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Escribir casi cerrando los ojos

Me preguntaba muchas veces qué germinaría en el papel o en la pantalla si me sentara a escribir sin límites ni normas, si me dejara arrastrar por los dedos

Primera entrega de "La palabra inmediata", una serie de relatos en forma de carta escritos por María Sánchez

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Introducción

Me gusta pensar en la escritura como algo que siempre crece. Como una semilla que nunca deja de germinar, que se desarrolla en ambos sentidos, en la mano que escribe (el sustrato, las raíces) y en las manos que acontecen la lectura (las ramas, las hojas). Empecé a escribir estas cartas como una especie de ceremonia, un ejercicio conmigo misma y con las manos que recibían estos pequeños fragmentos en su correo electrónico a través de la aplicación virtual tinyletter. Me preguntaba muchas veces qué germinaría en el papel o en la pantalla si me sentara a escribir sin límites ni normas, si me dejara arrastrar por los dedos, casi cerrando los ojos. A menudo pienso en el acto de escribir como la que va tras los pasos de voz de un lobo que nunca ve.

Para María Gabriela Llansol, sus cuadernos de notas eran, mayoritariamente, una especie de terreno vacío donde todo lo escrito se encuentra ya sembrado, aunque nosotros, desde arriba, no observemos nada. Cuando la escritora continúa escribiendo sus notas, fragmentos, esquemas y dibujos, sucede el germen y el suelo empieza a llenarse de brotes que sí son apreciables a la vista. Como ella escribía, es aquí, en este proceso, que podría parecer a primera vista caótico y nada sereno, donde realmente se desvela la escritura. Una escritura honesta, verdadera e infinita, que ha estado a la sombra durante décadas en Portugal y que al fin tiene el reconocimiento que merece.

Ella, en cierto modo, lo intuía y así lo escribía en uno de sus cuadernos desde el exilio:

Yo, Gabriela, en la hora de la gran decisión
decido que no tengo parámetros:
-soy mujer sin hijos;
-soy escritora (prefiero escribiente) sin reconocimiento;
-soy trabajadora pertinaz y regular con vida material incierta.

La palabra inmediata es el título de uno de sus cuadernos. He querido nombrar a estas cartas así, por la manera en la que han tenido lugar y se han sucedido las unas a las otras. También, por supuesto, como un guiño a ella y a su escritura, que tantas veces me acompaña.

Carta primera: Aquello que éramos incapaces de decirnos

21 de enero de 2018

Escribo y sé quién está al otro lado.

Es una sensación reconfortante, como un pequeño paréntesis entre tanta inmediatez.

Recuerdo mi primer diario, que no era realmente un diario, sino las cartas que nos escribíamos cuatro amigas en primaria en el mismo cuaderno. La única condición era escribir todos los días durante una semana. Cada lunes, se pasaba el diario a la siguiente. Y así, crecimos, sin darnos cuenta, esperando al primer día de la semana para leernos entre nosotras, para tocar en el papel aquello que muchas veces éramos incapaces de decirnos en el día a día.

Ilustración para 'La palabra inmediata' / Begoña Fumero

Ilustración de Begoña Fumero

No sé dónde está ese diario. Hubo más, pero yo me quedé con el primero. Recuerdo las tapas, llenas de pequeñas rosas de color rojo, demasiado rojo, demasiado inocente, demasiado naif. De esos años solo me queda ese diario, y está bien guardado en casa de mis padres, así, como algo que no tiene importancia pero que no quieres tenerlo a la vista, a mano. Si quisiera rescatarlo, tendría que involucrar al cuerpo, hacer un esfuerzo. Abrir un armario, levantar una tapa de un hueco gigante vertical, quitar toneladas de libros, zapatos, ropa, revistas, y al fin, al fondo, podría arañarlo con los dedos. Pero aún tendría que ponerme de puntillas, impulsarme, hacer otro esfuerzo más.

Quizás suene feo, pero lo que más echo de menos de esos días era escribir ese diario. Ahora, mientras escribo estas líneas aquí, me pregunto si escribía a menudo porque sabía que había alguien esperando para leerlo. ¿Alivio, seguridad, complicidad? No lo sé.

Ayer, comiendo en el bar de abajo de casa, una mujer me pidió por favor, sonriendo, un poco nerviosa, que le echara un ojo a sus padres, que no se fiaba de ellos. Ella iba al baño, pero no iba tranquila si los dejaba solos. Esa mezcla de temor y ternura en su cara se quedó conmigo el resto del día, y hoy sigo pensando en ella. La forma de sus manos, su alegría, cuando volvió a ver a sus padres, ya viejitos, eran como si fuera la primera vez que los viera en muchísimo tiempo.

No sé hasta dónde llegaré con estas cartas, si servirán para algo, gustarán, acompañarán, o simplemente pasarán a formar parte de la pestaña spam de muchas bandejas de entrada.

Me quedo, mientras, con esto que traduje de María Gabriela Llansol:

¿Sobrevivir escribiendo será una manera ciega de ser útil a la especie?

Carta segunda: Nací adulta y moriré niña

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