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Votos, populismo y xenofobia

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Ya se ha hablado y escrito mucho sobre la polémica generada por las declaraciones del alcalde de Vitoria, Javier Maroto, acerca de los magrebíes y el fraude en las ayudas sociales, pero no me resisto a aportar mi granito de arena. Y es que la indignación que se percibe en los cada vez más numerosos sectores excluidos de la sociedad a raíz de los altos niveles de desempleo y de los recortes en derechos laborales, sanidad y educación que están aplicando los propios compañeros de partido del señor Maroto, está alimentando el incremento de mensajes populistas, que ya hemos visto que dan buenos resultados en estas pasadas elecciones europeas.

No voy a discutir sobre si Javier Maroto es un xenófobo, algo que él mismo niega de forma tajante. Pero el ataque al colectivo magrebí es algo recurrente en este regidor, que asegura que solo dice en voz alta lo que piensa “la calle”, cuando en realidad lo que hace es realimentar un círculo vicioso que, por desgracia, conocemos muy bien en la vieja y acomodada Europa. Puede que Maroto no sea un xenófobo, pero es innegable que se sirve de la xenofobia, no para erradicar el fraude ni para garantizar la justicia social, sino para ganar votos en las próximas elecciones municipales. Sus ataques concretos al colectivo inmigrante magrebí, por muy respaldados que estén por sus datos estadísticos, esconden un claro afán: marcar a este colectivo como chivo expiatorio y desviar el foco de los verdaderos responsables de la situación en la que se encuentra nuestra sociedad. Si no, ¿a qué viene el segmentar a los perceptores de ayudas sociales por nacionalidades? Una persona que defrauda a la hacienda pública debe ser juzgada por su delito, independientemente de su nacionalidad o su condición. Pero señalar a marroquíes y argelinos es poner en el punto de mira a todas aquellas personas de estas nacionalidades que son nuestros vecinos, independientemente de si cumplen o no las leyes, de si tienen trabajo o lo han perdido y han tenido que recurrir a las ayudas sociales. Y es desviar la mirada de aquellos defraudadores, que posiblemente causen un mayor perjuicio a las arcas públicas, que son vascos de toda la vida pero que tienen sus cuentas en paraísos fiscales y que pasan por respetables miembros de nuestra comunidad. Contra estos personajes, de los que el Partido Popular va bien servido, no se toma ninguna medida. Todo lo contrario, es mejor echar tierra sobre el tema y estigmatizar a colectivos que causan un cierto rechazo en una parte de la ciudadanía y de paso ganar unos cuantos votos que pueden marcar la diferencia en los próximos comicios.

Puede que Maroto no sea un xenófobo, pero es innegable que se sirve de la xenofobia, no para erradicar el fraude ni para garantizar la justicia social, sino para ganar votos en las próximas elecciones municipales.


La estrategia de Javier Maroto es clara: embutir en la opinión pública vitoriana, o al menos en el sector más cercano a sus postulados, una idea sencilla, la de que el colectivo inmigrante magrebí nos está parasitando. Y utilizar esta idea en beneficio propio para cosechar votos y seguir manteniendo la alcaldía. Pero el problema es que esta técnica de marketing político es peligrosa, ya que genera odio y el odio genera violencia. Este juego tan peligroso es una constante histórica en nuestro continente y parece que no hemos aprendido una lección tantas veces repetida.

No soy amigo de enarbolar datos estadísticos, que en nuestra sociedad mediática se consideran asépticos y científicos, y por tanto indiscutibles, cuando en realidad no lo son. Pero seguro que los datos que aporta Javier Maroto tienen una explicación sociológica, que por supuesto no tiene nada que ver con una predisposición innata del colectivo inmigrante magrebí para el fraude. Seguro que los datos son fruto de que este colectivo es el más numeroso por su cercanía geográfica, porque fue el que primero llegó a nuestras ciudades cuando comenzaron los movimientos migratorios y por ser uno de los que más han sufrido la crisis y el desempleo. Desde luego, es difícil ver a suizos o escandinavos rebuscando en los contenedores de basura. Pero en lugar de evitar estas situaciones cada vez más comunes en nuestras ciudades, que es lo que debería hacer un alcalde, el señor Maroto prefiere estigmatizar y culpar a un colectivo y pescar en río revuelto, desviando la atención de su responsabilidad – y la de su partido – en la situación en la que vive una parte de nuestra sociedad.


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