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¿Cuán democrática puede ser una monarquía?

Hace tan sólo un siglo el dominio de las monarquías se extendía por la práctica totalidad del territorio europeo. De los 25 Estados independientes que componían el continente, sólo Francia y San Marino contaban con jefes de Estado escogidos por el parlamento. Desde entonces, al mismo tiempo que el número de países se prácticamente doblaba, la proporción de Estados monárquicos decrecía de forma considerable. Actualmente, sólo el 21% de los países europeos cuentan aún con un Rey como jefe de Estado.

Este ocaso de las monarquías en Europa en apenas un siglo queda bien reflejado en el  gráfico 1 en el que se muestra la evolución de las formas de gobierno en Europa. En una primera etapa, los monarcas cedieron terreno a favor de jefes de Estado escogidos por el Parlamento y no directamente por los ciudadanos. No es hasta fechas más recientes que la figura de Presidentes directamente electos se ha popularizado en Europa, convirtiéndose en actualmente en la forma de gobierno más extendida en nuestro continente.



Inicialmente, en las monarquías absolutas europeas, el Rey ejercía una doble función: la de jefe del Gobierno y la de jefe de Estado. La idea de que ambas funciones debían concentrarse en una misma figura era entonces la visión imperante. Así lo creyeron entonces también los padres fundadores de los Estados Unidos. Éstos diseñaron su nueva República sustituyendo la figura monárquica por la de un Presidente directamente electo por los ciudadanos. Al igual que los monarcas europeos, el Presidente americano fue diseñado para acumular también esa doble función de dirección del gobierno y de representación del Estado.

Sin embargo, la evolución en Europa acabó siguiendo un sendero distinto al de Estados Unidos. En nuestro contintente, los monarcas fueron cediendo sus poderes ejecutivos a favor del Primer Ministro y su Gabinete hasta que, en la actualidad, las monarquías europeas (a excepción del Vaticano) ya apenas mantienen en sus manos otras funciones que no sean simbólicas y de representación del Estado. Esta evolución de las monarquías europeas es la responsable de la extensión de los sistemas parlamentarios con un ejecutivo dual (o con dos figuras): con un Jefe de Estado (con funciones ceremoniales) y un Jefe de Gobierno (con poderes ejecutivos).

Sin embargo, aún desposeído de sus funciones ejecutivas, la monarquía sigue siendo para muchos una rémora anti-democrática del pasado. Al fin y al cabo, que el más alto representante de un Estado democrático sea un cargo hereditario no deja de ser, cuanto menos, irónico. Pero, ¿hasta qué punto es incompatible la monarquía con la calidad democrática de un país y de su sociedad? ¿Hasta qué punto la existencia de la figura del monarca es un síntoma de una peor calidad del régimen democrático?

El gráfico 2 muestra la relación existente entre la forma de gobierno (monarquía vs república) y dos medidas distintas: (i) la calidad democrática y (ii) la calidad del gobierno.  La primera medida es una escala del 0 (nada democrático) al 10 (muy democrático) basado en las mediciones de las organizaciones Polity y Freedom House. Éstas miden la calidad de la democracia según el grado de apertura de las instituciones políticas y el grado de libertades políticas y civiles que gozan los ciudadanos en ese país. La segunda medida (en una escala de 0 a 1) está basado en datos de la Universidad de Gotemburgo y evalúa la calidad del gobierno por medio del grado de corrupción y de la calidad de la burocracia y la justicia.

Los dos gráficos muestran que la monarquía no es, en ningún caso, un síntoma de baja calidad de la democracia o del rendimiento de sus instituciones. De hecho, las monarquías europeas gozan de mejores evaluaciones que las repúblicas. Por paradójico que parezca, en Europa, la democracia es de mayor calidad y funciona mejor en aquéllos países con un jefe de Estado no elegido democráticamente.



Con ello no estoy diciendo que las monarquías sean la vía para la mejora de nuestras democracias. Los datos no muestran causalidad, sino más bien que, desde una perspectiva comparada, la existencia de las monarquías no está relacionada negativamente con la calidad del régimen democrático.

Esta conclusión depende en gran medida del criterio con el que evaluamos qué es una democracia. Es obvio que para Freedom House o Polity no es relevante el hecho de que el Jefe de Estado de una democracia sea hereditario o elegido en las urnas. Las mediciones de “calidad democrática” son siempre controvertidas (véase el 'venezuelagate' que vivimos hace unos meses en PdP), pues dependen del concepto de democracia de quien las propone. En este sentido, es mejor ser cautos con las conclusiones a las que se llega a partir de estas mediciones.

Otra forma de analizarlo es dejar al margen las mediciones “objetivas” de la democracia y abordarlo a partir de las actitudes de los ciudadanos. En el gráfico 3 muestro las actitudes hacia el régimen y sus instituciones. De nuevo, los datos indican que es en las monarquías donde los ciudadanos están más satisfechas con el funcionamiento de sus democracias y confían más en los políticos y en sus principales instituciones. Para ser honestos, estos buenos resultados cosechados por las monarquías europeas son más mérito del norte de Europa (especialmente Dinamarca y Noruega) que de nuestro país. De hecho, según los datos usados en los gráficos, España sería la monarquía europea con una peor calidad de gobierno y con menos ciudadanos que están de acuerdo con la afirmación "los políticos se preocupan por los ciudadanos".



En definitiva, los países con un sistema monárquico gozan de ciudadanos más satisfechos y con mayor afección al régimen democrático y sus instituciones. De nuevo, no estoy señalando una causa-efecto entre ambas cuestiones. Sin duda, las monarquías no tienen por qué ser las responsables de que sus ciudadanos estén más satisfechos con la democracia. Mi intención es mucho más humilde. Con estos datos simplemente quiero mostrar que –irónicamente- los monarcas han conseguido sobrevivir en los países europeos con instituciones y sociedades más democráticas.

Todo este análisis no resta valor al elemento fundamental de los críticos con las monarquías: la máxima institución simbólica y representativa en un país democrático no es elegido (sea directa o indirectamente a través del parlamento) por los ciudadanos. Pero no deja de ser irónico que tras las históricas luchas entre monarquías absolutas y democracias liberales, nos encontremos que las familias reales europeas hayan acabado sobreviviendo precisamente en los países con mayor calidad de sus democracias y con ciudadanos más satisfechos con el régimen y sus instituciones.

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