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Volver de la baja por maternidad: comer frente al ordenador, sufrir por reuniones que se retrasan, dormirse en el bus

El primer día me vestí con ropa nueva, me maquillé y llegué antes de lo que debía. Estaba emocionada por recuperar mi vida antes del bebé. Hasta cuarenta minutos después, no llegó nadie al despacho. Miento. Llegaron las madres

Al mediodía, cuando mi grupo más cercano se fue al VIPS, yo me quedé frente al ordenador. Si quería salir a las seis, no podía desperdiciar dos horas en una ensalada Louisiana. Cuando llegaron los demás, yo ya estaba a punto de irme

Según un estudio, solo el 55% de las mujeres vuelve a su antiguo horario laboral tras tener un hijo. Ese 55% somos las que se dan de baja en el gimnasio, las que cada vez leen menos libros, las que ya no somos capaces de terminar una serie

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Una madre con su hijo. EFE

Hace más de un año, en octubre de 2017, se presentó ante el Parlamento Europeo una moción para acabar con el cambio de hora. Más de setenta eurodiputados defendían que dicha costumbre tenía consecuencias negativas en la salud de los ciudadanos. Un par de semanas después, a mediados de noviembre, me reincorporaba a la vida laboral después de mi baja por maternidad.

Podría haber alargado la ausencia hasta después de Navidades, si hubiese optado por disfrutar del permiso de lactancia de forma consecutiva. Pero preferí prorratearlo por horas para poder salir antes de la oficina. Según el Estatuto de los Trabajadores, las madres disponemos de una hora al día para darle el pecho (o el biberón) a nuestros retoños y volver al tajo, hasta sus nueve meses de edad. Media hora, si lo quieres hacer al final de la jornada. Así que aproveché esa ventana legal para poder llegar antes a casa, al menos hasta marzo.

El primer día me vestí con ropa nueva, me maquillé (incluso me puse eyeliner) y llegué diez minutos antes de lo que debía. Estaba emocionada por recuperar mi vida antes del bebé, por ver a mis compañeros y por comprobar si mi cerebro seguía sirviendo para algo más que para calcular cucharadas de leche en polvo por mililitro de agua. Hasta casi cuarenta minutos después, no llegó nadie al despacho.

Miento. Llegaron las madres. Mujeres con las que no solía tener mucha relación, que nunca venían a comer con el resto y se iban a su hora sin importarles la carga que dejaban a los otros. Esas compañeras que solo hablaban de sus hijos, se quejaban de lo poco que habían dormido y faltaban cada dos por tres porque “la guarde es lo que tiene”. Curiosamente, se me acercaron y me preguntaron cosas como si había sido parto vaginal y si tenía grietas en los pezones, como si el hecho de haber expulsado una placenta me convirtiese automáticamente en su amiga.

Pasé la mañana poniéndome al día, revisando nuevos proyectos e intentando coger ritmo. Al mediodía, cuando mi grupo más cercano se fue al VIPS, yo me quedé frente al ordenador. Si quería salir a las seis, no podía desperdiciar dos horas en una ensalada Louisiana. Cuando llegaron los demás, yo ya estaba a punto de irme. Llegué a casa un cuarto de hora más tarde de lo que creía. Edna me entregó al hiposo ser en brazos. "Ya ha dormido la siesta", me dijo. Y se fue a toda prisa a su casa. Ella también llegaría un cuarto de hora tarde. O más, que a las siete el tráfico es un infierno. Hasta las ocho y media no apareció mi chico. Para entonces, el niño ya estaba bañado y cenado. Se durmió a las nueve. A las nueve y media me comí una tortilla francesa. A las diez me acosté. La siguiente toma sería a eso de las cuatro, si había suerte, y quería estar descansada para rendir el martes.

Y el martes. Llegar temprano, saludar a las madres, teclear en el ordenador, comer rápido en mi sitio, dejar las cosas a medio acabar, llegar a casa, entretener al niño, bañarlo, darle la cena, dormirlo, comer algo, acostarme, la toma de la noche y volver a empezar.

Así, hasta que mi hijo cumplió nueve meses.

Llorar en el baño de la oficina

La madrugada del 24 al 25 de marzo, los relojes se adelantaron una hora, siendo las dos a las tres para aprovechar las nuevas horas de luz que ofrecían los meses primaverales. Además, el 24 de marzo expiraba mi derecho al disfrute de esos 30 minutos al día de lactancia. Técnicamente, a mí no me robaban una hora, me robaban hora y media.

A partir de entonces, empecé a entrar un poco antes y salir un poco más tarde, promediando el número de minutos que pasaba fuera de casa con el tiempo que necesitaba para cosas básicas como ducharme o lavarme los dientes, compaginándolo, claro está, con el cuidado de un niño que aún ni siquiera sabía andar.

Según un estudio de la Organización Internacional de Trabajo, solo el 55% de las mujeres vuelve a su antiguo horario laboral tras tener un hijo. Lo que no cuenta ese documento (o eso creo, porque la verdad es que no he tenido tiempo de leerlo entero) es que ese 55% son (somos) las que se dan de baja en el gimnasio, las que cada vez leen menos libros, las que ya no son capaces de terminar un capítulo de 'House of Cards' con los ojos abiertos. Pero, eh, vamos a volver a lo que importa: el cambio de hora.

Algunos de los efectos del cambio de hora pueden ser: insomnio, ansiedad y desorientación. Es como un pequeño jet lag. Produce una alteración en no sé qué de la melatonina y eso nos cansa, llegando incluso a elevar la tasa de infartos. Definitivamente, esa primavera me sentí más cansada, ansiosa y desorientada que en toda mi vida. Noté cómo el corazón me subía a la boca cada vez que una reunión se retrasaba más de la cuenta o cada vez que el niño ardía de fiebre. Lloré en el baño de la oficina y en el de mi casa. Me he dormido en el bus.

Ahora dicen, desde la Comisión Europea, que se acabó; que dejemos quietas las manecillas; que, si no cambiamos nada, todo va a salir bien. Como si esa mísera hora fluctuante fuese la respuesta a esta vida cuya agenda no encaja con vivir. Y yo me río en el taxi, mientras escucho la noticia por la radio al mismo tiempo que mando un email, llegando tarde otra vez. Señores eurodiputados, ¿desde cuándo no cambiar nada, ha servido para cambiar algo?

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