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España gasta miles de millones en formar investigadores que acaban emigrando ante la falta de oportunidades

José Manuel Torres Ruiz, investigador en Ciencias Forestales del INRAE francés.

José Manuel Torres Ruiz quería volver a España. En 2017, este investigador estaba en Francia y se apuntó a un proceso selectivo para pedir una de las ayudas Juan de la Cierva que ofrece el Ministerio de Ciencia a investigadores postdoctorales. En paralelo, salió en el país galo una plaza de funcionario que encajaba con su perfil. La pidió también. Consiguió las dos. En un lado de la balanza, la posibilidad de volver y de devolverle a su país todo lo que había invertido en él, pero con un contrato temporal y, luego, la incertidumbre. En el otro, una plaza estable y más posibilidades de desarrollo profesional. La decisión se tomó casi sola, cuenta. España tendría que esperar.

Nadie sabe cuántos Josemanueles hay por el mundo queriendo volver a España. Tampoco parece saber nadie con exactitud cuánto invierte el Estado en sus investigadores. Pero sí hay una certeza, aunque no esté cuantificada: España gasta miles de millones en formar científicos con un alto nivel para que luego se vayan a producir para otros países.

Existen algunas aproximaciones. Los profesores de la Universidade da Coruña Moisés Canle y Xosé Luís Barbeito calculan en este artículo que para un investigador con máster, doctorado y cuatro años de postdoctorado la cifra asciende a 403.600 euros. La cifra sale de sumar 44.400 euros por un grado de cuatro años , 22.200 por uno de máster, 92.000 que se emplean en hacer el doctorado, 71.500 euros en contratos públicos por los dos primeros tras leer la tesis y otros 81.500 para los dos siguientes, más algunas decenas de miles en costes indirectos (equipamientos, mentores) y otros cuantos miles en las habituales estancias en el extranjero, congresos, etc.

Me viene a la cabeza la imagen de abrir la ventana y tirar medio millón de euros. Digamos que se han ido 10.000 investigadores: son 5.000 millones de euros. Te explota la cabeza

Moisés Canle profesor de la Universidade da Coruña

“Y esos cálculos son muy conservadores”, sostiene Canle, consciente también de que el cálculo es grueso porque no es lo mismo formar un investigador en Historia que uno en Biotecnología. “Cuando pienso en esto, me viene a la cabeza la imagen de abrir la ventana y tirar medio millón de euros”. Y ahonda en las cuentas: “No hay unas estimaciones claras de cuánta gente se fue durante la anterior crisis, pero diría que entre 10.000 y 15.000 personas, y seguramente me estoy quedando corto. Seamos conservadores, digamos 10.000. Son 10.000 investigadores por 500.000 euros [5.000 millones de euros]. Te explota la cabeza. Es insensato permitir que gente en la que invertimos cantidades astronómicas en formación salga del país, y además con este discurso del 'ya volverán'. No estamos en los años 90, y es probable que muchos de los de ahora se van no vuelvan nunca” por la falta de oportunidades.

Que los investigadores se vayan no es problema. En ciencia es importante la homogeneización del talento, que la gente adopte nuevos métodos. Pero tiene que ser bidireccional, tienes que importar lo mismo que exportas, si no estás perdiendo talento y dinero

Como José Manuel. O como Aida Sánchez Bretaño, de 34 años, licenciada en Biología, con un máster en Bioquímica, Biología Molecular y Biomedicina y un doctorado, que también quería volverse desde Estados Unidos, donde le ofrecieron una oportunidad, pero ya ha renunciado. “Conseguí volver a Europa, pero no a España, donde nadie me quiere porque no tengo contactos en los laboratorios”, y explica que pidió becas por todas partes para conseguir siempre la misma respuesta: “Nos gustas mucho, pero tenemos un candidato interno, eres la segunda”. “Ahí tuve que asumir que no iba a poder volver a España y que necesitaba cerrar esa puerta”. Encontró un trabajo en una empresa privada en Southampton, Inglaterra, y consiguió satisfacer su necesidad de estar cerca de España por motivos familiares.

El Ministerio de Ciencia e Innovación desconoce cuántos investigadores españoles hay en el extranjero. El departamento que dirige Diana Morant señala que no dispone de estadísticas oficiales y se remite a RAICEX (Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Exterior), que tiene identificados a 4.000, pero son conscientes de que hay más. Fuentes del Ministerio también rebajan los cálculos de Conle y Barbeito y cifran en unos 100.000 euros el coste de formar a un doctor (la cifra es inferior porque solo considera el doctorado, no incluye los cuatro años de postdoctorado, que los profesores calculan en más de 150.000 euros, ni el máster, ni el grado, que podría entenderse como una etapa más universal). Con estos guarismos, el gasto reciente de España en investigadores que producen para otros sería de entre 400 millones de euros en el rango más bajo hasta más de mil según las etapas que se sumen. También habría que añadir a los que se han doctorado fuera o se han ido al exterior por voluntad propia, no forzados en busca de un futuro.

Este sería, más o menos, el caso de Israel Temprano. Graduado en Química en la Universidade da Coruña, se marchó a Canadá a hacer el doctorado. No lo sabía entonces, pero se iba para no volver. Durante el doctorado en Québec le propusieron ir a Liverpool cuando acabara y de ahí, tras nueve meses, pasó a un grupo de investigación puntero en su campo en Cambridge, donde lleva desde 2009 y acaba de ser ascendido a lo que sería un investigador senior.

Ahora dejará de estar a expensas de que alguien le dé proyectos y podría buscarse financiación propia. Un pasito más lejos de España, aunque en su caso no le preocupa porque no siente la necesidad de volver. Hubo una ventana de oportunidad que no se concretó cuando pidió tres veces una ayuda Ramón y Cajal que no le dieron. “En ese momento sí me habría vuelto”, comenta. No pasó, y ahora tiene su propio equipo en uno de los mejores departamentos de Química del mundo.

Burocracia, endogamia, balance

Cada investigador en el extranjero señala una situación que aleja su vuelta a España. Torres Ruiz, desde su plaza de funcionario en Clermont Ferrand, explica que además de lo obvio –la estabilidad laboral y las posibilidades de desarrollo que le da tener una plaza fija en Francia frente a la falta de perspectivas que tendría en España– habla de burocracia. “El proceso de hacerse funcionario aquí es similar al del Consejo [el CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas], pero más sencillo porque es más corto. En el Consejo tienes que documentar todos los méritos que tienes, etc. Aquí se presenta el currículum, sin más. Fue relativamente sencillo, porque justificar todos los méritos que tienes en el CV... Nosotros [los españoles] porque conocemos el sistema, pero para un extranjero puede ser un sistema insalvable”, observa. También la previsibilidad. “Son mucho más regulares en cuanto a las plazas, todos los años salen en la misma fecha. En España no hay un calendario, tienes que estar pendiente de cuándo salen las convocatorias, un año salen y otro no. Así no te puedes hacer una planificación vital”.

Sánchez Bretaño habla primero de la famosa endogamia. “Pedía becas, pedía becas, pero siempre era la segunda”. Hasta que desistió. Pero, como Torres Ruiz, también explica un factor diferencial. Su contratación para hacer un postdoc por la Morehouse School of Medicine de Atlanta fue cuestión de días. Le hablaron de una vacante en un congreso en Cracovia, mostró interés, le llamaron desde el centro, les envió el currículum y “dos días tardaron en decirme que sí”. El viaje en sí se pospondría unos meses por cuestiones de visados, pero la operación fue un visto y no visto.

Temprano habla de importaciones y exportaciones, de balances equilibrados. O desequilibrados en el caso de España. De talento, siempre. “Que los investigadores se vayan no es mayor problema”, expone un pensamiento que comparte toda la comunidad científica. “En ciencia es muy importante que haya una homogeneización del talento, que la gente salga al extranjero, vea otros métodos, adapte nuevos métodos. Todo esto es crucial. El problema es que tiene que ser bidireccional, tienes que importar lo mismo que exportas, si no estás perdiendo talento y dinero”. Que es lo que le pasa a España.

Explica Temprano la situación de China, justo la contraria, como ejemplo. “Está invirtiendo mucho dinero y se lleva a la gente”, cuenta, movimiento paralelo al de enviar a muchos de sus universitarios a centros de todo el mundo, donde se forman, realizan esta inmersión en otros métodos y sistemas, y luego vuelven a su país a aplicar esos conocimientos. “Es como un equipo de fútbol”, explica, consciente quizás de que este es un país más futbolero que científico. “Si tienes una cantera muy fuerte pero vendes a todos los jugadores una vez los has formado te limita el potencial y crecer como equipo. Te interesa una cantera fuerte, pero también incorporar jugadores de otras canteras. Si solo exportas y compras pero no generas talento estás descompensado y estás tirando recursos”.

“En España nos forman muy bien”

Para cerrar, los tres investigadores coinciden en una cuestión. El problema de España no es de talento ni de formación. “Estamos bien entrenados”, opina Sánchez Bretaño. Temprano lo destaca a partir de su experiencia. Primero, personal: “Cuando empecé mis estudios en Canadá en el primer semestre tenía dos cursos teóricos de Química. Yo traía unas notas muy normalitas de la carrera y estaba en una universidad estadísticamente muy por encima de la de A Coruña, además francófona y no hablaba una palabra de francés. Pensaba que me iban a echar. Pues en esos dos cursos saqué la mejor nota de todos”, cuenta. No por darse aires: “En España sobrecompensamos con la formación. Es más difícil, pero aprendemos mucho”.

Ahora lo ve desde el otro lado en su trabajo. “Tenemos doctorandos y postdoctorandos españoles y están muy bien considerados. Cuando encuentras un estudiante de primer año que acaba de salir de la carrera no ves ninguna diferencia entre uno que venga de Vigo con uno de Cambridge, que tiene el mejor departamento de Química del mundo. Problema de nivel no es”.

Para cerrar, los entrevistados señalan que aunque están mejor en los países donde trabajan actualmente, los problemas para investigar se reproducen en cierto modo también en sus lugares de residencia. “En la investigación muchas veces pensamos que los problemas son de país, pero en realidad suelen ser los mismos. Lo que cambia son las soluciones que plantea cada país a sus problemas”, reflexiona Torres Ruiz.

Preguntado por las suyas, el Ministerio de Ciencia relata las medidas que ha incluido en la nueva ley de Ciencia para fomentar este retorno: “Hay un compromiso de financiación pública estable y creciente”, explica una portavoz. “Tenemos los contratos indefinidos para actividades científico-técnicas sin estar sujeto a tasa de reposición u oferta de empleo público; un nuevo contrato posdoctoral con horizonte de estabilización mediante reserva de plazas en universidades y Organismos Públicos de Investigación. También está previsto aprobar el plan de retorno con más medidas en las próximas semanas”.

El problema que detecta Torres Ruiz es que sea tarde. Él, cuenta, está en su mejor momento profesional con 40 años. “Tengo dos becarios, tres postdocs, estoy estableciendo conexiones internacionales. Ahora es cuando más productivo soy. Luego te estabilizas. Si te vuelves con 45-50 años se corre el riesgo de convertir España en un cementerio de elefantes. Cuando le das a una persona la oportunidad con 32-33 años, esa persona explota. Es interesante traer gente mayor también, pero es otra cosa, es otro perfil”, reflexiona.

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