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Cospedal y Barreda: sistemas sesgados para ganar perdiendo

El sistema de Cospedal contiene, como antes el de Barreda, la posibilidad de ganar con los menores votos posibles, incluso quedando segundo.

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Evidentemente, Barreda estaba mejor asesorado, y lo vio venir de lejos. A Cospedal algún “experto” le aconsejó en 2012 que subiera el número de escaños, lo que a la larga era una pésima idea para el PP, y ahora alguien se ha debido dar cuenta y ha reducido drásticamente su número, casi con las elecciones a la vista, de nuevo para servir a su interés. La reforma que introdujo Barreda para las elecciones de 2011 en Castilla-La Mancha fue un intento de manipular el resultado electoral a favor de su partido, por mucho que sus formas democráticas fueran  bastante mejores (dejó pasar unas elecciones entre la propuesta y su ejecución) que las de Cospedal (que encima lleva dos). Esta quiere hacer lo mismo, con un oportunismo que no sabe disimular, y de paso dificultando el acceso a la Asamblea a los partidos medianos. No se trata de equidistancia, y el precedente no justifica el consecuente, pero de aquellos polvos, estos lodos. El público debería entender qué es lo que está mal en uno y otro caso.

Llamamos sesgo a tratar de forma distinta a partidos iguales; a lo peor. Tanto el sistema electoral de Barreda como el de Cospedal están sesgados. En el año 2011, en caso de empate, o próximos al empate, el sistema de Barreda habría hecho ganar las elecciones al PSOE, por un escaño (25 a 24). Pero, en las mismas circunstancias, con los mismos votos, el sistema de Cospedal habría hecho ganar las elecciones al PP, también por un escaño (17 a 16). Es más, en ambos  casos es posible para un partido ganar la mayoría de los escaños quedando segundo en votos. El beneficiado es, en cada caso, el partido que ha introducido la reforma.  Más clara, el agua.

Muchos sistemas están sesgados, pero normalmente de forma moderada  y, otras veces, de forma inevitable. El sesgo se dramatiza en ese resultado tan incómodo de que un partido con menos votos obtenga más escaños que su competidor. Esto ha sucedido ya en el País Vasco (favoreciendo al PSE) y en Cataluña (perjudicando al PSC), en ambos casos como resultado no intencionado de una historia que sería largo examinar.  Cospedal acusó plausiblemente a Barreda de intentar lo mismo  pero niega, como ella solo sabe negar algo, que le mueva un fin parecido.

La reforma de Barreda casi lo logra en 2011, y tenía la misma intención que la mano de Maradona. El resultado fue de 48,9% de los votos para el PP y 44,1% para el PSOE, y el PP ganó por un escaño: 25 a 24. Si el PSOE hubiera obtenido solo 1,04 puntos porcentuales más, a costa del PP, es decir, si el resultado hubiera sido, aproximadamente, 47,8% para el PP y 45,2% para el PSOE, este partido, aun perdiendo las elecciones, habría ganado la mayoría por un escaño : 24 a 25. En realidad habría bastado con que 1,04% de votantes de Guadalajara hubieran cambiado de opinión, pero es más razonable suponer que los cambios se producen en todas partes o no se producen.  El truco usado fue una aplicación rigurosa de la regla número dos de las que se resumen más abajo: que todas las provincias fueran pares menos la que el PSOE creía no poder perder (Ciudad Real). Salió mal porque el hundimiento en Guadalajara fue algo mayor de lo que era previsible, y allí perdió dos el PSOE.

La reforma de Cospedal de 2014 también introduce un sistema electoral sesgado. Si en 2011 se hubiera votado con este método, el PP habría ganado por 18 escaños frente a 15, lo que es justo. Pero si hubieran empatado también habría ganado, por un escaño. Es más, si el PP hubiera perdido y el resultado hubiera estado en el entorno de 45% de votos para el PP y 47% de votos para el PSOE, el PP también habría ganado la mayoría por un escaño.

Además de eso, como se destaca aquí, la reforma de Cospedal cierra el paso a los demás partidos, al incrementar fuertemente el efecto mayoritario. No hay que confundir esto con el sesgo: el efecto mayoritario trata igual a todos los partidos cuando son iguales, solo trata de forma distinta a los grandes y a los pequeños, lo que puede gustar o no,  pero no es ilegítimo. En este caso tiene la consecuencia, a corto plazo, de favorecer la mayoría absoluta del PP en la asamblea, bajo algunas hipótesis, incluso si entrara un tercer partido, cosa mucho más difícil de lograr que en cualquiera de los sistemas anteriores, especialmente el “aprobado” por el PP en 2012 y del que se retractan ahora.

En esto hay que tener cuidado de no confundir la velocidad con el tocino: Castilla-La Mancha es la Comunidad más bipartidista de todas, aunque el nuevo sistema además lo favorezca. En el pasado, un partido con el 8% de los votos habría tenido representación asegurada (y era posible con menos), pero el parlamento ha sido sólidamente bipartidista durante las cuatro últimas legislaturas.  Incluso con la actual reforma, un partido con el 10-12% de los votos tendría representación, lo que es una barrera considerable pero no insuperable. (Si se me permite: el unto engrasa los ejes, pero no es lo que mueve al carro).

Los instrumentos de manipulación de la reforma Cospedal son, sobre todo, una combinación de las reglas primera, segunda  y cuarta. Cospedal se asegura una bonificación para sus votos al poner escaños impares en las provincias que más le favorecen; y dejar en pares a Ciudad Real y a Albacete, las más socialistas, históricamente. Además, la reforma acentúa un rasgo de todas las reglas precedentes, la sobre-representación de los votantes de Guadalajara (un 33% de sobre-representación) y Cuenca (un 45%), como consecuencia del mínimo de tres escaños por provincia en el reparto.  En este momento, en ambos casos beneficia al PP. Personalmente, creo que las provincias hacen mucho daño a este país, esto solo es un detalle más.

En resolución, los gobiernos de Castilla-La Mancha han cambiado las reglas del juego para manipular los resultados, y  parece que vamos de menos a más.  Por una parte, es de agradecer que se usen las Comunidades Autónomas como laboratorio, ojalá se hiciera en otras cosas. Por otra parte, hay que estar en guardia. Con los sistemas electorales suele pasar una de dos cosas, o apenas se cambian,  o se cambian demasiado, de modo que nadie se resiste a toquetearlos un poco. Pocas veces se acierta con una reforma consensuada y duradera. Las alternativas parecen ser la inercia o la inestabilidad. Y pasarse el día discutiendo de sistemas electorales no parece buena idea ni mejora la vida política, aunque unos cuantos tal vez nos sacaríamos unos bolos.

Para saber más: Las reformas de Castilla-La Mancha pueden segurise en artículos de Josu Mezo en Malaprensa, aquí, aqui y aquí así como en las muy clarificadoras presentaciones de Pablo Simón y Kiko Llaneras en Politikón. En Piedras de Papel ya sacamos esta divertida crítica de Julio Embid sobre la penúltima reforma

Suplemento: reglas de saber común para manipuladores electorales

Regla primera. Si se ha de ganar, mejor hacerlo en distritos relativamente más pequeños –con menos escaños- que en relativamente más grandes. Por ejemplo, si un partido gana, pero no queda a demasiada distancia del competidor, como suele ser habitual, en tres distritos de tres escaños, el resultado más probable es de seis escaños en total (2x3), pero si ese mismo resultado se obtuviera en un distrito de nueve escaños el resultado más probable sería ganar cinco, uno menos. Y eso sin contar la entrada de terceros en liza, que en un distrito grande pueden reducir todavía más el lote de asientos.

Regla segunda. Si se ha de ganar, mejor en distritos de número impar de escaños, si se ha de perder, mejor en distritos de número par de escaños. Por ejemplo, suponiendo una competición entre dos grandes partidos, si se pierde en un distrito de cinco escaños y en otro de tres, el resultado más probable es llevarse tres escaños (dos más uno), si se pierde en dos de cuatro escaños, el resultado más probable es llevarse cuatro (dos más dos). Por lo mismo, conviene ser el ganador de los impares.  Este efecto se modera mucho en los distritos muy grandes (con muchos escaños), pero es significativo en la escala en la que se presentan las cosas en Castilla La Mancha.

Aunque no salte a la vista, ambas son consecuencias de un principio general de economía electoral: desperdicia pocos votos, y procura que tu contrario desperdicie muchos. Una  derivada inmediata, que vamos a numerar como regla tercera, es esta, y es la mejor conocida: cuando los distritos son iguales, si se ha de ganar, que sea por poco, y si se ha de perder, que sea por mucho, siendo lo mucho o lo poco relativo a cada escaño en juego.

Regla cuarta: cuando hay desigualdad en la representación del censo electoral, es mejor conseguir los escaños en distritos más bien sobre-representados, donde la ratio entre  escaños y población es más alta, es decir, donde el “precio” de partida del escaño es más bajo.  Se explica sola.  Por razones parecidas, también se favorece la cuenta de resultados  de un partido que gana en distritos de más baja participación o donde hay más votantes que votan a candidaturas que no obtienen representación, pues en ambos casos las circunstancias emulan, a efectos prácticos, la sobre-representación de los distritos que a veces se impone institucionalmente.  Son, propiamente, las reglas quinta y sexta, pero hoy no nos interesan tanto.

El salamandreo o gerrymandering  es el  infame arte de tomar un mapa, los resultados electorales pasados y algunos instrumentos de medida, para diseñar una serie de distritos “iguales” en los que el rival pierde siempre por poco y gana por mucho, volviendo inútiles el mayor número posible de sus apoyos. Es la manipulación electoral mejor conocida y estudiada, y claramente se vincula a la regla tercera. El estilo español es otro, los próceres de la transición (y del tardofranquismo) pergeñaron un sistema para el Congreso de los Diputados en el que un partido, que luego fue UCD, podría ganar muchos escaños  beneficiándose de las reglas dos y tres, creando un “ premio de localización” al voto conservador.  El legado de la circunscripción provincial dificulta el salamandreo como tal, pero jugando con los mínimos por provincia y los máximos totales se pueden conseguir, como los presidentes de Castilla La Mancha están ilustrando, resultados que tal vez sean más modestos que el clásico salamandreo yanqui, pero asombrosos.

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