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Coronavirus y clase social

Los grupos socioeconómicos más bajos sufren con mayor frecuencia enfermedades crónicas, lo que les hace más vulnerables ante la pandemia

Paciente con coronavirus en el Hospital Materno-Infantil de Gran Canaria

Paciente con coronavirus en el Hospital Materno-Infantil de Gran Canaria Efe

Los datos disponibles a día de hoy en España no permiten hacer un análisis riguroso sobre el impacto que tiene la desigualdad social en la mortalidad por coronavirus. Disponemos de información desagregada por sexo y edad de una parte de los fallecidos por coronavirus, pero desconocemos su ocupación o nivel educativo. Podemos, sin embargo, aproximarnos al tema de forma indirecta.

En primer lugar, sabemos que en pandemias precedentes de gripe las tasas de mortalidad han sido más altas entre los grupos socioeconómicos más bajos. Estudios sobre la gripe de 1918 (aquí y aquí) muestran que en Dinamarca, la mortalidad en la primera ola de contagios fue más alta entre la clase trabajadora y los que vivían en los distritos más pobres. Igualmente, a lo largo de esa pandemia, el riesgo de mortalidad en Chicago creció sobre todo en los barrios con las proporciones más altas de analfabetos y con peores condiciones de vida.

En segundo lugar, sabemos que las personas que padecen enfermedades crónicas corren un riesgo mayor de desarrollar una forma grave de coronavirus y fallecer. Y esta es precisamente la razón por la que pensamos que existe una desigualdad por estatus socio-económico en el riesgo de morir a causa del coronavirus. Tenemos evidencia de que las personas de estatus socio-económico más bajo presentan peores condiciones de salud debido a que mantienen hábitos de vida menos saludables, trabajan en ocupaciones que suponen un mayor desgaste físico, están expuestos a mayores niveles de estrés y tienen un peor acceso a las prestaciones sanitarias.

A partir de los datos de la Encuesta Nacional de Salud de 2017, el gráfico muestra la probabilidad de tener al menos una enfermedad crónica grave por nivel educativo entre los hombres y las mujeres mayores de 64 años en España. Se distinguen cuatro niveles educativos: a) educación primaria/estudios elementales b) primera etapa de enseñanza secundaria, con o sin título (2º ESO aprobado, Bachillerato Elemental); c) segunda etapa de enseñanza secundaria (bachillerato o formación profesional); y d) estudios universitarios.

Mientras que un 49% de las personas mayores de 64 años con un menor nivel educativo padecía en 2017 al menos una enfermedad crónica, el porcentaje disminuía hasta el 36% entre los que tenían estudios universitarios. Asimismo, si se consideran los resultados por sexo, la incidencia de enfermedades crónicas entre los varones era mayor. Algo que podría contribuir a explicar el mayor riesgo de mortalidad por el coronavirus que tienen, actualmente, los hombres, frente a las mujeres.

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*Las cifras se muestran en porcentaje.**Se consideran como enfermedades crónicas graves: infarto de miocardio, angina de pecho, enfermedad coronaria, asma, diabetes, bronquitis crónica, enfisema, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), cirrosis y disfunción hepática.

Estos resultados sugieren que es muy probable que el coronavirus afecte en mayor medida a los ciudadanos con menor nivel educativo, dado que, antes de la pandemia, ya tenían un peor nivel de salud que aquellos con educación alta. Lo que les hace más vulnerables a enfermar gravemente y a fallecer.

Puede que esta conclusión no sea muy sorprendente. Sin embargo, los argumentos y la evidencia presentada indican que la tesis de que la pandemia del coronavirus pueda convertirse en un igualador social es descartable. En estos días dramáticos todos nos hemos sentido, de alguna forma, vulnerables frente al riesgo de contagio. Pero algunos lo han sido en mayor medida a la hora de desarrollar formas graves de la enfermedad. En particular, aquellos con menor nivel de estudios, quienes tienen mayores probabilidades de padecer alguna enfermedad crónica.

Esta experiencia desoladora tendría que convencernos de que la reducción de la desigualdad social tiene que ser una de las prioridades a la hora de pensar cómo reconstruir el Estado del bienestar, y nuestra sociedad en general, en la era post-coronavirus.

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