Rouco

El expresidente de la Conferencia Episcopal, Rouco Varela. \ Efe

Reconozcámoslo. La jubilación forzada del cardenal de Madrid representa un duro golpe para muchos católicos. El Papa Francisco debería haberlo pensado mejor y con más paciencia, sin dejarse llevar por este reformismo juvenil que le va acabar trayendo alguna desgracia. No me extraña que monseñor ande cabreado como una mona. Yo también lo estoy. Esto no se hace así de golpe, su santidad. Por lo menos debería haberle dejado avisar que se avecina otra guerra civil en un par de homilías más.

Hasta ahora, cada vez que Rouco Varela hablaba, muchos católicos sabíamos qué debíamos hacer para ser coherentes con nosotros mismos y aquello que nos habían enseñando en catequesis: exactamente lo contrario de lo predicado por el expresidente de la Conferencia Episcopal. Ahora, con su retirada a la fuerza, nos han dejado huérfanos, sin un referente claro de quien alejarnos. El faro que iluminaba por donde no ir se ha apagado.

Fuera el tema que fuera, por complejo, difícil o delicado que pudiera parecer, el cardenal Rouco Varela siempre se las arreglaba para pronunciarse con tanta intolerancia, soberbia y falta de compasión que resultaba extremadamente fácil escoger el buen camino: sólo había que ir en dirección contraria. Todo lo que necesitabas era alejarte de la caspa y el olor a rancio.

No se podía defender peor, con menos inteligencia y falta de sensibilidad, las posiciones de la Iglesia en asuntos como el aborto, la familia, el matrimonio homosexual o la enseñanza de la religión. No se puede guardar un silencio más cobarde y vergonzoso sobre la desigualdad, la injusticia y la pobreza que se han extendido por España durante estos últimos años mientras el cardenal Rouco Varela llamaba a la santa cruzada contra la libertad sexual o la asignatura de Educación para la Ciudadanía.

El resultado de tanto nacionalcatolicismo casposo e integrista salta a la vista. La Iglesia católica española vuelve a andar muy cerca de esa minoría a quien le gustaría regresar a la España de hace cuarenta años. Pocas veces ha estado tan alejada de la gran mayoría que intenta salir adelante como puede en este presente oscuro y difícil y aún se siente católica, pero no se siente de esta Iglesia.

Durante todos los días de su mandato como cabeza visible de la Iglesia española Rouco Varela ha predicado el miedo, el odio, la incomprensión y el desprecio por todo aquel que pensara, amara o viviera diferente. Sus sucesores, tanto en Madrid como en la Conferencia Episcopal, no pueden tenerlo más fácil para retornar al buen camino. Solo hay que caminar en la otra dirección.

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