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Posverdad del calibre 45

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Donald Trump ya es el 45º presidente de los Estados Unidos de América. Un curioso número para un tipo tan controvertido como este.

Trump 45 parece más el modelo y calibre de la última creación de la fábrica de armas Colt que otra cosa. Aunque esperemos que no se acerque la realidad a la metáfora.De una manera o de otra, lo cierto es que la ascensión del magnate hasta los aposentos de la casa blanca es una realidad y ha hecho renacer el uso de una nueva palabra cargada de futuro.

Un término que el diccionario Oxford ha destacado como vocablo del año 2016 y que tiene mucho que ver con el “Brexit” y el “No fin” de las Farc en Colombia.

Una simple palabra que instaura una nueva manera de comunicar y que parece que está aquí para quedarse: Posverdad (en inglés, Post-truth).

El término no es nuevo, lo acuñó allá por 2004 el sociólogo norteamericano Ralph Keyes en el libro titulado con el propio término: Post-truth.

La palabra posverdad hace referencia a las apelaciones a la emoción y a las prolongaciones sentimentales de la realidad; lo que en el diccionario Oxford se entiende como un concepto que “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

Es decir, que en la época de las redes sociales y el poder omnipresente de internet, las verdades pueden estar basadas en hechos contrastados (total o parcialmente) o pueden ser subjetivas. Pasando a ser verdad todo aquello que uno crea que lo es. Aunque se trate de una mentira y esté alejada de los hechos objetivos.

Realmente, la posverdad no deja espacio al término mentira. Simplemente, la mentira es una verdad pero apreciada desde otros puntos de vista.

La carrera electoral de Trump se ha trufado de posverdades. Su discurso se ha basado en la pura tripa y se ha apoyado en los sentimientos de una sociedad americana de clase media dividida, de sueños rotos y cuyas clases políticas se anclan mayoritariamente en un stablishment de elementos procedentes de clase adinerada o directamente de la rancia burguesía.

54 millones de euros invertidos solo en Facebook, legiones de tweets y las aportaciones de rumores directamente falsos, más propios de un guión de Tarantino que de cualquier otra cosa, aportados por hackers rusos han hecho el resto. Es decir, la corriente Trump ha encumbrado una de las realidades más arraigada en las redes sociales a práctica habitual y aceptada: el postureo viral. Lo único es que esta vez la cosa tiene visos un tanto más dramáticos.

Las noticias no contrastadas, virales hasta la médula y llenas de emociones han estallado en puntas de violencia poco edificantes como el “ pizzagate” del 5 de diciembre en Washington D.C. donde un hombre de 28 años, armado y llegado de Carolina del Norte disparó (sin consecuencias, por suerte) dentro de un conocido restaurante italiano de la capital de los EEUU para tomar cartas en el asunto sobre el supuesto hecho que el restaurante era el cuartel general de una trama de pedofilia y abusos a menores capitaneados por Hillary Clinton. La noticia que impulsó al pistolero, ciudadano de a pie y sin problemas mentales, fue una falsa reseña que indignaba y llenaba las redes sociales. Ahí es nada.

Podríamos aportar algunos ejemplos más sobre la potencia de la posverdad y su influencia sobre otros hechos como el “Brexit” o el “No” en el referéndum por la paz en Colombia.

Podríamos aportar múltiples ejemplos pero no es este el tema central de este post, sino el análisis de las consecuencias de algo que los lingüistas y comunicadores sospechamos desde hace tiempo: el poder de las palabras para cambiar mentes y realidades.

Las palabras y su influencia en la percepción y recreación de la realidad ha sido objeto de estudio desde tiempo lejanos. Por citar los pensadores más cercanos, ya a principios del XIX el lingüista von Humboldt apostaba por la idea de que “el hombre vive primeramente con objetos, pero lo hace exclusivamente en la medida en que el mensaje se lo presenta”.

Más tarde, Nietzsche lo expresó de forma algo más contundente, fiel a su estilo: “sin un nombre, las cosas no existirían” o visto desde la óptica del escritor lituano Czeslaw Milosz: “lo que se nombra adquiere fuerza, lo que no se nombra deja de existir”.

Pero si alguien ha sentado las bases del poder de la palabras y de las metáforas que con ellas se construyen, ese es Lakoff. Sí, el autor del imprescindible libro “No pienses en una elefante” o “Metáforas de la vida cotidiana”.

Todo ello nos lleva pensar que si el término posverdad acaba cuajando -como parece que hace- y el término mentira desaparece del diccionario mental de las personas, y sabiendo que son estas las que en internet y en las redes sociales tienen el poder de expansión y consolidación de la comunicación, quizás en los rankings de profesiones más necesarias para el futuro deberíamos situar, en el top de tops, al experto en comunicación.

Porque alguien deberá separar la paja del grano o la verdad de lo que es menos mentira.

Viendo cómo la posverdad sustituye a ambas, a la verdad y a la mentira, no es un mal momento para recordar a Rafael Alberti y su poema “Nocturno” cuando dice: “siento esta noche heridas de muerte las palabras”.

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