La curiosa historia del icónico adoquín de Barcelona que ahora todo el mundo se lleva de recuerdo
Bolsos. Carteras. Camisetas. Llaveros. Joyas. Posavasos. Cada vez es más fácil y más frecuente encontrar en Barcelona un objeto que lleve impreso el icónico adoquín de muchas de las calles de la capital catalana, todo un símbolo que además alberga múltiples historias. El mencionado adoquín o panot, una loseta diseñada mediante un concurso público, ya ha dado la vuelta al mundo gracias a su cada vez mayor notoriedad. Su origen histórico, eso sí, está ligado a la necesidad de dotar a la ciudad de una superficie transitable y funcional en una época de gran expansión. A principios del siglo veinte, las calles de Barcelona se encontraban en una situación caótica y sufrían graves problemas de barro. Debido a la suciedad acumulada en sus aceras, la ciudad recibió el apodo despectivo de Can Fanga, que se puede traducir como casa del fango. La falta de pavimentación adecuada era un problema constante para los habitantes de la zona del Eixample de la capital catalana, donde el crecimiento urbano superaba la capacidad de mantenimiento de las vías públicas.
Antes de que se estableciera una solución uniforme, el coste del pavimento de las aceras recaía directamente en los bolsillos de los propios ciudadanos. Esta situación generaba una gran confusión sobre qué parte de la acera debía pagar cada vecino y qué materiales específicos debían utilizarse. Aunque los planes originales proyectaban el uso de materiales costosos como la piedra natural de Montjuïc, la falta de criterios claros convertía las calles del Eixample en auténticos barrizales. Para solucionar esta mala imagen de la ciudad, el ayuntamiento lanzó en 1906 el primer concurso público para proveerse de losetas de cemento hidráulico. El objetivo principal de las autoridades era encontrar una baldosa que pudiera producirse localmente, a bajo coste y que permitiera homogeneizar las aceras de la nueva ciudad sin murallas.
Por aquel entonces, la industria catalana ya era una gran productora de este material para interiores, por lo que adaptarlo para el exterior fue un paso natural para los fabricantes. El concurso municipal presentó inicialmente un muestrario de dieciocho diseños diferentes, aunque finalmente se limitó la compra a solo cinco modelos en el año 1907. Estos diseños definitivos incluían el famoso panot con forma de flor, la pieza más reconocida y vendida actualmente, aunque otros de los otros modelos originales todavía pueden observarse en diversas zonas de la ciudad, como ocurre en la calle Aribau. Existe una creencia popular muy extendida que atribuye el diseño del panot de flor al arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch. Durante muchos años se pensó que era la misma loseta que decora la entrada de la Casa Amatller en el paseo de Gràcia.
No obstante, otras investigaciones aclaran que, aunque se parecen, el material y el diseño del vestíbulo de dicha casa son diferentes, ya que fueron cincelados individualmente en grandes bloques de piedra. La autoría real del panot se vincula más estrechamente con la compañía Casa Escofet, que ganó el concurso y se consolidó como una pieza clave en la construcción de la ciudad. De hecho, la primera acera de panots documentada en Barcelona se instaló frente a la tienda de esta prestigiosa empresa antes del año 1894. Con el tiempo, esta firma industrial se convirtió en un símbolo de la modernización urbana barcelonesa que llega hasta la actualidad. También hay expertos que insisten en que es necesario realizar una distinción técnica sobre la naturaleza de esta pieza, ya que aseguran que formalmente no es un adoquín sino una baldosa.
En cualquier caso, el impacto del diseño de la flor barcelonesa cruzó fronteras y sirvió de inspiración directa para otros pavimentos emblemáticos como la baldosa de Bilbao. Aunque presentan un aspecto muy similar, la versión utilizada en Euskadi incorporó modificaciones para adaptarse mejor al clima lluvioso de su región. Esta influencia internacional demuestra cómo una solución funcional para el barro de Barcelona terminó convirtiéndose en un estándar estético de referencia mundial. Una figura que hoy por hoy está viajando a decenas de países, ya que son muchos los turistas que viajan y visitan la ciudad y se llevan de recuerdo algún objeto con el diseño del panot. De hecho las tiendas de souvenirs de la zona más turística de la ciudad, además de los quioscos que aún resisten el paso del tiempo, están poblados de dichos objetos, que pueden localizarse muy fácilmente.
Otros pavimentos
Además del panot de flor, Barcelona cuenta con otros pavimentos singulares como el diseño hexagonal de Gaudí que reviste el paseo de Gràcia. También se han realizado intentos de innovación más recientes, como la baldosa con la letra B ensayada en 2008 o el diseño con hojas de plátano instalado en la Diagonal en 2015. A pesar de la aparición de nuevos modelos y materiales, la flor sigue siendo la figura más simbólica del suelo barcelonés. Otros elementos artísticos que igualmente decoran el suelo de la ciudad son el archifotografiado mosaico de Joan Miró en el Pla de l’Ós de la Rambla o el collage del Mirador del Alcalde. También destaca la historia de la calçada portuguesa, que tuvo una prueba piloto en el actual paseo Lluís Companys a finales del siglo diecinueve.
Aunque estos mosaicos no sobrevivieron a las remodelaciones urbanas posteriores, forman parte de la rica y variada historia del pavimento local. Pero lo que cada vez es más cierto es que en la actualidad el panot de flor no solo cumple una función práctica, sino que es un icono global y un recuerdo muy demandado por los millones de turistas que visitan la ciudad cada año. Esta pieza se puede encontrar transformada en llaveros, sudaderas y otros recuerdos que viajan por todo el mundo. En definitiva, el pavimento de la antigua Can Fanga, aunque ya no tenga barro, sigue siendo un diseño vivo que denota innovación e identidad histórica de una ciudad que siempre buscó soluciones prácticas mientras crecía, como su universal “chaflán” que permite hoy en día caminar, circular o aparcar de una manera tan original como el propio e icónico adoquín.
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