El salario del miedo
Primero: ved todas esa película, es excelente.
Ayer, un amigo me contaba un episodio: pensando en una urgencia del trabajo, había acabado desmayado en medio de un centro comercial. Nadie fue a asistirle, se despertó solo y fue al hospital, donde le dijeron que había sido algo cardíaco y que tenía que controlar con urgencia su estrés.
Lo comentó como una anécdota, no pidió una baja, no pidió reducción de jornada, ni se planteó denunciarlo como un accidente laboral: continuó trabajando al mismo ritmo y simplemente aprendió que cuando perdiese la visión, debía llamar a emergencias antes.
Su percepción tan natural de un evento potencialmente mortal me resultó perturbadora; pero mi amigo no es una excepción, es una reacción habitual.
En el hospital, he escuchado entre boxes varias personas a las que instaban a que ingresasen para estudio reposado de una patología y respondían que no, que no se podían permitir ese tiempo indefinido allí y mucho menos desaparecer del trabajo de un día para el otro. Siempre había un evento, una reunión inaplazable, una sensación de ser irremplazables que tenían tan interiorizada que no admitía discusión, curiosamente trabajadores por cuenta ajena en empresas de otro.
Pero en el lenguaje ya se nota que la percepción es otra. En “mi” empresa “tenemos” una auditoría, estamos haciendo una gran facturación, conseguimos unos resultados excelentes… cualquiera que oiga esto piensa que habla con un autónomo, pero ni siquiera.
Y así es como pasamos nuestras necesidades a un segundo plano, en una suerte de halo de martirio en el que la lectura es, trabajo igual a estabilidad, estabilidad igual a prosperidad familiar, la familia es lo primero, ergo el trabajo es lo primero ya que sostiene, en parte, a esa familia y los cientos de gastos que tenemos en el día a día.
Hay pánico al desempleo, al despido, pero hay pánico también a cogerse dos días para estudiar si hemos sufrido un infarto.
Alguna gente que se despidió de mí en un lecho de muerte me contó que querría haber vivido de otra manera, menos esclava, pasando más tiempo con su gente y sus hobbies y menos pesando en cómo llegar a fin de mes o atribulado por sustos financieros. Que sentían que solamente vivían los fines de semana, y el resto de ella era una forma de ganarse esos dos días de disfrute (quien los tenía).
No paro de escuchar la frase *no me lo puedo permitir. Una baja, una ausencia, una negativa a una petición de jefes/as, pero sí que nos podemos permitir acudir al trabajo medicados hasta las cejas si con eso evitamos al abrir la nevera tener la sensación de que algo no va como debiera.
Estamos sometidos a relaciones económicas tan tóxicas que parece imposible reprogramarlas. Mi comunidad es líder de consumo de benzodiacepinas y muchas se toman para aguantar el día, los dolores o una situación de ansiedad tan aguda que no permitiría ninguna actividad. Un alto porcentaje de estas personas está en situación de incapacidad permanente, pero no se lo pueden permitir, por lo que siguen trabajando y bromean con que hasta que revienten, pero no es broma.
Tenemos que cuidarnos. Unos a otros, y de nosotros mismos. La comunidad y los cuidados, es lo único que puede sacarnos de esta. La conexión real, no la que nos pueda quitar un apagón.
A mi amigo y a tantos otros y otras que anecdotizan un episodio cercano a la muerte que no tenían tiempo de atender, siendo yo la primera que he practicado ese tipo de conducta en el pasado, le digo; eres un trabajador excelente, pero lo que es irremplazable eres Tú, en toda tu dimensión y trascendencia.
El resto no es que no sea lo más importante, es que es literalmente secundario; la supervivencia material es humana, necesaria y básica, transversal y a todas nos asusta: pero ya no es relevante si estás muerto, y podrías estarlo, por priorizar los desvelos de la empresa de otro.
Revisemos todas nuestro papel en esta obra, porque es muy corta y cruel. Definir qué merece la pena, y protegerlo a toda costa, es ya revolucionario.
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