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La guerra que aún nos hace llorar

Si hay una epopeya que condense lo mejor y lo peor de la historia contemporánea, ésa es la defensa de la II República frente al alzamiento militar del 18 de julio de 1936

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Hace años conocí a un chaval, más o menos de mi edad, que se ponía a llorar cada vez que recordaba la Guerra Civil española. Sin llegar a ese extremo, millones de personas -de todo el mundo- nos emocionamos con las historias de lucha, derrota y represión de los hombres y mujeres -de todo el mundo- que dieron su vida por conseguir una sociedad más libre y más justa. Me ha pasado cuando he visitado exposiciones sobre la liberación de París o la lucha partisana en la antigua Yugoslavia, cuando he visto películas sobre los desaparecidos en Chile o Argentina y cuando he leído biografías de Nelson Mandela o el Che: como ser humano, he sentido intensamente el orgullo por sus gestas y el dolor por sus desgracias.

Si hay una epopeya que condense lo mejor y lo peor de la historia contemporánea, ésa es la defensa de la II República frente al alzamiento militar del 18 de julio de 1936. En ella se visualiza el enfrentamiento entre el progreso y la reacción, entre las clases populares y los grandes poderes fácticos, entre la cultura y el oscurantismo. No será fácil encontrar -salvo en la Italia fascista o en la Alemania nazi- un elenco de escritores, científicos, intelectuales y artistas como el que perdió España en la guerra, por muerte o exilio. No creo que haya otro ejemplo de compromiso y solidaridad equiparable al de las Brigadas Internacionales. ¿Alguien se imagina hoy a sesenta mil jóvenes sacrificando su vida por la democracia de otro país?

Estos días, coincidiendo con el octogésimo aniversario del golpe franquista, hemos podido leer todo tipo de reportajes, entrevistas y columnas de opinión sobre lo que fue y lo que supuso la Guerra Civil. En todas ellas hay un rasgo común, y es el alto grado de emotividad que todavía suscita su recuerdo. Y es que no se puede abordar aquel conflicto bélico y su continuación durante cuarenta años de dictadura como un hecho del pasado, pues está bien presente en nuestras vidas. Ahí andan miles de personas buscando en las cunetas los restos de sus familiares desaparecidos; ahí están los torturados por la Brigada Político Social declarando en la querella argentina por los crímenes de lesa humanidad del franquismo; aquí seguimos supurando por una herida bien profunda, que no se puede reabrir porque nunca se cerró.

Yo también tengo una historia familiar, menos heroica y trágica que otras, pero que forma parte del mosaico de recuerdos sedimentados en el silencio de los vencidos. Mi abuelo Mariano había tomado parte activa en el movimiento republicano de Algemesí y, al acabar la guerra, pasó varios meses encarcelado por una acusación falsa en un proceso fabricado, dentro de la Causa General, contra un grupo de significados “desafectos”. Aún recuerdo vivamente cuando, siendo yo muy pequeño, escuché a mi abuela contar el día en que lo soltaron, sin previo aviso. Debió ser el 7 o el 8 de septiembre de 1939 porque se celebraba la procesión de la Mare de Déu de la Salut, hoy reconocida como Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Como es costumbre, las casas de “carrer de volta” habían abierto sus puertas y engalanado sus balcones para ver pasar la Muixeranga y los demás bailes, pero en la esquina del carrer Molí con el carrer Nou una mujer sola y con dos hijos pequeños no tenía nada que celebrar. Con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto, ya entrada la noche, Anita escuchaba inmóvil el sonido de dolçaines y tabalets que se filtraba a través de los muros, cuando empezó a distinguir un rumor cada vez más intenso: “que ve Marianet”, “que ve Marianet”. Y, efectivamente, al final de la procesión, cargando un hatillo con su propio colchón, iba mi abuelo camino de la libertad (condicional).

Hace unos días a mi madre se le saltaban las lágrimas recordando estos hechos, que nunca vivió. Como me pasó a mí al cruzar la frontera francesa en Portbou o visitando el centro de interpretación de la Batalla del Ebro. ¿Y a quién no se le rompe el corazón leyendo La voz dormida, El lápiz del carpintero, Los girasoles ciegos o Memòria d'uns ulls pintats? Nuestra adhesión a la causa de la República es ideológica e intelectual pero también sentimental. Lloramos de rabia por lo que pudo haber sido y no fue, por el futuro que les robaron a nuestros abuelos y por el pasado que les impusieron a nuestros padres. Yo lo hago por Mariano, por Anita y por todos aquellos que no tuvieron su misma suerte y cayeron víctimas del genocidio fascista. Que su nombre no se borre de la Historia.

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