Sobre este blog

Stories Matritenses es un blog del grupo de periódicos hiperlocales Somos Madrid escrito por Pedro Bravo.

Pedro Bravo escribe ensayo y ficción. Su último libro es Cabo Norte (Menguantes, 2020). Además, ha publicado Exceso de equipaje (Debate, 2018), Biciosos (Debate, 2014) y La opción B (Temas de Hoy, 2012)Es socio de Soulandia, una empresa que aplica la narrativa a estrategias de comunicación, y del coworking malasañero Espíritu23. Habita en la linde occidental del barrio.

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Madrid

Sobre la ciudad de los 15 minutos, la justicia social y la necesidad de un cambio también en la comunicación política

Rita Maestre (izquierda) y Mónica García (derecha), en la presentación del libro 'Madrid, ciudad de los 15 minutos'

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Madrid, ciudad de los 15 minutos (Lengua de Trapo, 2022) es un libro impulsado por Más Madrid que recoge su “proyecto de gobierno” para la capital, según escribe Rita Maestre en el prólogo. Como toda obra colectiva, el libro es diverso e irregular: profundiza mucho en temas como la movilidad y muy poco en otros como la vivienda y ofrece soluciones y propuestas de futuro (la transición energética y la economía circular, por ejemplo) lo mismo que loa méritos tan reales como pasados (la renaturalización del Manzanares). Además, en algunos ensayos, exhibe las carencias del formato para tratar temas de actualidad: en los hiperacelerados ritmos de la política y la vida misma, los tiempos de redacción, edición y publicación de un libro pueden hacer que los retratos salgan virados a sepia y, en este caso, hay ideas y diagnósticos que huelen a postconfinamiento y que se pierden todo lo que ha pasado desde entonces, que es muchísimo. 

En cualquier caso, es un buen libro sobre asuntos urbanos y un buen instrumento de trabajo político. Y demuestra la capacidad de Más Madrid de reunir y poner a pensar en un proyecto de ciudad a un nutrido grupo de gente que sabe mucho; una voluntad y un músculo que ahora mismo no creo que tenga ningún otro partido de ámbito local.

El problema es de comunicación: para que esto sea una herramienta útil hay que ganar unas elecciones y la cuestión es si el concepto de ciudad de los 15 minutos es suficiente para lograr la proeza de movilizar al electorado necesario. Yo tengo mis dudas y las voy a tratar de explicar a continuación.

La comunicación política es, nos guste o no, una forma de comunicación comercial en la que la diferenciación es imprescindible para ganar cuota de mercado (votos). La ciudad de los 15 minutos es una teoría formulada por el profesor francés de origen colombiano Carlos Moreno hace ya unos cuantos años, una evolución del urbanismo a escala humana que iniciaron los escritos de Jane Jacobs y que se convirtió en la propuesta de Anne Hidalgo para París en las elecciones de 2020. Claro que ella lo formulaba entonces desde el gobierno, no desde la oposición, que es donde están ahora Rita Maestre y su grupo. Pero la ausencia de diferenciación no está sólo en que el término se relacione inevitablemente con París, sino en que ya se lo han apropiado desde promotores inmobiliarios hasta el mismísimo alcalde Almeida al que se pretende derrotar.

La diferenciación no sería tan necesaria si el concepto estuviese basado en un relato compartido por la ciudadanía, en un imaginario que se contemplase posible y cercano, pero, como en el libro se menciona un par de veces, los madrileños dedican 62 minutos diarios en llegar al trabajo y un 13% de los usuarios del transporte público gasta más de dos horas en esa misma misión. Seguro que a todas esas personas lo de ganar tiempo para la vida es algo que les suena muy bien, pero pasar de 120 minutos a 15 es posible que les parezca imposible. 

Por supuesto, la idea de la ciudad de los 15 minutos es mucho más que un asunto de proximidad. Y aquí es donde veo otro problema de comunicación. El proyecto del cuarto de hora, tanto el original de Moreno como el propuesto en el libro por Más Madrid, es un asunto complejo oculto detrás de un enunciado sencillo que puede servir para reflexionar en un congreso pero, insisto, no sé si da para convencer en el fragor de unas elecciones. En la era de la comunicación serial y la sobreinformación, ganan los mensajes más simples y directos, aquellos que se pueden digerir a la primera y no necesitan ninguna explicación posterior. ¿Funciona así la ciudad de los 15 minutos para una empleada del hogar que sale cada día de Villaverde para trabajar en una casa en La Moraleja y que es público objetivo tanto del partido como de su proyecto?

Otra condición necesaria para comunicar de forma efectiva es la generación de emociones. La del cuarto de hora es una opción sin duda ilusionante, incluye la semana de cuatro días, el green new deal urbano, la movilidad sostenible, la salud y los cuidados, la soberanía alimentaria y un montón de cosas que se debaten en terrazas de Lavapiés, Malasaña, Arganzuela y Bruclin. Pero hay vida más allá de esos barrios y está teñida de algo en lo que Madrid es líder en Europa: la desigualdad. Un tema que no es tanto un fallo del modelo económico como un objetivo estructural del mismo y que es un resorte al que acogerse para generar la emoción más movilizadora de todas, el cabreo. 

“La transición ecológica es una palanca perfecta para que los partidarios de la justicia social pasemos directamente a la ofensiva”, manifiestan en su texto Héctor Tejero y Emilio Santiago. “El desarrollo sostenible debe entenderse a la luz de lo que el Premio Nobel Mohammad Yunus escribió en su libro Los tres ceros: cero carbón, cero pobreza, cero exclusión”, dice en el epílogo Carlos Moreno. La justicia social está expresada en el libro de Más Madrid y, por tanto, en su proyecto político. Pero no es lo que se ve en la portada ni en el título, no es lo que destaca. A Madrid, ciudad de los 15 minutos le pasa lo que a buena parte de las propuestas verdes, que no son capaces de explicitar desde el principio que la transformación socioeconómica es un primer paso imprescindible para la verdadera transformación ecológica. De hecho, que el prefijo eco sea también sinónimo de pijo es tanto mérito del sistema como demérito de quienes están tratando de cambiarlo.

Puede que Manuela Carmena ganara las elecciones haciendo magdalenas y con una campaña llena de mensajes positivos e ilustraciones cuquis que, por cierto, no fue pensada ni realizada por el partido (que no era partido) sino por un desborde creativo ciudadano, pero eso fue hace ya ocho años y las cosas han cambiado desde entonces. La realidad del ejercicio comunicativo es distinta y la de Madrid, también. La posibilidad de llegar a la gente se ha complicado muchísimo y la situación de la ciudad está aún peor que entonces. Es buen momento para probar a contar las cosas de otra manera más directa, más movilizadora.

Menciona Rita Maestre en su prólogo el caso de Ámsterdam, dice que la capital holandesa no fue siempre un referente en materia de movilidad sostenible. Y es verdad. Lo que no se para a explicar es que la transformación empezó en los 70 a partir de un movimiento ciudadano que se agrupó para detener los atropellos causados por los coches en general y la mortalidad infantil que provocaban en particular. Lo que ponía en las pancartas que acabaron cambiando esa ciudad no era “más bicis, mejores ciudades” ni “ciudades para las personas”. La frase que encabezaba las manifestaciones era Stop kindermoord, “parad la matanza de niños”. Un mensaje sencillo, duro y directo que el receptor no pudo esquivar —en un momento, por cierto, de crisis del petróleo que puede recordar a éste— y que por eso ayudó al emisor a lograr su objetivo transformador.

Algo así hace falta en Madrid y en el mundo en general. Se necesitan relatos de comunicación que aludan y capten la atención de todas aquellas personas que no pueden pensar en elegir tener una vida más próxima y amable porque sólo pueden sobrevivir a la única que el modelo económico y los partidos que lo representan les dejan tener. Quizás haya que cambiar el orden de los ceros de Yunus y Moreno: cero exclusión, cero pobreza, cero carbón. Y también el de Tejero y Santiago: transmitir que la justicia social es la que puede ser palanca para la transición ecológica. Si no, no sé si será posible un cambio.

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