyo a un negocio local”, dice Marta. “Pagas un poco por la experiencia y están mucho más comprometidos con el proyecto”, añade Iakes.

El auge del vintage también puede leerse como una búsqueda de comunidad frente a un consumo cada vez más digitalizado. Algunos consumidores describen estos espacios como lugares donde comprar se desacelera. “Es casi un arte encontrar algo”, comenta una clienta habitual. “Hay días que encuentras una joya y otros no, esa es precisamente la gracia” aclara.

En Humana reconocen que las redes sociales actúan como amplificador. TikTok, Instagram o Pinterest funcionan como escaparates donde descubrir tiendas y combinaciones que luego se trasladan a la búsqueda física. Marta reconoce que encuentra inspiración online, mientras que Iakes explica que sigue perfiles especializados y adapta las ideas a su presupuesto.

La segunda mano se consolida en los datos

Las percepciones del sector coinciden con las cifras. Una encuesta reciente de la OCU indica que el 75% de los españoles entre 18 y 64 años compró al menos un producto de segunda mano en el último año, con un gasto medio de 167 euros. La ropa y el calzado lideran las búsquedas, muchas de ellas a través de plataformas digitales como Vinted o Wallapop.

Según explica Mas, las motivaciones suelen combinar factores económicos y valores ambientales: en un contexto de inflación, el acceso a prendas de calidad a menor precio convive con el deseo de reducir el impacto ambiental y alejarse del consumo acelerado. Además, recuerda que en organizaciones como la suya existe un componente social, ya que los ingresos financian proyectos de cooperación y acción social.

Desde el análisis de mercado, Jaime Diez, de Worldpanel by Numerator, para los consumidores importan las variables “precio, sostenibilidad y tendencias”. Según explica, los datos muestran que casi la mitad de los consumidores lo percibe como una forma de ahorrar y más de seis de cada diez como una manera de cuidar el medio ambiente, especialmente entre los jóvenes.

Además, matiza que aunque la preocupación climática está presente en el discurso juvenil, “cuando se pregunta si están dispuestos a pagar más por prendas sostenibles no son el grupo que más destaca”. Iakes reconoce esa ambivalencia: “A veces me siento un poco culpable cuando compro en ese tipo de tiendas, aunque intento compensarlo comprando menos y eligiendo mejor”.

Entre tendencia y cambio cultural

El debate sobre si el fenómeno es pasajero o estructural sigue abierto. “Creo que empezó como una moda, pero poco a poco se está convirtiendo en un cambio real”, reflexiona Marta. El crecimiento también trae tensiones: subida de precios, profesionalización de la reventa o riesgo de perder el carácter alternativo. “Ahora hay muchas más tiendas, pero esto siempre ha existido y siempre existirá”, apunta Iakes.

De cara al futuro, el analista de Worldpanel considera que más que competencia directa, se debería hablar de convivencia. “Los consumidores alternamos entre comprar segunda mano y otros segmentos” añade. También explica que la tendencia parece consolidarse a medida que más consumidores incorporan la segunda mano como una opción habitual —no solo por precio, sino como parte de una manera distinta de relacionarse con la ropa— en un escenario donde comprar menos, elegir mejor y alargar la vida útil de las prendas empieza a formar parte de la conversación cotidiana.

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