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Nuestros propios vampiros
Andan sueltos y sueltas, aparecen en el Congreso y en el Senado porque toman forman humanas.
A otros los financian para crear broncas callejeras y desparramar mentiras enfrentando a jóvenes que tienen la mala idea de estudiar en universidades públicas.
Se les nota en las caras la satisfacción que les produce verter insultos a granel, cuanto más ofensivos, mejor.
Se escudan como buenos cobardes en la tan mentada “libertad de expresión” o en títulos de abogados, fiscales, jueces.
Buscan sangre, hacer sangre, a veces lo consiguen a pedradas o botellazos, pero en esos casos salen corriendo porque los espantan las sirenas policiales.
Hay casos más graves que hieren, matan, amputan, en guerras y genocidios. Son los que dirigen países poderosos. Porque si son países africanos o cualquiera de los países pobres del mundo, casi no salen en las noticias, como si no existieran, aunque existen para explotarlos, que es para lo que sirven, según los líderes poderosos.
No vuelan por sí mismos, predominan los de piel blanca o naranja, juegan a sangrar a otros con armas económicas o bélicas, pero sin mancharse ellos, que para eso tienen ejércitos bien domesticados.
Y están convencidos y convencidas de ser humanos y humanas. Serán una especie degenerada de quienes los padecemos.
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