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Cuando la tecnología no paga impuestos y nos arrastra a la “economía del absurdo”

Protestas por la situación de los trabajadores de Foxconn, en 2010

José Manuel Blanco

Estás leyendo estas palabras desde una 'tablet' o un 'smartphone' fabricado en Asia, en el que probablemente tengas instalada la aplicación de Airbnb. Vistes ropa barata comprada en una gran superficie y el año pasado, cuando viajaste a Londres con una aerolínea de bajo coste, usaste Uber. En este párrafo hay unos cuantos términos que saldrían inevitablemente en cualquier conversación sobre la “economía del absurdo”. ¿Y eso qué es? Pues el título de un nuevo libro del profesor Josep Burgaya, un ensayo que ganó en 2013 el premio Joan Fuster y que ha sido recientemente publicado en español por la editorial Planeta.

“Es una economía que en lugar de proporcionar mejores niveles de bienestar al mayor número de gente posible, genera mucha más pobreza”, explica Burgaya a HojaDeRouter.com. “En lugar de satisfacer a la sociedad, es una economía al servicio de unas pocas personas y con unos niveles crecientes de desigualdad que la vuelven absurda, no tanto por la insatisfacción que genera como por su tendencia al colapso”.

Se trata de un sistema de bajos costes y precios difícilmente sostenible. El profesor de la Universidad de Vic afirma que nos dirigimos a un mundo de ingresos cada vez más bajos, con una precariedad laboral en aumento y cada vez más personas excluidas social y económicamente. “Por tanto, aunque los precios de los productos vayan bajando, llegará un momento en que la capacidad de consumo será insuficiente”, concluye. “Coincide la máxima capacidad productiva con disminución de la capacidad de compra, algo absolutamente absurdo”.

En el libro, estas ideas se aplican especialmente a las empresas tecnológicas y textiles que fabrican sus productos en fábricas de China o Bangladesh, a través de conceptos que explican el poder de las marcas o el “mundo de fantasía” - como lo define el propio Burgaya - que los consumidores se han creado: la posesión del producto como fetiche, la estimulación perpetua de la demanda o el hombre alienado que está permanentemente consumiendo.

Las tecnológicas no crean riqueza

Un capítulo del libro se centra en Apple. Además de denunciar las malas prácticas en materia de derechos laborales que se han producido en las fábricas chinas donde se ensamblan sus productos (el caso de Foxconn, que apareció por primera vez en los medios tras una oleada de suicidios en 2010, es de sobra conocido), también habla Burgaya de las técnicas que emplea la manzana mordida para pagar menos impuestos.

En el ejercicio financiero de 2012, las dos sociedades con las que opera en España declararon 6,5 millones de euros de beneficios 22 de pérdidas, respectivamente. ¿Cómo era esto posible, cuando en 2010 había generado 1.400 millones en ventas? Según explica Burgaya, “la empresa de las pérdidas (Apple Retail), la que gestiona las tiendas propias en España, compra el material a un precio muy elevado a la sociedad filial de Irlanda y, por tanto, Apple genera pérdidas aquí y beneficios allí. Es decir, crea así una ventaja fiscal notable”.

Sabiendo el daño que esto hace a las economías nacionales, ¿cómo permiten esto países como España? “Lo permiten porque es un tema difícil de resolver aisladamente en un solo país”, nos cuenta. “Es evidente que las corporaciones, si se les ponen dificultades aquí, se van a otro lugar. Los temas fiscales y tributarios se deberían resolver a nivel global” o, en el caso de Europa, en Bruselas. “Pero claro, una Unión Europea al frente de la cual tenemos a alguien que durante años ha dirigido un paraíso fiscal como es Luxemburgo, pues…”

Burgaya denuncia por ello la idea de que las grandes corporaciones generan riqueza. “Esto es solo relativamente cierto porque crear riqueza quiere decir dos cosas: crear ocupación, y ocupación digna (empleados, salarios, etc., y de esto las grandes corporaciones generan poco porque externalizan la producción en el tercer mundo), y pagar impuestos. Y la verdad es que gran parte de estas corporaciones prácticamente no pagan impuestos, porque tienen muchas posibilidades de operar en paraísos fiscales y de practicar elusión fiscal en los países occidentales. Es un poco una ficción”.

¿Los consumidores podemos hacer algo? Burgaya defiende la idea de un consumidor “consciente” y “que pidamos explicaciones, que queramos saber cómo está producido lo que compramos”. Sin embargo, admite que “fiar” todo a la conciencia del consumidor es un error: “Al final, es una cuestión de Estado. No podemos pasar al consumidor una responsabilidad que fundamentalmente tienen las instituciones públicas. Tienen que regular, tienen que evitar que haya productos con trabajo infantil o que han contaminado a gente que los estaba produciendo.La regulación es fundamental. Hay que evitar que puedan competir en nuestros mercados, por una cuestión de precios, productos que se han producido en condiciones inaceptables”“.

Y la economía colaborativa, ¿qué?

En el contexto actual, no se puede hablar de negocios sin citar la economía colaborativa. ¿Qué opina Josep de eso? “Es uno de los intentos serios, alternativos, a la economía dominante, pero no nos engañemos: aquí hay una economía básica, fundamental, que afecta a la mayoría de la población, y esta es la que hay que transformar”. Es decir, todavía hay que buscar algo que cambie el sistema económico en el que nos encontramos.

Empresas como Uber o Airbnb, ¿precarizan empleos o cambian las dinámicas? “Yo creo que las dos cosas a la vez”, opina. “Está cambiando las dinámicas y por tanto hay algunos elementos de estas nuevas formas que son inevitables y han venido para quedarse; por ejemplo, el combate de los taxistas contra Uber me parece un combate perdido de antemano y que les saldría más a cuenta buscar formas de colaboración en lugar de enfrentarse. Esta nueva economía, en algunos aspectos, va llevando a la precarización: dentro de poco, tener trabajo asegurado y unas ciertas garantías va a ser una ficción absoluta”.

Son, en definitiva, tiempos convulsos. “Si nosotros compramos determinados productos, en el extremo de la cadena productiva hay gente que sufre, está mal pagada, sobreexplotada”, resume el doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Barcelona.

En estos tiempos, el marco jurídico tiene mucho que decir. “Hay un problema de reglas, de mecanismos de redistribución. Y que se sepa, la redistribución, por lo menos en una economía de mercado, solo sigue dos vías posibles. Una es los salarios, y vamos cada vez a salarios más bajos y más precarios, y la otra es la tributación: cada vez la fiscalidad es más una cuestión de pobres. Como ya decía alguien, hace pobre pagar impuestos. Las grandes corporaciones, las grandes rentas de capital no pagan impuestos. Entonces, ¿qué redistribución vamos a hacer?”, se pregunta.

“Si desde el punto de vista económico se colapsa, desde el punto de vista democrático es difícil sostener un sistema de libertades”, advierte. “La democracia occidental se construyó sobre la ocupación, sobre el trabajo, sobre una cierta distribución de la renta. Si rompemos esta tendencia, si rompemos esta cultura, entra en crisis el sistema democrático, que se basa en unos ciertos acuerdos globales, sociales, entre generaciones… Esto se está rompiendo”. Así que todos tendremos que poner de nuestra parte para salir de esta “economía del absurdo” en la que nos han metido.

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Las imágenes son propiedad de Lennon Ying-Dah Wong, editorial Planeta (Rudi Sebastian - Getty Images) y rickpilot_2000

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