Pactos: ¿qué hay de nuevo en lo nuevo?

Desde la noche electoral del 24 de mayo, no hay pieza informativa, análisis o tertulia que no hable de los pactos y acuerdos que van a posibilitar multitud de gobiernos municipales y autonómicos. Es verdad que por primera vez en mucho tiempo está todo abierto  y cada imagen, cada gesto, cada mirada… incluso cada cena es analizado con fruición para entrever qué va a pasar, quién va a presidir tal o cual comunidad autónoma o tomar el bastón municipal.

Y, a falta de noticias, el debate en todas las tertulias es si se debe respetar que esa discreción, si se puede entender la opacidad con la que se llevan algunos contactos, si hay que informar en tiempo real o, si como en Extremadura o Zaragoza, se deben retransmitir las reuniones. Hace unos días, Inma Aguilar en Pactad, pactad, malditos ponía las cosas en su sitio pero, sobre todo, hacía la pregunta clave: ¿qué hay de nuevo en lo nuevo?

En las formas, la nueva política se está pareciendo bastante a la vieja. Salvo Manuela Carmena con su propuesta para los desahucios, Ada Colau con las Trobades als barris, y los actos públicos que Mónica Oltra no ha dejado de hacer, nada nuevo bajo el sol. Todo son reuniones entre las direcciones de las formaciones (electos o no) que en torno a una mesa (método tan denostado hace nada, como los reservados de los restaurantes) intentan pactar sin mancharse. Sorprende cuando una de las exigencias de este cambio era tener una mejor representación a través de una relación más directa con la ciudadanía… Todos querían poner al ciudadano en el centro pero no parece (al menos yo no lo conozco) que se les vaya a consultar ni arbitrar ningún tipo de participación: ni los partidos tradicionales ni los emergentes.

Que no tenemos cultura de pacto se ve en la forma y el fondo de los "diálogos". La primera premisa de los partidos emergentes es "no entrar en gobiernos que no presidamos" prescindiendo no de sólo los “sillones” sino de empezar a practicar otra metodología de gobierno, otra manera de ejercer el poder. Todavía ninguno acierta a explicar por qué renunciar a gestionar propuestas o proyectos que se están poniendo encima de la mesa.

Quizás tenga que ver con que las propuestas no son muy de fondo: giros de 180 grados, exigir que se deje de trabajar con los bancos que desahucien, reducir el número de asesores, no llevar imputados a los gobiernos (ni en las listas…?), exigir primarias en los demás partidos…. Sinceramente, el listón de la "nueva política" está demasiado bajo como para acercarse a las expectativas de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas que esperan un cambio. Claro que para eso habría que arriesgar y salvo las honrosas excepciones anteriormente mencionadas, no parece que sea el caso.

La "nueva política" ni ofrece ni pretende ofrecer un modelo acabado. La "nueva política" acierta en hacer las preguntas correctas en el momento adecuado, explorando las metodologías que garanticen la transparencia, la apertura y la democracia. ¿Nos hemos olvidado ya de que no nos conformamos con votar cada cuatro años? Si no es así, la receta es la misma: transparencia y democracia. Esa es la principal tarea de las nuevas herramientas.

Sobre todo en cuestiones de forma (que son fondo) donde se más se nota que este país no tiene cultura de pacto. Nos ponemos frentistas hasta cuando queremos llegar a un acuerdo. Pactar en España es rendirse, cuando seguramente si se bajara el tono, se sobrecargara menos, se buscara metodología para abrir las instituciones y la política, se hiciera pedagogía y, sobre todo, se asumieran responsabilidades, cambiarían muchas cosas. No es fácil porque tampoco era fácil antes de las elecciones. Porque esto no ha hecho más que empezar. Quedan cuatro años por delante y mucha gente a la que no defraudar.

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10 de junio de 2015 - 20:47 h

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