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Navantia y Arabia Saudí: Pactar con el diablo

Si las cosas tienen que ser así y lo único que importa es mantener nuestros puestos de trabajo dejemos de pedir responsabilidades a los demás

No protestemos si un periodista miente en sus crónicas; lo hará para evitar que le despidan. No critiquemos al policía que golpea con saña a los manifestantes; lo hará para poder llevar el pan a sus hijos

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Una fragata de Navantia

He dejado pasar algunas semanas para no escribir “en caliente” acerca del dramático vodevil que vivimos en nuestro país con motivo de la venta de bombas a Arabia Saudí. El azar ha querido que, cuando me sentaba en el ordenador, me llegara la noticia de la más que sospechosa desaparición en el interior del consulado saudí de Estambul de un periodista que vivía autoexiliado en Turquía y que era muy crítico con la dictadura que ejerce la dinastía Al-Saud. No se trata de un hecho aislado, sino de uno más de los miles de ataques contra la libertad y los derechos humanos que se perpetran en esa nación. Ataques de los que rara vez nos enteramos por el hermetismo de ese régimen y, sobre todo, porque los países democráticos evitan levantar la voz. Una cosa es meterse con Venezuela o con algún tiranillo del tercer mundo y otra bien diferente molestar al riquísimo aliado árabe. 

Arabia Saudí es la más clara constatación de que la cacareada democracia imperante en la mayor parte del globo terráqueo, tiene un límite infranqueable: el nada santo dinero. Todos defendemos la libertad, nos hartamos de exigir el respeto a los derechos humanos y tenemos muchísima dignidad… hasta que vemos peligrar parte de nuestro bienestar. Entonces agachamos las orejas, miramos para otro lado y tratamos de autoconvencernos de que hay cosas que siempre han sido así y nunca cambiarán. 

La cobardía demostrada por nuestros gobernantes solo es el reflejo de una sociedad hipócrita. Estoy convencido de que muchos de los trabajadores de Navantia que se echaron a la calle para exigir al Gobierno que vendiera las bombas prometidas a Arabia Saudí, eran los mismos que protestaron en 2003 contra la guerra de Irak. Entonces miraron indignados las imágenes de niños destrozados que llegaban desde Bagdad. Ahora cambiaban de canal cuando se emitían escenas similares grabadas en las ciudades y pueblos de Yemen. Entiendo su reacción ante la posibilidad de perder su puesto de trabajo. La entiendo, pero me niego a justificarla. 

En esos días me preocupé mucho de escuchar las declaraciones de los trabajadores. Salvo en casos muy excepcionales, sus argumentos se resumen en estos tres: «Esta es una zona de mucho paro»; «Nosotros no elegimos a quién se venden las armas y el uso que se hace de ellas»; «A ver, ¿Prefieres hacer un chupa chups o un palote…? Yo lo que quiero es trabajo. Que tengo que hacer chupa chups, los hago, que tengo que hacer palotes, los hago. Lo que quiero es trabajo». Sus representantes sindicales, muy de izquierdas todos ellos, no les fueron a la zaga. Ni uno solo planteó, al menos, analizar de cara al futuro la forma de constituir industrias alternativas y menos criminales que generaran los necesarios puestos de trabajo que necesita la bahía de Cádiz. No lo hicieron no por falta de sensibilidad, sino por la certeza de que en el mundo de hoy no hay alternativa posible a la tiranía del petrodólar. 

Si existe ese convencimiento es porque nuestros democráticos gobernantes nos han inculcado la idea de que hay que ser ingenuo, idiota o ambas cosas a la vez para rechazar dinero y contratos, aunque estos procedan del mismo demonio. Nuestros dos reyes se han cansado de besarse y abrazarse con sus colegas saudíes, en presencia de las cámaras de televisión y de interminables comitivas de empresarios españoles. Al fin y al cabo, si no lo hacemos nosotros, lo harán otros. ¿No? Siendo cierto este último planteamiento, el mensaje que se transmite es letal. Si nuestros principios democráticos y nuestros valores se diluyen ante un muro de dinero, ¿qué futuro podemos esperar? Hoy nos doblegamos ante Arabia Saudí, ¿y mañana? 

Ninguno de nuestros políticos, a nivel mundial, se preocupa de eso. El mañana queda mucho más lejos que las próximas elecciones generales. Las formaciones progresistas renuncian en este tema, como en tantos otros, a dar la batalla y a hacer pedagogía por el miedo a perder votos. El Gobierno socialista prefirió hacer el ridículo e insultar nuestra inteligencia con aquello de que las bombas que vendíamos a los saudíes eran tan inteligentes que no matarían a ningún inocente. Es cierto que era complicado afrontar, de la noche a la mañana, un tema que venía negociado por el anterior ejecutivo; pero no nos engañemos, los gobiernos socialistas de Felipe González y de Zapatero vendieron armas como el que más, sin pedir el carnet de demócrata a los compradores. Pedro Sánchez tuvo la ocasión de hacer un gesto para desmarcarse de esa negra tradición. Quizás incluso tenía la legitimidad para no cancelar la venta en ese crítico momento, siempre y cuando hubiera anunciado al día siguiente un plan para reorientar el trabajo de Navantia en particular y de las empresas armamentísticas españolas en general. 

No lo hizo el PSOE y no lo hizo con la determinación que debía Podemos. Es de destacar la valentía de Pablo Iglesias que, al menos, pidió a Sánchez la suspensión de la venta. Sin embargo, se notó demasiado que el tema resultaba incómodo para una formación morada en la que el alcalde de Cádiz ejercía como el clásico político pragmático. Esto no debería ser así, pero ya que lo es… vendamos las bombas que tengamos que vender para que siga habiendo trabajo, vino a decirnos José María González. 

Nos lo cuenten como nos lo cuenten hemos vuelto a vender nuestra alma al diablo. Teníamos que elegir entre empleos o colaborar en crímenes de guerra y optamos por lo primero. Por mucho que nos queramos autoengañar, lo hicimos conscientemente, sabiendo que esas cuatrocientas bombas serían utilizadas por una dictadura para asesinar a hombres, mujeres y niños inocentes. 

Si las cosas tienen que ser así, porque así es la Realpolitik y todo lo demás es “buenismo”, nuestro mundo democrático tiene los pies de barro mezclado con estiércol. ¿Con qué autoridad defenderemos la libertad si basta un puñado, aunque sea grande, de dólares para que permitimos que la pisoteen? ¿Con qué legitimidad perseguiremos a las mafias que trafican con drogas o armas si nosotros comerciamos con dictaduras sangrientas que incumplen la legalidad internacional?¿Cómo podremos defender la vida si negociamos con la muerte? 

Si las cosas tienen que ser así y lo único que importa es mantener nuestros puestos de trabajo dejemos de pedir responsabilidades a los demás. No protestemos si un periodista miente en sus crónicas; lo hará para evitar que le despidan. No critiquemos al policía que golpea con saña a los manifestantes; lo hará para poder llevar el pan a sus hijos. No nos indignemos porque un juez sea más flexible con los poderosos a la hora de interpretar la ley; lo hará para no echar por tierra su carrera profesional. No censuremos al racista; lo hará para que los extranjeros no le quiten su puesto de trabajo. 

Seguro que todos, yo también, tenemos un Navantia particular en nuestros currículum vitae. Por eso, aunque sea duro, es necesario que nos hagamos todas estas preguntas y muchas más para, al menos, ser conscientes de que estamos pactando con el diablo.

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