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En recuerdo de Erik Olin Wright (1947-2019)

La luz que envolvía a Erik Olin Wright seguirá brillando como un faro moral e intelectual

El pasado miércoles falleció Erik Olin Wright, uno de los sociólogos más brillantes del último medio siglo. Formado en el contexto de radicalización política de finales de los años sesenta, Erik O. Wright consagró sus esfuerzos intelectuales a la revitalización de la tradición marxista, aunque el interés de sus ideas supera esas coordenadas. Su obra es hoy una referencia ineludible para cualquiera que desee estudiar las clases sociales.

Como el resto de miembros del llamado September Group de “marxistas analíticos”, Erik O. Wright se caracterizó por su compromiso con las normas científicas y la claridad argumental: el marxismo debía medirse con sus rivales aceptando las mismas reglas de juego, en lugar de esconderse en oscuros laberintos dialécticos. Pero a diferencia de la mayoría de ellos, que con el tiempo dejaron de considerarse marxistas, no abandonó nunca esa tradición.

Tres rasgos definían su visión del marxismo: el compromiso normativo con un ideal emancipatorio democrático-igualitario; el análisis crítico del capitalismo basado en el análisis de clase; y la búsqueda de una alternativa institucionalmente viable a ese sistema que encarnase tales ideales normativos (y a la que tradicionalmente se había llamado “socialismo”). Alentado por el compromiso con ese ideal, produjo el grueso de su trabajo intelectual en estas dos direcciones: la comprensión de las clases sociales y la búsqueda de alternativas al capitalismo.

En cuanto a la primera, el punto de partida de Erik O. Wright era aclarar de qué hablamos cuando hablamos de “clase”. Su respuesta era que la “clase” debía entenderse mejor como un adjetivo que como un sustantivo, pues hace referencia a diferentes fenómenos interconectados: la estructura de clase, los actores políticos de clase, los conflictos de clase o la conciencia de clase. La tarea del análisis sociológico de la clase consiste en comprender la interconexión de todos estos elementos y sus efectos sobre otros aspectos de la vida social.

Dentro de esa agenda de investigación, Erik O. Wright se ocupó fundamentalmente de la estructura de clase; no tanto porque creyera en su prioridad explicativa sino porque era, en cierto modo, una precondición conceptual para entender los demás fenómenos mencionados. Entendía la estructura de clase como el conjunto de relaciones sociales que establece la gente en función de su control sobre los recursos productivos. En sus propias palabras: “Lo que tienes determina lo que obtienes y lo que tienes que hacer para obtenerlo”.

Para Erik O. Wright la dimensión clave de esas relaciones de clase era la explotación. Su definición de explotación, que ilustraba con la ayuda de una historieta del cómic, es la siguiente: un grupo explota a otro cuando, al excluirle del acceso a ciertos recursos, consigue apropiarse de los frutos de su trabajo, de modo que el bienestar material del primero depende de la privación del segundo. El concepto hace referencia a una pauta de interacciones basadas en intereses antagónicos, que está en la base de múltiples injusticias sociales y conflictos políticos. Si perdíamos de vista lo primero, resultaba más complicado entender esos conflictos o luchar contra esas injusticias. Eso era lo que distinguía al marxismo de otros enfoques.

Pero a su vez, Erik O. Wright era consciente de que la estructura de clase contemporánea (al menos, en los países más ricos) era radicalmente distinta de aquélla que había pronosticado Marx: en lugar de un proceso de polarización extrema entre capitalistas y trabajadores, había surgido una nueva “clase media” compuesta por empleados asalariados. ¿Cómo analizar a esta clase media que, pese a no poseer medios de producción, no parecía formar parte de la clase trabajadora?

La repuesta que ofreció Erik O. Wright consistió en añadir dos nuevos recursos para diferenciar las posiciones en la estructura de clase: junto a la propiedad de los medios de producción, había que prestar atención a la autoridad en el proceso productivo y a la cualificación o experticia. De ese modo, lo que distinguía a la clase media (asalariada) de la clase trabajadora era que tenía más autoridad (gerentes y supervisores), poseía una mayor cualificación (expertos y técnicos) o ambas cosas, y por tanto, sus intereses tendían a diferir de los de ésta.

Se trataba, según su célebre formulación, de posiciones de clase contradictorias, que combinaban (en distinto grado según el caso) los intereses inherentemente antagónicos de capitalista y trabajadores. La utilidad de esta clasificación estribaba en que las posiciones ocupadas en ella podían tener efectos –mediados, claro está, por otras variables– en un conjunto de fenómenos, como la ideología o la formación de actores políticos, así como en los procesos de cambio social que resultarán de ello. El interés de fondo de Erik O. Wright era averiguar bajo qué condiciones la clase trabajadora podía establecer alianzas favorables a una política democrático-igualitaria con la clase media.

Erik O. Wright no se contentó con “hacer y deshacer el equipaje teórico para un viaje que finalmente nunca se lleva a cabo”, sino que se embarcó en un ambicioso proyecto de investigación empírica que incorporó a equipos de quince países (incluida España, bajo la dirección de Julio Carabaña) y se dilató durante dos décadas. Su libro Class Counts recoge los principales resultados del proyecto y es una muestra de su enorme honestidad intelectual: admitía que los “hechos” descubiertos seguramente no justificaran tantos esfuerzos, pero confiaba en que ese trabajo permitiera avanzar, con mayor claridad teórica, en futuras investigaciones. 

Con igual honestidad mantuvo un diálogo constante con otros enfoques alternativos. La conclusión a la que llegó era que muchas de las disputas teóricas respondían, en realidad, a que cada uno de los enfoques en liza estaba interesado en la explicación de fenómenos distintos, por más que todos estuvieran basados en la clase. Así que lo más razonable era admitir la posibilidad de combinar o integrar distintas perspectivas: “uno puede ser weberiano para estudiar la movilidad de clase, bourdieano para estudiar los determinantes clasistas de los estilos de vida y marxista para el análisis crítico del capitalismo”.

El interés actual de sus ideas teóricas puede apreciarse en su último libro, donde entre otras cosas revisa con ánimo constructivo el trabajo de autores como Thomas Piketty o Guy Standing, y muestra convincentemente cómo una correcta comprensión de los mecanismos basados en la clase social puede ayudarnos a entender mejor el incremento de la desigualdad o los difusos contornos del “precariado”.

La segunda dirección que adoptó su trabajo fue la búsqueda de alternativas al capitalismo. La caída del bloque soviético y el avance del neoliberalismo trajeron consigo un estrechamiento de lo que se percibía como posible. Para Erik O. Wright, el mejor modo de combatir la idea de que “no hay alternativa” era formulando propuestas concretas que contribuyeran a ampliar el horizonte de lo posible.

Durante dos décadas, Erik O. Wright organizó encuentros internacionales en los que reunía a destacados investigadores para discutir ese tipo de propuestas (como la renta básica, la democratización de las finanzas, los presupuestos participativos o el uso político del sorteo), a las que llamó “utopías reales”.

Se trataba de debatir minuciosamente su deseabilidad normativa, su viabilidad técnica y su factibilidad política, considerando seriamente los dilemas que llevaban aparejados y las consecuencias no intencionadas (especialmente, las perversas) que podían desencadenar. El contenido de esos debates se publicaba luego en una colección de libros, que cuenta con seis volúmenes y otros dos en preparación.

Una de sus ideas de fondo, desarrollada en su libro Construir utopías reales, era que las estructuras económicas son siempre “híbridos” que combinan, en diferente grado, elementos del capitalismo, el socialismo y el estatismo, según cuáles sean las lógicas dominantes en cada sociedad. La “brújula socialista” apuntaba en dirección a un incremento del poder de la sociedad sobre la economía y la política –es decir, a la democratización de ambas esferas–, pero ese horizonte podía perseguirse por múltiples vías y con diferentes combinaciones institucionales de mercado, Estado y sociedad civil. Este mapa teórico nos permitía entender mejor los caminos por los que transitaban las diferentes utopías reales.

Dicho pluralismo institucional se veía acompañado por un pluralismo estratégico. La izquierda había malgastado muchas energías discutiendo cuál era la mejor estrategia para el socialismo, cuando lo más sensato era admitir que no había una única opción válida.

Esta refomulación del proyecto socialista, que también buscaba dialogar con quienes no provenían de esa tradición política, no ofrecía ninguna garantía de éxito en un futuro rodeado de incertidumbre. Pero Erik O. Wright estaba convencido de que, puesto que los límites de lo posible dependen también de nuestras creencias sobre dichos límites, reflexionar seriamente sobre esas utopías reales contribuía a hacerlas más factibles.

El suyo era un optimismo de la inteligencia, que buscaba reconocer los embriones de una sociedad más justa e igualitaria presentes en la propia sociedad capitalista: ¿acaso no encarnaban proyectos como Wikipedia el viejo lema: “de cada cual su capacidad, a cada cual su necesidad”?

La formulación de utopías reales debía entenderse como una parte de lo que él entendía por “ciencia social emancipatoria”: la generación de conocimiento científico relevante para combatir las múltiples formas de opresión humana. Si sus trabajos sobre la clase mostraban que un firme compromiso político puede estar en la base de la mejor ciencia social, los debates en torno a estas propuestas concretas demostraban el enorme interés de la ciencia social para los proyectos emancipatorios.

Pero el recuerdo de Erik quedaría incompleto sin hacer referencia a su dimensión humana y su labor como profesor. Basta echar un vistazo a los cientos de mensajes que recibió en el blog que escribió durante su enfermedad, al hashtag #EOWtaughtMe o al entrañable video que le grabaron algunos de sus antiguos estudiantes para comprobar la enorme huella que dejó en quienes tuvimos la fortuna de cruzarnos con él.

El compromiso ético que subyacía a su trabajo intelectual se extendía también a la generosidad con la que trataba a sus estudiantes. Para un investigador visitante que pasara unos meses en Madison resultaba pasmoso que una leyenda académica organizara un tour en bicicleta para conocer la ciudad o pasara un fin de semana en un albergue discutiendo los ensayos que sus estudiantes habían escrito para su curso.

La sabiduría con la que se enfrentó al desenlace de su enfermedad resulta conmovedora. En los últimos apuntes de su blog se mostraba satisfecho y afortunado con la vida que había vivido, e insistía en que no somos más que una forma azarosa, compleja y privilegiada de polvo de estrellas destinada a desaparecer. Pero como ha escrito Vivek Chibber, “algunas personas, muy pocas, son algo más”. La luz que envolvía a Erik Olin Wright seguirá brillando como un faro moral e intelectual.

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