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¿De verdad que la derecha es mayoritaria?

Cuesta trabajo creer que si Abascal y los suyos obtienen un éxito electoral como el de acercarse al 10 % de los votos vayan a conformarse con ser una mera muleta de los otros dos partidos de su ámbito como ha ocurrido en Andalucía

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Revueltos, pero no juntos

Dirigentes de Vox, PP, UPyD y Ciudadanos en la concentración de Colón EFE

Es el momento de los sondeos. Uno de ellos ha debido influir algo, o mucho, en la decisión de convocar elecciones que este viernes tomó Pedro Sánchez. No hay que especular sobre sus intenciones. Serán varias y hasta contradictorias. Lo que hay que saber es qué dice esa encuesta. La media de las otras que se han conocido en las últimas semanas dice que la suma de los porcentajes de las derechas está por encima de la de las izquierdas. Pero no en una medida abrumadora. Y además está el margen de error de los sondeos, que se aproxima a esa distancia, aunque no la colma. Hay partido, por tanto. Lo inquietante es que su resultado final puede darnos una situación que no sea muy distinta de la actual.

Pedro Sánchez ha tenido que adelantar la fecha de las generales porque no tenía más remedio. No tanto porque un gobierno de minoría no hubiera podido tirar unos cuantos meses más, incluso hasta final de año, a pesar de no tener presupuesto. Sino porque las perspectivas de ese empeño tenían toda la pinta de ser desastrosas. La manifestación de Colón no habrá sido el éxito que la derecha se esperaba, pero la capacidad que habrían tenido sus tres partidos para ahogar cotidianamente al gobierno, con el apoyo inapreciable de su escuadra mediática, habría sido enorme. Y esa voluntad de supervivencia no habría tenido sentido en esas condiciones.

Con un peligro adicional. El de que esa presión podría haber deteriorado, y mucho, las posibilidades electorales del PSOE y de la izquierda en las elecciones municipales y autonómicas. En el punto al que habían llegado las cosas, sólo un cambio de escena podía tratar de romper esa dinámica que llevaba indefectiblemente al desastre.

Tras el anuncio del viernes la situación ha cambiado al menos en parte. La derecha se ha quedado sin uno de sus eslóganes principales, el de exigir la convocatoria urgente de elecciones. Harán todo lo posible, ya lo están haciendo, para que eso se interprete como una victoria de su presión. Pero ese argumento no tiene mucho recorrido y con un poco de habilidad se podría reducirlo a la nada casi desde el principio. Bastaría con cargar la culpa del adelanto a la ruptura de la mayoría que ganó la moción de censura y con responsabilizar de ello a los independentistas catalanes. Lo obvio.

En todo caso ese no va a ser uno de los ejes de la campaña electoral. Sí, en cambio, lo será la crisis catalana. La voluntad de Sánchez de negociar con el independentismo, y el apoyo parlamentario que éste le dio el 1 de junio de 2018, han sido los banderines de enganche de la movilización de las derechas. Pablo Casado lo ha levantado para ocultar la corrupción que echó a Rajoy de la Moncloa y la crisis interna de su partido que, según todos los indicios, no ha sido resuelta. Albert Rivera ha reducido su discurso, antes más ambicioso y multidireccional, prácticamente solo a eso. Y Santiago Abascal juega esa misma carta, añadiéndole la denuncia de que el gobierno del PP fue cobarde e inepto a la hora de afrontar el reto catalán.

La ruptura de las negociaciones entre el gobierno y el govern modifica un tanto el panorama en ese terreno crucial. Sánchez puede ahora presumir de que ningún pacto o necesidad del mismo limita ahora sus posibilidades. Y lo lógico es que durante la campaña evite cualquier manifestación de intenciones respecto de cómo paliar la crisis catalana. Mejor callarse en ese capítulo, al menos hasta que pasen las elecciones. Aunque esa actitud deje de nuevo la cuestión en el limbo, abierta a toda suerte de riesgos.

Si esa prudencia se gestiona bien y no parece cobardía, Sánchez puede obtener algún rédito. No todos los españoles que mayoritariamente se manifiestan contra el independentismo catalán están de acuerdo con la voluntad de Pablo Casado, apoyada por Albert Rivera, de aplicar el artículo 155 desde el primer día, si gana las elecciones. Y menos con Vox que propone nada más y nada menos que abolir el Estado de las Autonomías. No está claro que ahora la derecha pueda ganar las elecciones sólo proponiendo el palo para Cataluña. Tendrá que aportar algo más y lo de bajar "todos" los impuestos no se lo va a creer mucha gente.

La izquierda no tiene perdida la partida del 28 de abril. Hay muchas realidades electorales a lo largo y a lo ancho de la geografía como para pensar que toda la gente va a decidir en función de los mensajes monotemáticos que dan las teles y los medios mayoritarios. Las encuestas revelan que más del 25 % de los ciudadanos que creen que votarán aún no han decidido a quien lo harán.

No hay que dar por dadas las cosas que aún no están dadas. La izquierda, el PSOE y Unidos Podemos, cada uno de su lado, pueden lucir algunos logros alcanzados en estos meses pasados. La derecha solo tiene lo que hizo Mariano Rajoy y lo que en su día prometió Albert Rivera, aunque eso ya casi ha quedado olvidado.

Además, sobre ella pesa otra incógnita que puede tener peso en la campaña. La de hasta donde van a llegar los intereses distintos que tiene cada uno de sus tres partidos. El prioritario del PP es frenar la sangría de votos hacia Vox y hacia Ciudadanos. El de este partido es el de seguir avanzando a costa del PP: puede que su derechismo ya demasiado manifiesto ya haya frenado la fuga de votos socialistas hacia sus filas. Y Vox tiene clara su prioridad: seguir creciendo a costa del PP, a base de denunciar su mediocridad y su falta de espíritu "español".

Cuesta trabajo creer que si Abascal y los suyos obtienen un éxito electoral como el de acercarse al 10 % de los votos vayan a conformarse con ser una mera muleta de los otros dos partidos de su ámbito como ha ocurrido en Andalucía. La cosa no será tan fácil. Y falta por saber quién ganará la pugna entre el PP y Ciudadanos.

Y otro escenario no descartable. El de que las derechas sumen más escaños que las izquierdas pero no consigan la mayoría para gobernar. Eso querría decir que, en principio, una mayoría del Congreso no estaría porque PP, Ciudadanos y Vox entrara en La Moncloa. Y, al tiempo, que Pedro Sánchez podría intentar reeditar una coalición como la de la moción de censura.

Quien crea que la cosa ya está hecha se equivoca. Quedan dos meses y medio. Y no está dicho que al término de ese periodo el estado de la opinión de los ciudadanos vaya a ser el mismo que existe en estos momentos.

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