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Cuatro hombres sin mopa

Las invisibles se asomaron a la pantalla y nos dieron una bofetada de realidad: en la España del 8M quienes limpian el suelo siguen siendo ellas; quienes aspiran a gobernar, ellos

El intercambio de ideas fue suficiente para advertir que los dos bloques que se enfrentan el 28A lo hacen también en su idea sobre la igualdad. Fue insuficiente para las miles de mujeres hartas de ser tres puntos del guión de un debate

Quizá hubiera sido más útil aprovechar que estaban allí en sus atriles para hablar desde ese lugar que habitan. El de una vida de hombre blanco heterosexual que en algún momento habrá habrá visto a un grupo de hombres acosando a una mujer

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Los líderes políticos españoles chocan en un intenso debate electoral

Los cuatros candidatos durante el debate. EFE

La primera imagen fue elocuente. Cuatro hombres importantes, acompañados de sus cuatro asesores de cabecera -también hombres- preparándose para decir cosas importantes mientras dos mujeres pasaban la mopa por el plató para que todo quedara brillante. Ellas, en realidad, eran el símbolo de lo importante: la sombra de ese trabajo que parece que se hace solo, ese que sostiene a los hombres importantes mientras miran sus papeles llenos de notas que esperan que les lleven a La Moncloa. Las invisibles se asomaron a la pantalla y nos dieron una bofetada de realidad: en la España del 8M quienes limpian el suelo siguen siendo ellas; quienes aspiran a gobernar, ellos.

En el segundo debate no hubo mopas. O bueno, las hubo pero no las vimos, como no vemos a quienes limpian las oficinas por las noches mientras dormimos o como en tantas empresas se ignora la vida que hay fuera de esas cuatro paredes. Los hombres sí seguían ahí, en la superficie. Después de que en los noventa minutos del lunes no hubiera una sola referencia a las mujeres asesinadas por la violencia machista y de que la igualdad o la violencia sexual arañaran solo unos segundos, este martes el espacio se ensanchó. Quizá los cuatro habían escuchado el rumor del 8M en forma de indignación en las redes sociales o de susurros de asesores preocupados, o puede que asesoras preocupadas.

Hubo propuestas, intercambio de ideas. No tanto como cuando los cuatro hablaron de pactos o como cuando hablaron de Cataluña o cuando se echaron en cara tesis o corrupciones. Fue suficiente para advertir que los dos bloques políticos que se enfrentan en estas elecciones lo hacen también en su idea sobre la igualdad o los derechos de las mujeres. Los "recursos al servicio de la vida" frente al derecho al aborto, el solo sí es sí frente a quien le sirve un Código Penal del siglo XIX, los eslóganes que incluyen la palabra 'familia' frente a quien habla de los cuidados. Fue suficiente para ver los dos bloques. Probablemente fue insuficiente para las miles de mujeres que están hartan de ser dos o tres puntos del guión de un debate. 

No sabemos qué hubiera sucedido de haber una sola mujer entre los candidatos a la presidencia. No juguemos al esencialismo: ser mujer no garantiza visión de género, no garantiza que hubiera habido más espacio para la violencia machista o para la igualdad laboral o para las trabajadoras que pasan la mopa. Pero ciertamente es raro ver a cuatro hombres debatiendo sobre nuestros cuerpos, nuestras vidas, futuros, presentes. Diciendo "el vientre de una mujer no es un taxi" o "solo sí es sí" o hablar de "natalidad" como un ente abstracto y separado de la igualdad o mentando el Código Penal de 1822 para hablar del consentimiento sexual de las mujeres que vivimos en 2019.

Quizá hubiera sido más útil aprovechar que estaban allí los cuatro en sus atriles para hablar desde ese lugar que habitan. El de una vida de hombre blanco heterosexual que en algún momento habrá escuchado un "árbitro maricón" en el fútbol, o que habrá visto a un grupo de hombres acosando o riéndose de una mujer o que habrá, incluso, asistido a una de esas comidas familiares donde ellas se levantan a por los platos y ellos permanecen sentados en los sofás, si acaso un vistazo de vez en cuando a la cocina para decir "¿seguro que no necesitáis nada?". El de una vida sin miedo a que te toquen el culo por la calle o a que esa persona con la que en un momento de la noche decidiste irte a la cama pase, de repente, de ser conquistador a violento cuando ya estáis en una habitación en penumbra.

En ese lugar de hombre frente a las mopas habitan muchas preguntas. ¿Hace cuándo que no pasan ustedes la escoba?, ¿con quién han dejado a sus hijos esta noche?, ¿les preocupa ser presidente del Gobierno y no tener tiempo para su familia?, ¿tuvieron miedo de que ser padres coartara su carrera?, ¿alguna vez han insistido para tener sexo con una mujer que les había rechazado?, ¿se han fijado si interrumpen más a las mujeres durante las reuniones?, ¿se han visto alguna vez en una oficina a las ocho de la tarde rodeados solo de hombres porque las mujeres ya se han ido a cuidar?

En esas respuestas aparentemente personales está la estructura que sigue sosteniendo el sistema en el que vivimos. El de la brecha salarial, las carreras femeninas truncadas, la pobreza de las familias monoparentales, la violencia machista, los roles de género disfrazados de un rosa y azul elegidos, los prejuicios que aún rodean la sexualidad o la capacidad de las mujeres. El que hace que aún sean cuatro hombres los que pelean por presidir España y dos mujeres las que friegan el suelo. 

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