¿Por qué exhumar a Queipo no es suficiente?

Placa conmemorativa en la capilla de la basílica de la Macarena en Sevilla donde se encontraban los restos mortales del general Gonzalo Queipo de Llano. EFE/ Raúl Caro

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La imagen de la exhumación de Queipo de Llano es aplaudida por quienes llevaban décadas esperando la salida del genocida de la basílica de la Macarena, pero con perspectiva es una nueva muestra de la derrota del movimiento por la justicia y la reparación. La secuencia no puede ser vista más que como una derrota. Paqui Maqueda en soledad, incólume y llena de dignidad, pero totalmente sola y abandonada por las instituciones como si fuera una delincuente proscrita, comienza a gritar para que las víctimas estén presentes de alguna manera. Lo que priman son los aplausos de la familia de Queipo de Llano, que espera que los restos del criminal de guerra abandonen el lugar de honor que ocupaba mientras se escucha un “¡viva Queipo!”.

Los gritos de Paqui Maqueda continúan en las penumbras, otra vez hurtando un poco de visibilidad para las víctimas mientras el criminal se aleja entre las honras de sus familiares. En minoría. Y no somos capaces de ver la burla que es para las víctimas que todo eso ocurra con nocturnidad y alevosía, sin otorgar a las víctimas el papel capital que se merecen cuando se trata de restañar de manera simbólica una parte ínfima del dolor causado desde que los fascistas decidieron que la democracia tenía que acabar. Los familiares de Queipo se irán tranquilos a disfrutar del resto de privilegios que les otorgó la orgía sangrienta de su familiar, sin indemnizar ni restituir lo robado a personas como Paqui Maqueda. ¿Qué se supone que tenemos que celebrar?

La Hermandad de la Macarena ha cumplido con la ley porque no le quedaba otra después de muchos años de haber sido cómplice de la infamia. La historia está llena de historias de complicidad entre estas organizaciones cristianas y la burguesía andaluza responsable de la represión. La Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Jerez de la Frontera fue constituida en 1932 en la bodega La Constancia, de los González Byass; promovida por Antonio León Manjón, conde de Lebrija; el reverendo Pablo Yllanes, José María Reales Carrasco y Pedro Nolasco González, marqués de Torre Soto de Briviesca y gerente de González Byass.

La Hermandad tuvo un peso importantísimo en unos sucesos que se dieron en Almonte (Huelva), marcando uno de los hitos de la represión en Andalucía. Con motivo de la proclamación de la Constitución de la República, todos los espacios institucionales tenían que ser despojados de cualquier representación religiosa al ser el Estado laico. Las familias de la burguesía representadas en la Hermandad del Rocío protestaron de manera enérgica realizando un motín contra el consistorio republicano con la excusa de la retirada de unos azulejos de la Virgen del Rocío de la sala consistorial. La verdadera razón que se escondía es que los ayuntamientos republicanos, incluido el de Almonte, estaban realizando un estudio para valorar todos los terrenos que las familias burguesas se habían apropiado del municipio tras las desamortizaciones del siglo XIX y así poder restituirlas al ámbito municipal en virtud de la reforma agraria. El golpe de Estado propició que toda la corporación municipal de Almonte fuera fusilada con la excusa de haber retirado los azulejos de la Virgen.

El verdadero motivo subyace en unas tierras que aún hoy mantienen los descendientes de aquellos criminales. A Gonzalo Queipo de Llano se le conocía como el “general González Byass” por su conocida querencia por las bebidas espirituosas y su cercanía a la familia Domecq y Gordon, que gestionaban las bodegas. Además de un asesino era un borracho, y las familias del régimen de la burguesía andaluza que le otorgaron su favor, compañía y lealtad siguen ostentando el mismo poder amasado durante el franquismo gracias a la represión de demócratas y gente inocente.

En Puebla del Río (Sevilla) hay unas tierras que la familia de Queipo de Llano regenta después de que el general golpista las recibiera por los servicios prestados durante la guerra y haber fusilado a más de 3.000 sevillanos. Un premio por la sangre derramada. Pero esa sangre regada sigue proporcionando rédito. La familia de Queipo de Llano litigó en el año 2021 y la Audiencia de Sevilla promulgó una sentencia que condenaba a un jornalero al desalojo de una finca de 32 hectáreas a nombre de la Fundación Queipo de Llano que tenía arrendada. La motivación de la familia era poder alquilarla a un precio muy superior. Los jornaleros llevaban arrendando en familia esas tierras de arroz desde los años 40, cuando le fueron regaladas al genocida por salvar Sevilla del 'dominio rojo'.

María Pilar Alcalá Zamora Queipo de Llano vive en Alcobendas, pero cobró 18.000 euros en subvenciones de la PAC en el último año por unas tierras que tiene gracias a que su abuelo fue un criminal de guerra, unas tierras que no tendría si la reforma agraria de la República hubiera prosperado y su golpe de Estado no hubiera triunfado. Ese es el pecado capital que hay que restituir, privar a todos los descendientes de cada euro o patrimonio fruto de la represión. Sacar a Queipo está bien, pero mejor estaría arrojarlo al río y que el patrimonio de su familia, manchado de sangre, volviera a las manos ajadas de las familias de los jornaleros a los que se les privó de la tierra para que sirvieran de abono para las subvenciones de los descendientes de un criminal. 

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