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El pasapalabra de Sánchez

Se esperaría del presidente del Gobierno que no cometa algunos de los errores de su antecesor y que no piense que el souflé catalán bajará a base de años de cárcel y promesas incumplidas

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Sánchez llama a la relevancia del Pacto de Toledo en esta Legislatura

EFE

En 'La confusión nacional', el libro que seguramente mejor describe la crisis constitucional en la que está inmersa España, su autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, explica cómo el nacionalismo español actúa como si no hubiese un problema en la configuración del Estado. Según esta visión alterada de la realidad, como los nacionalistas vascos y catalanes no tienen la fuerza numérica para cambiar la Constitución no les queda más remedio que aguantarse. Podría añadirse que lo que sí existe es la posibilidad de modificar la Carta Magna para que vascos y catalanes dejen de incordiar. Porque, en una interpretación como mínimo sesgada, cuando los nacionalistas españoles defienden la unidad territorial actúan con responsabilidad, pero cuando los nacionalistas catalanes o vascos plantean sus reivindicaciones solo quieren cargarse el Estado. Es como el colesterol, un nacionalismo es bueno y el otro es malo.

Sánchez podría haber optado en su discurso de investidura por distanciarse del nacionalismo español y sin renunciar a su firmeza frente al independentismo podría haber reconocido que entre la secesión y la conflictividad actual hay espacio para explorar vías de diálogo que no pasan por la broma de cambiar el nombre al aeropuerto de Barcelona. Podría haber sido valiente y haber mirado a la cara a los diputados independentistas y pedirles la abstención que necesita para ser presidente. No lo hizo porque sabe que no le hace falta. Porque la sobrerrepresentación de la derecha y la derecha extrema obliga a Podemos y a los partidos secesionistas a ayudar a Sánchez como mal menor. Aunque el líder del PSOE haga ver que no los necesita y se presente ante la Cámara como si tuviese una mayoría absoluta que los españoles no le han otorgado (pese a obtener un buen resultado).

Al rey se le afeó que en su intervención del 3 de octubre del 2017 no tuviese palabras para aquellos catalanes que no quieren la independencia. Sánchez ha hecho lo propio y también se olvidó de ellos en su discurso de investidura. Se olvidó de todos los catalanes, de los que son independentistas, de los que no lo son y de los que quieren que se exploren vías de solución (seguramente, voten lo que voten, estos son mayoría). Prometer "un proyecto de regeneración europeísta" para abordar el conflicto catalán es todo menos un proyecto. En una réplica posterior a Jaume Asens, Sánchez recriminó a los 'comuns' que no critiquen más a los independentistas. Personalizó los reproches en Asens y Ada Colau, obviando que la alcaldesa de Barcelona aceptó los votos de Manuel Valls para cerrar el paso al separatismo.

De los responsables políticos se espera un ejercicio de responsabilidad, toda la que le falta a la derecha española. Sánchez tiene razón cuando reprocha que PP, Ciudadanos y Vox "viven del conflicto territorial". Pero lamentarse de los errores de la derecha no resolverá el conflicto y quien se presenta a la investidura no es Casado. La resignación no puede ser la respuesta a este problema y limitarlo a una cuestión catalana es equivocado. Se esperaría del presidente del Gobierno que no cometa algunos de los errores de su antecesor y que no piense que el souflé bajará a base de años de cárcel y promesas incumplidas. La prisión puede servir de escarmiento pero nunca será la solución a un problema político.

Después de escuchar los discursos del líder del PP (contenido si se compara con el Casado de la anterior legislatura), de Albert Rivera (sin frenos) y de Santiago Abascal (a lo suyo, contra los "terroristas", "sediciosos" y "golpistas") se llega a la conclusión de que Xavier Domènech, retirado de la política por hartazgo, fue quien más acertó cuando en una conversación con Joan Tardà formuló el diagnóstico de la que se avecina. "Un catalán independentista de Barcelona o de Girona o de Sant Jaume de Frontanyà, el pueblo más pequeño de Catalunya, tiene exactamente el mismo problema que un español demócrata o de izquierdas en Madrid. El mismo: un Estado que tiene expresiones reaccionarias y en el que existe un crecimiento de expresiones neofascistas en términos de poder político [...] El principal aliado que tiene un demócrata de izquierdas en España para solucionar este problema es el vecino de Sant Jaume de Frontanyà". Es algo que muchos independentistas no entienden y que muchos votantes progresistas del resto de España, tampoco.

Sánchez no pretendió ganarse a Podemos ni a los grupos independentistas con su discurso de investidura. Sabía que no necesitaba cortejarles porque no tienen más alternativa que ayudarle a ser presidente. No fue necesario porque le hicieron el trabajo Casado y sobre todo Rivera con sus salidas de tono. Si Sánchez logra ser reelegido este jueves será porque su táctica de bloqueo o investidura es tan perversa como posiblemente eficaz. Y a partir de ese momento, si consigue ser investido de nuevo presidente, será responsable de lo que haga pero también de lo que no haga.

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