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Vocaciones y vacaciones

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Hace veinticinco años que soy profesora de instituto —lo soy por convicción, por fe, por principios. Por vocación. Veinticinco años. Me quedan diez para jubilarme y… no veo la hora. Es una sensación nueva y también inesperada. No pensé nunca que llegaría a tenerla con tanta intensidad y tan temprano.

Empecé este curso con una —ahora caigo— cándida expectativa de que sería especial, por eso de cumplir la cifra redonda de veinticinco años como docente: exactamente la mitad de mi vida. No entiendo por qué pensé que este curso iba a ser mejor. No solo no ha sido mejor, ha sido significativamente peor.

Ponerme a enumerar los motivos sería incidir en más de lo mismo. No ha habido nada nuevo: alumnos desmotivados (y escaqueados), administración más preocupada por papeles que por personas, necesidades educativas insuficientemente atendidas, falta de recursos, exceso de burocracia, cada vez menos nivel académico y más nivel de insolencia. Bueno, sí, y la instauración definitiva de la inteligencia artificial en las aulas, más que como herramienta, como nuevo enemigo a batir.

Quizá la novedad haya estado en que este curso todo eso ha sido más intenso. Quizá lleva lloviendo sobre mojado más años de los que soy consciente. Quizá me haya caído encima de golpe ese cuarto de siglo de profe y estoy más cansada de lo que pienso. Aunque, a decir verdad, para mí lo más desalentador no es el agotamiento (físico, mental y emocional), sino esta aplastante sensación de derrota. Y este término, que podría resultar poco preciso, demasiado general, es el que mejor define la evidencia de que nada de lo que hago sirve para mucho.

Me pregunto si también la tuvieron mis profesores cuando era su alumna, o antes que ellos sus propios profesores. O si mis compañeros veteranos me miraron, cuando puse un pie por primera vez en un instituto, cargada de ilusión y confianza, de la misma forma que miro yo al novato que se cree que la docencia puede cambiar el mundo más que a él.

He sido feliz en mi trabajo, lo reconozco y lo agradezco. En todos estos años, mi mayor logro profesional no ha sido profesional, sino personal: cruzarme por la calle con antiguos alumnos que me saludan y me recuerdan con cariño; que viven a cientos de kilómetros y siguen queriendo que forme parte de sus vidas; verlos convertidos en grandes profesionales, en buenas personas.

Por eso la desazón de estos días es tan lacerante, porque viene tras un viaje amable en el que aprendí a dialogar con los «lestrigones, los cíclopes y el colérico Poseidón». Pero ahora estos se han vuelto intratables y las jornadas se hacen hirsutas y deprimentes.

En cualquier caso, que esto sirva como desahogo y de ninguna forma como queja, que con las vacaciones que tengo, el de la queja es un derecho del que solo puedo gozar de puertas para adentro.

Desde hace más de dos décadas, cada mes de junio me planteo qué podría haber hecho mejor en el curso que termina; qué podré hacer mejor el curso que vendrá. En esta ocasión, y en vista del «éxito», creo que le preguntaré a ChatGPT cómo afrontar la década que me queda por delante sin que me parezcan tres.

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