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Sapiens, el exterminador

Somos plenamente conscientes de que estamos provocando el mayor exterminio de vida salvaje jamás causado por un ser vivo en este planeta

Apenas hemos prospectado las propiedades medicinales de menos del 1% de las especies silvestres y más de la mitad de los fármacos actuales proceden del material biológico de animales y plantas

El reciclado de plástico no detendrá la contaminación marina, según la ong Oceana

EFE

Podría llenar este artículo de enlaces a las tremendas conclusiones del último informe de expertos en biodiversidad de la ONU, en el que se alerta que estamos asistiendo a un declive de la vida silvestre sin precedentes en la historia de la humanidad. Pero entonces me acusarían de tremendismo.

Podría destacar las alarmantes cifras del masivo exterminio que estamos causando, como que un millón de especies están a punto de desaparecer por nuestra culpa. Anotar que esa tasa de extinción de animales y plantas es la más alta que se ha dado jamás. Pero entonces, me acusarían de alarmismo. Por eso no voy a remitir al lector al informe de los expertos de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, su acrónimo en inglés), el IPCC de la vida salvaje en la Tierra.

Las 1.500 páginas de conclusiones a las que han llegado los 500 expertos de más de 50 países que han elaborado ese informe nos dejan a la altura del betún como especie. Están cargadas de datos inapelables. Pero el exceso de datos entorpece el conocimiento, y antes que confirmar, lo que urge ahora es conocer lo que está pasando: ser conscientes del inmenso daño que estamos causando al resto de seres vivos con los que compartimos planeta.

Más allá de cualquier otra valoración, el grave impacto medioambiental de nuestra forma de vida que demuestra este meticuloso informe (el más importante elaborado hasta la fecha) nos sitúa ante un asunto ético y moral, una cuestión que apela a la conciencia y la razón. No podemos perder más tiempo en deliberar: ha llegado el momento de actuar.

La propia directora de la UNESCO, Audrey Azoulay, de quien depende el IPBES, apelaba a ello en la presentación del informe: "Nunca más podremos decir que ignorábamos el grave daño que estábamos causando a nuestro mayor patrimonio mundial: la naturaleza".

Sabemos que estamos explotando los recursos naturales del planeta muy por encima de su límite de recuperación. Somos plenamente conscientes de que estamos agotando las reservas de la Tierra. Y sabemos que como consecuencia de ello estamos empujando al resto de especies a la desaparición.

Somos plenamente conscientes de que estamos provocando el mayor exterminio de vida salvaje jamás causado por un ser vivo en este planeta. El Homo sapiens se ha convertido en el gran agente exterminador de la Tierra.

Podría aportar aquí los datos exactos de los millones de hectáreas de bosques primarios que hemos arrasado, esos bosques que llevaban aquí mucho antes que nosotros, antes de que nos irguiéramos sobre nuestros cuartos traseros para dominar el planeta. Podría detallar (otra vez) los millones de toneladas de plástico que abocamos cada año al mar, o las graves e irreversibles consecuencias que está teniendo el cambio climático en los ecosistemas naturales: desde la gran barrera coralina, hasta las especies que habitan en el Ártico y la Antártida.

El informe del IPBES llega a demostrar que, incluso desde un punto de vista exclusivamente económico, es decir, hablando solo de negocio, el desmoronamiento de la vida salvaje en la Tierra es el peor negocio para la economía mundial.

La propia Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) cifra en más de 125 billones de euros el valor de los servicios que nos aportan los ecosistemas y la biodiversidad que acogen. Es (también) por economía. Incluso por salud.

Apenas hemos prospectado las propiedades medicinales de menos del 1% de las especies silvestres y más de la mitad de los fármacos actuales proceden del material biológico de animales y plantas. Existen más de 1.400 plantas con propiedades anticancerígenas que están detrás de los mayores avances contra la enfermedad. Perder la posibilidad de acceder a toda esa inmensa botica es otra de las consecuencias asociadas a la debacle de la vivacidad que estamos causando.

Como alerta el profesor Robert Watson, director del IPBES, "estamos erosionando los propios cimientos de nuestra economía, de la seguridad alimentaria, la salud y la calidad de vida en todo el planeta". Y es que, además de ser el gran agente exterminador, somos la especie suicida.

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