Juan Carlos I: Omnis effusus labor

El rey Juan Carlos I en una imagen de archivo.

En junio de 1814, el escritor y periodista José María Blanco White publicó el último número del periódico El Español, editado desde Londres. La publicación tuvo el nombre en latín de Omnis effusus labor (todos los esfuerzos han sido en vano). Se refería a la honda decepción que había sentido al constatar que la regeneración no iba a poder darse de la mano del deseado Fernando VII, que no era más que un déspota cruel e indecente. Blanco White, tras ese último número periodístico con epitafio de reconsideración y pesadumbre, se retiró de la profesión.

De Fernando VII a Juan Carlos I, la historia siempre ha sido la misma. Una imposibilidad manifiesta para salvar a la monarquía de su propia decrepitud. Todos los esfuerzos mediáticos, políticos y culturales para transmitir que la monarquía es un elemento de cohesión perpetuadora de la buena vivencia democrática han resultado un tremendo fiasco. La abdicación del rey Juan Carlos I fue el último hálito de ese comportamiento cortesano que buscaba la pervivencia del statu quo en un momento de degeneración majestuosa que la hacía insostenible. Ganaron tiempo, pero la suciedad en las heridas mal curadas siempre vuelve a supurar. Ya va siendo tiempo de que los mandarines nuestros se retiren a sus aposentos.

Cien millones de dólares son el nuevo elefante en el centro de la habitación regia. Nuestro emérito habría cobrado esa cantidad ingente de dinero de Arabia Saudí por su compromiso blanqueando la dictadura. Parte de esos millones, la nada despreciable cantidad de 65 millones de euros, fue a parar a Corinna Larsen. Ese dinero estaría ahora en una cuenta en Suiza y habría supuesto una irregularidad fiscal. Corinna estaría valorando la decisión de querellarse contra Juan Carlos I por presionarla para que no hiciera públicos secretos de Estado. Todo esto se empieza a conocer gracias a una investigación de la justicia suiza relacionada con otra existente en la Fiscalía Anticorrupción. Hay muchos resortes que van a chirriar intentando salvar a la monarquía de sus propias excrecencias.

El PSOE se ha negado a que estas actividades se investiguen en el Congreso de los Diputados en una comisión parlamentaria. Sus miembros han vuelto a acudir solícitos a defender la honra de su majestad. Su alma republicana ha vuelto a diluirse en el momento adecuado. El PSOE es uno de los elementos que más se deja en evidencia para intentar taponar la podredumbre que emana del alcantarillado real. Un partido que funciona como un vasallo culebreante que en los momentos de mayor incertidumbre monárquica actúa como sus más recios soldados. Los últimos baluartes que defienden al monarca cuando se encuentra solo y rodeado en su alcoba recibían el nombre de Monteros de Cámara, un cuerpo de la Guardia Real establecido en el 1006 que custodiaba las estancias reales más privadas formado por soldados que acompañaban a los reyes allá donde fueran, sus escoltas más fieles. Los Monteros de Cámara ahora reciben el nombre de Monteros de Espinosa porque sus miembros tenían que ser originarios del municipio burgalés de Espinosa de los Monteros. Curiosa burla republicana que ha convertido a los socialistas en más fieros guardeses que los de Espinosa de los Monteros.

El PSOE se empeña en velar el sueño de Felipe VI honrando su presencia simbólica en el cuerpo de honores de la Guardia Real política. Un privilegio creado por la cultura de la transición y que procura ocultar cualquier desmán producido por nuestro emérito. Una estrategia que solo erosiona la credibilidad de todas las instituciones está destinada a ser un estrepitoso fracaso y, además, corre el riesgo de llevarse por delante a aquellos que presten su credibilidad a la corrupción y la negación de la justicia. El rey morirá, pero sus actos serán historia y acabarán con la monarquía. Tarde o temprano los guardeses de la impunidad serán barridos por el peso de los hechos.

Todos los esfuerzos han sido en vano. Han intentado durante décadas preservar un buen nombre inexistente y crear un relato idílico y ejemplar de comportamiento. La propaganda cortesana logró durante mucho tiempo controlar la información y mantener en una burbuja los comportamientos ilegítimos de la jefatura del Estado. Pero ya pasó ese tiempo, ya no funciona. Podrán preservar su impunidad pero no su buen nombre. Es el momento de tomar el ejemplo que dio Blanco White hace doscientos años al aceptar las impurezas reales. Ya es tarde, es tiempo de cerrar y abandonar. Omnis efussus labor.

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Publicado el
8 de marzo de 2020 - 20:57 h

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