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A los que miran a Irán

La entrevista a una joven española de origen marroquí que se fotografía con y sin velo para reflexionar sobre la identidad y los estereotipos ha sido respondida con centenares de mensajes de indignación, difamación y odio

Quienes dicen preocuparse por la represión a las mujeres en Irán intentan silenciar o criminalizar a las españolas con hiyab que denuncian discriminación en el acceso al empleo, a la vivienda o a la educación

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Ilustración de Señora Milton para un artículo sobre islamofobia de género de Brigitte Vasallo en pikaramagazine.com

Ilustración de Señora Milton para un artículo sobre islamofobia de género de Brigitte Vasallo en pikaramagazine.com

Me hice periodista movida por dos motores: la curiosidad y las ganas de escuchar. Me siento afortunada de que mi trabajo consista en algo tan nutritivo como escuchar y difundir discursos y vivencias distintas que me interpelan, sacuden mis prejuicios, me provocan cortocircuitos que me hacen seguir dudando y también afianzando algunas certezas. No muchas. Una de esas certezas es que todas las personas, incluso en los contextos más opresivos, tenemos agencia, es decir, poder de actuación. 

Como periodista, y como editora de un medio, me interesa poner el foco en las estrategias de las personas para defender su integridad y su libertad, de forma individual y también en colectivo, en sus formas de rebelarse contra las opresiones, de reapropiarse del insulto y el estigma y transformar la violencia en empoderamiento. No parecen compartir ese interés los ciertos de usuarios y usuarias de Twitter que nos han bombardeado esta semana con respuestas difamatorias, insultantes y de brocha gorda por publicar una entrevista de la que os hablaré más abajo. Extrañada de que ese torrente de odio fuera espontáneo, ya que llegó varios días después de que difundiéramos la entrevista, busqué en esos foros monopolizados por machos supremacistas y ¡bingo! parece que todo empezó con que en LaBurbuja.info un usuario compartió una cita de la entrevistada descontextualizada. 

Vivimos una situación similar, hace medio año, cuando cometí el pecado capital para muchas — de entrevistar a Amarna Miller. La avalancha de comentarios de gente muy indignada incluyó acusaciones de estar promoviendo la explotación sexual por entrevistar a una actriz porno. Mi compañera Andrea Momoitio respondió a las críticas con una Carta a las lectoras de Pikara que terminó teniendo más visitas que la entrevista en sí, probablemente por la cantidad de periodistas y medios que se sintieron identificados y los tuitearon. Reproduzco un fragmento:

“Si solo pudiéramos entrevistar a personas con las que estamos 100% de acuerdo sólo podríamos entrevistarnos a nosotras mismas y, ¿la verdad? en mi caso, ni eso. La entrevista que le hace mi compañera June a Amarna es una entrevista buena. El discurso sobre porno de una mujer que se denomina feminista tiene todo el sentido del mundo en una revista como Pikara. Miller es una mujer mediática, a la que queríamos escuchar con más calma, más allá de un titular polémico para que luego, cada quien, decida si está o no está de acuerdo. No tiene por qué gustaros lo que contesta. A mí, por si os interesa, me parece que el discurso se le cae en cada pregunta, pero decidid vosotras qué os parece lo que opina y, sobre todo, no confiéis en ningún medio de comunicación con el que estéis siempre completamente de acuerdo porque será un panfleto disfrazado de periodismo. (...) Qué pena más grande. El periodismo está más jodido de lo que creíamos: ni se respeta ni se entiende”.

Esta vez se trata de una entrevista de Lucía Mbomío a Iman El Azrik, una joven madrileña de origen marroquí, que ha iniciado en redes sociales un proyecto fotográfico llamado  Too Faces, en el que se fotografía con la cara cubierta y descubierta con el objetivo de expresar sus dilemas identitarios y desafiar los prejuicios hacia las mujeres musulmanas. Reproduzco un fragmento:

—Hay un aspecto muy importante en dicha construcción y que es claramente visible en tus fotografías: el hiyab. ¿Por qué?

Para mí representa un arma de rebeldía y revolución que toma como punto blanco el canon de belleza, la cualificación frente al físico, la cosificación de las mujeres, etc. ¿Es necesario usar el hijab para estar en contra de todo lo mencionado? Obviamente, no. Cada una tiene su vivencia desde su perspectiva, pero el feminismo occidental cojea cuando deja de lado a la mujer musulmana por elegir vestirse como quiere, rompiendo así con una de las bases del feminismo. Creo que la mujer musulmana que utiliza hijab está fuertemente discriminada por otras mujeres y se la cuestiona de más con respecto a su uso, dando por hecho que lo hace por alguien (generalmente un hombre) o sin saber lo que es o conlleva.

También he de decir que en las fotos se me ve practicando algún deporte o en lugares poco comunes “para una musulmana” y esa parte del proyecto es una crítica a la comunidad musulmana. Ésta critica (y no de forma constructiva) todo lo que una mujer hijabi hace o dice. Puedo practicar basket y llevar hijab, puedo montar en bici y seguir siendo musulmana…

Personalmente, he tenido una relación con el hijab muy intensa: lo llevé durante unos 5 años, y a muchos ratos lo amaba y otros tantos lo odiaba. Aún así fue igual de liberador ponérmelo que quitármelo.

—Tú llevabas hijab, sin embargo en tus fotos usas niqab, ¿por qué?, ¿qué quieres mostrar?

Es algo totalmente consciente. La razón es que el niqab genera mucho más impacto, porque cubre la cara dejando al descubierto sólo los ojos. Sabiendo el poder expresivo que estos pueden tener en una fotografía, lo mucho que pueden decir sin pronunciar ni una palabra, pensé que provocaría sensaciones. No busco polémicas.

Por otro lado, fusionado con los dilemas por los que surgió el proyecto, refleja esa falta de identidad, el no saber muy bien quién eres y no estar segura de querer mostrarte al mundo de primeras.

Siguiendo a Andrea, la entrevista es buena, tiene sentido en Pikara y no tiene por qué gustarnos lo que contesta la entrevistada (a mí, por si os interesa, me gusta leerla, como también me gustó entrevistar a Amarna Miller). No es tan difícil de entender que de eso trata el periodismo. Tampoco es difícil de entender que El Azrik hace una propuesta artística de significado abierto, y que no sólo no hace proselitismo del hiyab sino que cuenta que ha tenido una relación contradictoria con él y ha decidido no usarlo. 

Hay quien lo ha entendido. Pero en Twitter la mayoría de tuits dicen básicamente esto:

Sois unas sinvergüenzas diciendo que el hiyab es un arma de rebeldía cuando están encarcelando a mujeres en Irán por quitárselo. También sois unas ignorantes porque la imposición del hiyab precisamente es PORQUE COSIFICAN A LA MUJER. 

Con lo que están viviendo las iraníes que publique basura provelo y, aun así, haya quién dude de que esa publicación tiene de feminista lo que Rouco Varela dice mucho de cómo están algunas cabezas

Somos unas sinvergüenzas, unas subnormales y unas zumbadas (sic.) por escuchar a una mujer española de origen marroquí (a ella también se la insulta con calificativos similares) que expresa a través de la fotografía su vivencia y su discurso sobre el hiyab en su contexto particular. Nos mandan fotos de chicas en minifalda en Irán y en Afganistán en los años 70, comparan a Iman con una miembro del Daesh, dicen que lo próximo es justificar la ablación y que estamos promoviendo el salafismo y el wahabismo (me gustaría saber qué opinan los wahabíes de Imán fumando y luciendo su cabellera rizada o practicando deporte con el niqab). Las mujeres musulmanas son víctimas de su religión y quien intenta desmontar ese estereotipo es una terrorista.

Mejor mirar a Irán que preocuparnos por la realidad que denuncian las asociaciones de mujeres musulmanas: que en España se discrimina a las mujeres con hiyab en el acceso al empleo, a la vivienda o a la educación.

Hace unos días nos hicimos eco de la denuncia de la fotógrafa y periodista Laila Serroukh, que acudió a una entrevista de trabajo y la despacharon en cuanto vieron su hiyab. Ella replicó que en la foto del currículum ya se veía que usaba pañuelo y le contestaron: “Esperábamos que fueras una de esas chicas marroquíes que están dispuestas a quitarse el velo por trabajo”. Laia Serroukh, como Iman El Azrik, es española. Sigamos mirando a Irán. ¿No es eso lo que hacen Trump y Netanyahu? Sigamos hablando de ayatollahs en vez de sumarnos a las denuncias contra los capataces que abusan sexualmente de las jornaleras de la fresa en Huelva.

En el Facebook de Pikara mucha gente se solidarizó con Serroukh, pero otra mucha se puso a debatir sobre si el hiyab es violencia machista o no, si es comparable a la exigencia de depilarse o de llevar tacones… Incluso hubo quien dijo: “Opino que no deberían llevarlo, por ser absoluta y asquerosamente machista. Yo soy una de esas clientes que no soporta ver a una mujer oprimida voluntariamente. Menudo ejemplo”. Ante esos mensajes, primero doy gracias a la vida por que ‘El harén de occidente’ ( spoiler: es la talla 38) de Fátima Mernissi fuera mi primera lectura feminista. Luego recuerdo el artículo de Brigitte Vasallo ante la polémica del llamado burkini. Reproduzco algunos fragmentos:

Una buena parte de los feminismos se han enmarañado en alimentar la serpiente con debates fuera de lugar sobre el mal llamado burkini, en vez de articularse con las compañeras agredidas. ¿Por qué hemos empleado tantas horas en analizar a las agredidas y a sus cuerpos? Voy a intentar explicar por qué el debate forma parte de la agresión misma.

(...)

Lo afirmo: en un contexto de desigualdad y violencia, las no-musulmanas no debemos seguir cuestionando las estrategias de las musulmanas para sobrevivir en esa desigualdad y violencia. Nadie nos está pidiendo la opinión, sino que estamos ejerciendo nuestro poder para exigir a las demás que se justifiquen ante nosotras, que nos pidan permiso para así poder decidir, regiamente, si lo otorgamos o no. Sin embargo, somos las primeras en reclamar a los hombres que se revisen los privilegios antes de opinar sobre las estrategias de las mujeres. ¿Cómo nos resuena cuando, ante una agresión machista, salen algunos hombres a cuestionar la ropa de las mujeres, que si la falda era muy corta o, por el contrario, que si con esas pintas es “normal” ser agredida? Pues echad cuentas a cómo resuenan nuestros debates sobre los cuerpos ajenos.

(...)

Los debates en las redes, ensordecedores, han demostrado una vez más quién creemos que es el sujeto y quién el objeto, a qué voces no damos valor alguno, y a qué mujeres no reconocemos como mujeres, sino como puras sombras inertes de hombres manipuladores. Si el feminismo no nos ha enseñado que las mujeres somos sujetos de nuestras propias vidas y no solo apéndices, no entiendo qué nos ha enseñado. 

Así seguimos. Tengo pocas ganas de hacer pedagogía, entre otras cosas porque quiero que mi papel sea de escucha, de aprendizaje y, si acaso, de mediadora para difundir esos discursos que intentan tapar las poseedoras de la verdad absoluta. Porque reconozco mi ignorancia, más allá de haber leído a Mernissi y Marjane Satrapi (es que los mansplainers y womansplainer de Twitter también nos mandan leer ‘Persépolis’). Pero sí quiero subrayar que el contexto es fundamental, y eso no es relativismo cultural. El acto de ponerse el pañuelo no tiene el mismo significado ni las mismas consecuencias en Irán, en España o en Palestina, y en realidad, esa afirmación ya es de brocha gorda, porque en una misma ciudad, como la mía, conviven mujeres que se enfrentan a su comunidad por no llevar hiyab y no hacer Ramadán, con mujeres que deciden empezar a usar pañuelo como afirmación cultural y religiosa ante una sociedad islamófoba que las criminaliza o victimiza.

Nuestro colaborador Asier Santamari(c)a escribió lo siguiente en los comentarios en Facebook sobre la entrevista a Iman El Azrik:

El hijab es un elemento perteneciente a su cultura y es suya la libertad de reinterpretarlo. Si les quitas ese derecho, estas ejerciendo violencia simbólica. Me encanta que seamos feministas blancas las que tengamos la capacidad para ver el significado "objetivo" de elementos culturales de grupos racializados. Y no ellas, a las que pertenecen. Muchas feministas me dicen que los tacones también son intrínsecamente cosificadores y opresivos. A mí, como maricón, me empoderan. Tú lo llamas relativismo cultural. Yo lo llamo violencia de representatividad.

Santamari(c)a, por cierto, acaba de publicar  un artículo en Pikara en el que nos alerta sobre el uso del Orgullo para apuntalar el homonacionalismo (la estrategia de los Estados de instrumentalizar los derechos de las personas LGTBIQ+ para promover políticas y discursos racistas y xenófobos):  

“Cada vez me doy más cuenta de que el Pride nos invita a pensar que el heteropatriarcado ha abierto sus fronteras, cuando lo único que ha hecho ha sido desplazarlas a Chechenia, Siria o Melilla. Ya no somos periferia. Ahora nos dejan ser centro. Extremo centro. Que se lo digan al AFD, el partido ultranacionalista alemán que tiene a una lesbiana de lideresa. Carrozas de extremo centro y muerte en las fronteras”.

Estaría bien que la gente que tan preocupada se muestra por la situación de las mujeres en Irán, reflexionase también sobre  el uso de la islamofobia y el homonacionalismo para sostener la ocupación israelí en los territorios palestinos, y cómo el imaginario que marca a las mujeres con hiyab como sumisas y alienadas impide a muchas personas reconocer los liderazgos y los activismos de las mujeres en contextos distintos.

Anteayer, cuando empecé a escribir este artículo que dejé en cuarentena hasta hablar con Iman y que me dijera que está fuerte, que ya sabía que en España hay ese discurso cínico y discriminatorio y que no caigamos en la tentación de la autocensura leí en Facebook  un potente mensaje de Wadia N-Duhni, activista española de origen sirio,  dirigido a las feministas euroblancas y coloniales que niegan a las feministas islámicas. Os invito a leerlo y rumiarlo, pero en este artículo me quedo con la biografía que he encontrado de Wadia N-Duhni en Diario 16, en la que se declara en guerra contra “los  musulmachos (machirulos que usan la religión ilegítimamente para usurpar nuestros legítimos derechos coránicos), extremismos laicos (que practican la Inquisición a la inversa, y pretenden quemarnos en la hoguera por creer en Dios y practicar nuestra fe), y feminismos coloniales (que lapidan nuestra capacidad de empoderamiento y emancipación en nuestro propio contexto religioso y cultural)”. 

Y termino compartiendo este vídeo de Laila Serroukh, que ha utilizado la situación de islamofobia que vivió para lanzar una campaña contra todas las discriminaciones laborales, ya estén motivadas por el sexismo, el racismo, la xenofobia, la gitanofobia, la islamofobia, las LGTBfobias o cualquier otro sistema de poder. Iman, Laila, Wadia, no son las otras. Estamos juntas contra los discursos del odio, o al menos yo quiero estar junto a ellas. 

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