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La igualdad como patrimonio

Las generaciones de mujeres que no pudieron tener vida propia ni derechos no hicieron ese camino de renuncia para ahora volver a ver a sus hijas y nietas preparar canastillas y esperar al marido a que vuelva del duro día de trabajo

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EFE

Muchas mujeres de la posguerra española criaron a sus hijas susurrándoles al oído que estudiasen una carrera, o en su defecto tuviesen un oficio, un trabajo. Que jamás dependiesen de nadie. Al menos es lo que yo viví en casa. La dependencia económica es la cárcel, quedarse en casa cuidando a los hijos, ancianos y enfermos ha sido el rol femenino tradicional que nos ha condenado a la cuneta social. Porque sí, cuidar es maravilloso, pero también lo es sentirse libre de vivir la vida que quieras, y además de ser madre, ser mujer, periodista, carnicera o ingeniera molecular.

Crecimos escuchando a esas madres mientras nos hacían la merienda, y protagonizamos las primeras fotos con birrete y orla en muchos comedores de pisos humildes de toda España. El orgullo de ser las primeras licenciadas universitarias de miles de familias. Su trabajo y enorme sacrificio estaba en esas fotos expuestas como trofeos sobre la tele. Hoy las teles son de plasma y no aguantan un marco de fotos. Y la ultraderecha... bueno, la ultraderecha en boca de Aznar ya dijo hace años que lo que le gustaba era “la mujer, mujer” y con esta imprecisión ya lo entendimos todo.

He criado a mi hija diciéndole lo mismo. No dependas de nadie. Pero también le he hecho ver que soy su madre, y también soy periodista, mujer, amiga de mis colegas... Y todo eso importa. Nadie tiene que imponer una cosa sobre la otra, si una misma no lo quiere. Y durante mi vida he visto casos de todo: la culpabilidad de no ser una súpermadre motivada. Las malas caras en algunos equipos cuando trabajas un día desde casa porque tu hija tiene fiebre. Que te paguen menos o no te contraten porque algunos entienden el periodismo, no como un sacerdocio, sino casi como una secta. Esas mujeres que no pudieron tener vida propia, ni derechos, no han hecho todo ese camino de renuncia para ahora volver a ver a sus hijas y nietas preparar canastillas, zurcir, cocinar y esperar al marido a que vuelva del duro día de trabajo al hogar para servirle.

Deberíamos reivindicar sus sacrificios y sus logros luchando por la libertad de las mujeres. Y por eso se debería defender a las generaciones que viene de quienes quieren encerrarlas, de nuevo, en ese destino supeditado. En ese medio ser. Y apelo, para ello, a los hombres que se hayan dado cuenta de que es mucho mejor tener al lado, hombro con hombro, a una compañera y el mundo que con ella se le abre.

Porque ese modelo también niega algo maravilloso que muchos hombres jóvenes ya no quieren perder y que han descubierto algunos mayores al ser abuelos. La ternura de querer y de cuidar, que no es patrimonio de las mujeres, sino de la condición humana.

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