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El voto rogado/robado

La voz de uno de los más de un millón y medio de electores que gracias al 'voto rogado' vio dificultado su derecho a ejercer el voto en las últimas elecciones.

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La participación en las elecciones en Francia era del 35,07 por ciento a las 15.00 GMT

Una de las cifras más escandalosas y silenciadas de estas elecciones europeas ha sido el altísimo porcentaje de ciudadanos españoles residentes en el extranjero que no pudieron votar en dichos comicios. De hecho, yo mismo formo parte del 96% de la población censada fuera de España —lo que significa más de un millón y medio de electores— a los que, por culpa del procedimiento del “voto rogado”, se les impidió o dificultó ejercer este derecho contemplado en el artículo 23 de nuestra Constitución.

El “voto rogado”, para quien lo desconozca, es una modalidad de sufragio destinada a los españoles residentes en el extranjero, que fue aprobada por el PP y el PSOE con el apoyo de CIU —pese a la iniciativa propuesta por IU de derogarlo— en enero de 2011. El cambio de procedimiento consiste en que los ciudadanos deben “rogar” el voto a las oficinas del Censo Electoral en España, pues, de no hacerlo, estas ya no envían las papeletas a los electores a sus países de residencia. La nueva modalidad conlleva además el cumplimiento de varios plazos, aunque la observación de los mismos no garantiza la posibilidad de votar. Como verán a continuación, hablo por experiencia propia.

En mi caso, yo llevaba cerca de un año inscrito en el Consulado de España de Montpellier cuando rogué mi voto, dentro del plazo. El siguiente paso era recibir las papeletas electorales, que debían llegarme desde España. Sin embargo, en una llamada desde la Oficina del Censo Electoral, me comunicaron que el Consulado aún no les había transmitido mi alta en el Censo de Residentes Ausentes, operación que los consulados están obligados a realizar cada mes, por lo que yo continuaba censado en España y no podría votar. El problema se repitió al día siguiente con mi pareja, también residente en el extranjero, mientras que no pocos compañeros exiliados no pudieron votar porque las papeletas llegaron tarde o no llegaron.

A los numerosos trámites y plazos se ha unido la absoluta desinformación sobre el “voto rogado” en la que la administración ha mantenido a los ciudadanos, que hemos debido aleccionarnos sobre el proceso por nuestra cuenta. En Montpellier, que yo sepa, sólo el colectivo Marea Granate realizó actividades informativas sobre el procedimiento. Resultado: a la urna llegaron poco más de quinientos votos de los catorce mil españoles censados en la región.

Pasadas las elecciones, las protestas contra el procedimiento antidemocrático del “voto rogado” no se han hecho esperar. Entre otros, el colectivo Marea Granate inició una campaña en la que se invita a quienes no hayan podido votar a que envíen una queja por escrito a la Junta Electoral Central. La derogación del “voto rogado” es necesaria y urgente, por cuanto supone una sustitución del sufragio universal por el censitario. La única razón de su existencia es el temor de los dos partidos mayoritarios a que la nueva generación de exiliados no les apoye en las urnas.

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