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De velos y empatía

La empatía y la solidaridad con y entre mujeres, la sororidad de la que tanto hablamos y que tanto necesitamos, no admite el señalamiento de compañeras que llevan velo, la exclusión de sus voces ni el cuestionamiento de si son o no feministas con base en su vestimenta.

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Tres menores, una de ellas con un 'hiyab', acuden a su centro educativo

Tres menores, una de ellas con un 'hiyab', acuden a su centro educativo EFE

La vida de las mujeres está condicionada por siglos de imposiciones patriarcales, algo que resulta particularmente evidente en ejemplos tan visibles como los velos con que se cubren en distintos lugares del mundo. En espacios feministas es habitual escuchar afirmaciones como que el hiyab o velo islámico supone un acto de sumisión a los hombres, que cubrirse es un acto denigrante o que ninguna mujer elige libremente llevarlo. Y aunque es fácil entender la rabia contra estas prendas que nos ocultan, como si la propia presencia femenina conllevase algo censurable, no lo es que se pierda de vista algo fundamental: la empatía con quienes van cubiertas. El respeto y la escucha de quienes se cubren por una imposición explícita y también de las que afirman, aunque no guste escucharlo, que lo hacen porque lo han elegido.

En países como Irán o Arabia Saudí, negarse a ir completamente cubiertas supone un acto heroico, y el apoyo a quienes resisten esta imposición es más importante que nunca. Son emocionantes las muestras de solidaridad en todo el mundo con quienes se juegan la vida desafiando una prohibición, la de mostrar el cabello, que nos atañe a todas.

Sabemos, sin embargo, que los símbolos no son estáticos. La historia nos enseña cómo incluso los símbolos más cargados de connotaciones opresivas son reapropiados, revertidos, reivindicados desde lugares distintos, desde representaciones diversas. En cuestión de representaciones, si no queremos caer en dogmas, la clave es el contexto. La lectura de esta prenda no es la misma cuando la lleva una mujer iraní, donde el velo ha sido uno de los caballos de batalla de sometimiento de la mitad de la población por parte de los sectores más extremistas; cuando hablamos de otros contextos árabes o musulmanes donde el estado no impone la prenda y donde la diversidad de representaciones a través de la vestimenta es enorme; o cuando la viste una mujer musulmana en un país como Francia, donde hemos visto a mujeres sufrir la violencia de las autoridades, que les arrancaban la ropa con que se cubrían en la playa.

Reducir una cuestión tan compleja a la dicotomía que equipara mujer cubierta con sumisa y mujer descubierta con empoderada y libre es problemático y dañino. Borra de un plumazo la inmensidad de matices, de lugares desde donde alguien puede reivindicarse, silencia a mujeres basándose en su vestimenta, contribuye a alimentar el estigma contra quienes se cubren. Esta dicotomía obvia también la interseccionalidad que nos enseña hasta qué punto las mujeres estamos atravesadas por identidades diversas y sufrimos por ello distintos tipos de opresión, que requieren un acercamiento que no puede ser monolítico y que debe atender a las dinámicas de poder presentes en cada contexto. A quién se silencia, margina o vulnera, y quién tiene el poder de hacerlo, varía según ese contexto, y por eso desde el feminismo lo principal es escucharnos, incluirnos, no cuestionarnos o negarnos en base al rechazo visceral de una prenda que no para todas representa lo mismo.

Basta con escuchar a mujeres como Takwa Rejeb, la joven musulmana valenciana que se enfrentó a quienes querían prohibirle el acceso a su instituto público cubierta con un hiyab, un pañuelo que no impide ver su cara ni estorba su identificación, para ver hasta qué punto el modo en que cada mujer se afirma o se empodera no lo determina en términos absolutos una prenda. O a compañeras como Sirin Adlbi, politóloga decolonial y referente feminista para muchas. Resulta ofensivo plantear siquiera que su modo de vestir no sea el adecuado, cuestionarlas con el argumento de si son o no en el fondo libres en la representación de su identidad, como si tal pregunta no fuese aplicable al resto de elecciones de las mujeres.

La empatía y la solidaridad con y entre mujeres, la sororidad de la que tanto hablamos y que tanto necesitamos, no admite el señalamiento de compañeras que llevan velo, la exclusión de sus voces ni el cuestionamiento de si son o no feministas con base en su vestimenta. No admite no tratarlas como a iguales, como si estuviesen desprovistas de agencia, como si no fuesen más que la prenda que las cubre. Este distanciamiento, este nosotras frente a las otras, es lo que caracteriza a quienes imponen las normas y los límites sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, lo que queremos por encima de todo evitar. Entendiendo, como dice Vega Pérez-Chirinos, que somos todas hermanas, y que cada una se sacude el patriarcado como puede. 

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