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ENTREVISTA

Marisa Flórez, fotógrafa: “El límite de lo publicable es el respeto por la información y el morbo queda fuera de cualquier expresión gráfica”

La fotoperiodista Marisa Flórez, en una imagen de archivo.

Olga Agüero

Santander —
12 de enero de 2026 21:17 h

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La crisis había estallado en 2008. Marisa Flórez esperaba al presidente José Luis Rodríguez Zapatero para hacer una entrevista. Él pasó por encima de una grieta en la acera y ella disparó la cámara. Ahí está foto, pensó. La metáfora de que todo se resquebrajaba. La fotógrafa y editora de El País durante casi cuatro décadas también estaba allí cuando Rafael Alberti y Dolores Ibárruri, La Pasionaria, bajaban las escaleras en el Congreso, cuando Manuel Fraga se durmió en el escaño después de una noche en vela de negociación política o mientras retrataba el silencio en el impresionante duelo del entierro de los abogados laboralistas de Atocha.

Testigo de la Transición política desde la dictadura a la democracia y de la historia reciente de España, Flórez creció viendo cine con su abuela, y de ahí nació su vocación por la fotografía. La veterana fotoperiodista llega este martes a Santander para protagonizar el segundo ciclo de referentes femeninas en la Universidad de Cantabria, con una charla que tendrá lugar a partir de las 19.00 horas en el Paraninfo, y que coincide con la exposición 'La historia revelada. Fotoperiodismo y transición española (1975-1982)' que se nutre de su trabajo gráfico.

Como autora de algunas de las fotografías más icónicas de la transición, ahora que se celebran los 50 años de la llegada de la democracia, ¿qué papel cree que jugaron esas imágenes en ese proceso democratizador?

Lo que jugaron fueron los acontecimientos, las imágenes realmente son producto de lo que estaba ocurriendo en el país. El paso del tiempo da la importancia que tienen a las imágenes, es cuestión de tiempo y los hechos que ocurrieron en aquel momento pasan a ser importantes por mil razones, han quedado congelados esos momentos en las imágenes y han pasado a formar parte de la historia de España.

¿Cuando se toma una fotografía se es consciente de la trascendencia que tiene o las imágenes van cobrando vida propia?

Claro. Yo siempre digo que en el momento de hacerlas estás trabajando, intentando que la fotografía sea primera página al día siguiente en el periódico y que realmente sea la mejor posible, que llegue al lector con toda la información que se pueda dar. La importancia o no importancia depende de que ese hecho que estás retratando cobre la importancia que le dan el tiempo y los acontecimientos posteriores.

Dice usted que hay que saber mirar, pero también escuchar a los protagonistas de las fotos...

Desde mi punto de vista, escuchar es importante siempre, en cualquier faceta de la vida, es un aprendizaje continuo y constante. Escuchando siempre sacas algo. Y más que saber mirar es que cada uno tenemos una mirada que es la que nos diferencia. Hay veces que me encantaría poder tener más información de los actos y las entrevistas que he tenido que hacer porque con más información puedes llegar más al fondo. En una entrevista me gusta poder escuchar el mayor tiempo posible, no hacer las fotos y marcharme. Procuro que me permitan estar el mayor tiempo posible, porque cuando escuchas a alguien percibes más matices en el personaje y puedes trasmitir más, siempre de una forma subjetiva porque nunca todo lo que estás viendo es lo verdadero, pero sí es verdadero lo que tú percibes aunque sea subjetivamente. Es la forma más honesta y veraz de poder trasmitir al lector lo que está ocurriendo.

Una anécdota que atestigua que le gusta escuchar es que en la entrevista con el presidente Ceausescu estuvo de rodillas medio escondida para poder hacer las fotografías.

En aquellos años, en la Rumanía de Ceausescu, fue una entrevista complicada. Iba a hacer la entrevista con el director de El País, que era Juan Luis Cebrián. En principio me dijeron: solo tres fotos. Y yo respondí: “No, por favor, permítanme estar durante la entrevista”. Al final propuse: “Mire, yo me arrodillo aquí en una esquina, no voy a molestar, no se va a notar que estoy aquí”. Y, sí, me permitieron estar durante toda la entrevista y eso me sirvió para poder hacer bastantes imágenes, poder ver de qué forma podía trasmitir lo que yo veía en él. El periodismo no es pasar por un sitio, hacer tres disparos e irte. De entrada es prepararte, aunque a veces es imposible porque no tienes el tiempo necesario o suceden acontecimientos inesperados. Pero cuando son reportajes o entrevistas más o menos en agenda el periodista gráfico, igual que un redactor, tiene que ir informado.

Cuando se entrevista a un dictador, cuando retrata a personas crueles que hacen daño a la gente, ¿el fotógrafo cae en la tentación de mostrar esa oscuridad en la fotografía?

No creo. Yo no voy a juzgar, aunque está claro es que un dictador. No es una cuestión de ir buscando a ver cómo puedo hacer lo peor que tenga este individuo. Tampoco lo contrario, en el caso de una persona que te cae muy bien. Creo que es más buscar ese perfil que tú descubres en ese personaje, algo que realmente es novedoso, no la típica foto de alguien. Buscar algo más allá de lo que se ve a simple vista.

Entre los numerosos momentos que ha retratado están algunos duros, como el entierro de los abogados de Atocha. ¿Cómo recuerda ese momento?

Es uno de los días más terribles. La noche del asesinato, el 24 de enero de 1977, que fue una de las peores noches que he pasado en mi vida a la hora de trabajar. Tremenda. Corrían listas negras de nombres, el país se jugaba mucho, se estaban viviendo unos momentos muy duros y fue un trabajo duro y con cierto miedo. Luego el entierro... Posiblemente, el que más me ha impactado. Había un silencio absoluto, una masa de gente en silencio, sin un grito en contra de nada. A la organización del Partido Comunista en ese momento le sirvió para que se dieran cuenta de que había que legalizarlo. Ese control sobre la gente y la organización ayudó mucho a la legalización del partido. Además es que eran momentos en los que ocurrían cosas completamente novedosas. Unos años donde salías a la calle por la mañana y ocurrían miles de cosas que no te esperabas y que nunca habías vivido. Fue apasionante, pero también muy duro.

Qué difícil retratar el silencio, trasmitir esa sensación en una fotografía. ¿Cómo se consigue?

Sí. Yo lo intenté. En una de las fotografías interiores el presidente del Tribunal Supremo de aquel momento, Pedro Rius, estaba sobre los féretros, estaba realmente abatido. Era una sensación general de desencanto. Fueron golpes muy duros de los que parecía que nunca íbamos a salir.

Tiene una fotografía poco divulgada de una manifestación a favor del aborto en 1977. Mientras todos los objetivos miraban a la calle, usted miraba hacia arriba. Desde una ventana se ve a dos personas mayores en su casa con el puño levantado.

Efectivamente había una manifestación en la calle y en un momento dado me fijé en el balcón de un matrimonio que estaban con ganas de participar, de estar ahí. Él levantaba el puño pero no pasaban de la ventana hacia fuera, con una sensación de cierto temor, de miedo. La fotografía retrata que había libertad para poder decir lo que piensas, pero también esa prevención porque todavía existía el miedo. Eso es lo que narra esta instantánea.

Pasaron cosas como aquellos carretes que se quedan en el Congreso durante el Golpe de Estado del 23F de los que nunca se supo... ¿Cómo lo recuerda?

Nunca tuvimos idea de qué pasó. Salvo que afortunadamente dos compañeros, Pérez Barriopedro y Hernández de León, lograron sacar los suyos. Pero el resto no. Pasados unos años yo sí que intenté averiguar dónde podían estar porque hubiera sido muy interesante. Todos los fotógrafos que estábamos allí habíamos hecho fotos, cada uno desde el lugar donde se encontraba. Si hubiéramos podido hacer una recopilación de ese material hubiera sido muy interesante. Diferente gente desde diferentes lugares haciendo el mismo momento, que es la entrada de Tejero en el hemiciclo, que era donde nosotros estábamos, encerrados para que los diputados no entraran ni salieran hasta que terminara la votación para elegir presidente del Gobierno a Calvo Sotelo. Los fotógrafos estábamos dentro, a ambos lados de la Presidencia. En los lugares que pregunté nunca nos dijeron nada. No sé si ese material fue directamente a la basura o lo velaron o desapareció. Nunca lo supe. No me dieron respuesta.

Usted ha trabajado como editora gráfica. ¿Cuál es el límite de lo publicable y lo que no lo es? ¿Se ha censurado en alguna ocasión?

El límite de lo publicable es el respeto por la información y el morbo queda fuera de cualquier expresión gráfica. Y el respeto por el periodismo, por la información y por el periodismo. Fotografiar para dejar en ridículo o molestar a alguien, para manipular, no es periodismo, es otra cosa. Pero hay guerras, hambre y muerte. No todas las informaciones que nos toca hacer son el baile de Montecarlo. Pero una cosa es infomar de una forma veraz, con la verdad por delante, y otra el respeto por la fotografía. Por muy dura que sea la información no tiene por qué haber censura. Susan Sontang decía que una fotografía que muestra algo terrible puede ser igualmente bella. La violencia, el crimen, el terror... se pueden publicar e incluso tienen una extraña atracción estética. Con verdad y respeto puedes publicar cualquier imagen.

¿En la tragedia del 11M se evitaron las imágenes más duras?

Yo estaba trabajando para El País y en ese momento me llegaron imágenes impresionantes y que dimos en exclusiva. Una de un compañero fotógrafo, Pablo Torres, de aquel tren que estaba llegando a la estación. Él iba en otro detrás y pudo hacer la fotografía. Hubo otra de un tren que estaba ya dentro de la estación. De ese tren nunca he visto una imagen. Nada más que dos rollos de diapositivas que me llevó una persona que quería que se publicasen sin su nombre. No quería notoriedad. Las vi y eran tremendas. Era tan espantoso, los cuerpos por las ventanillas hacia afuera, que era simplemente el horror y solo pudimos publicar una. Podría ver esa imagen un familiar sin saber que esta persona había fallecido. El respeto es fundamental. Esté vivo o muerto es una persona. Es de las imágenes más duras que han pasado por mi mesa de trabajo.

En tiempos de desinformación y con las herramientas de la Inteligencia Artificial dispuestas a alterar o inventar nuevas realidades, ¿cómo puede defenderse la fotografía de los filtros, los selfies y la IA? ¿Cómo podremos distinguir una foto real de una falsa?

Es complicado. La IA no es que sea el futuro, es que está ahí. Pero sigo pensando que las máquinas de fotografía han cambiado muchísimo, se pueden hacer maravillas, pero todavía el ojo humano es capaz de captar matices e imágenes y de ver matices, cosas que enseñan algo y, sobre todo, es capaz de trasmitir sentimientos. Es como un cuadro. Una imagen tiene que trasmitir emociones y eso espero que durante mucho tiempo sea patrimonio de quien está detrás de una cámara. Eso es fundamental para el espectador, para el lector, para quien la mira. La perfección no es ni la belleza ni la verdad. Hacer cosas cada vez más perfectas no tiene nada que ver con un trabajo donde buscas trasmitir verdad, sensaciones.

Ahora todos los ciudadanos llevan en el bolsillo un teléfono con cámara de fotos. ¿Todo contenido visual de Instagram y de redes se puede llamar o considerar fotografía?

Me parece maravillosa la socialización de la fotografía y que todo el mundo sea capaz de hacer fotos y disfrute. Pero un fotógrafo no es una persona que tiene un teléfono móvil. Yo también puedo cantar y eso no significa que sea cantante. No tiene nada que ver. La fotografía es una profesión y el fotógrafo un profesional. Otra cosa es alguien que disfruta y lo pasa bien teniendo recuerdos en una cámara y hay algunos buenísimos. Pero un fotógrafo es alguien que vive de esto, que es capaz de transmitir. Es una forma de vida el ser fotoperiodista. Una elección.

Una elección que, en su caso, siendo mujer, era poco frecuente cuando empezó a trabajar en prensa. ¿Se ha encontrado mayores dificultades?

Yo no he tenido nunca mucho problema, pero era una sociedad muy machista. Había lugares institucionales o lugares públicos donde decían: “¿Dónde va usted?”. Pues a hacer fotos, estoy acreditada. “Es que aquí no entran mujeres”, decían. “Bueno, pues entonces mañana no saldrá esta información en mi periódico”. Entonces ya se lo planteaban de otra manera. Soy una profesional que represento a un medio. Lo bueno que he tenido es que en los medios que he trabajado siempre han respetado eso y no ha ocurrido que alguna vez que alguien ha dicho que yo no puedo ir hayan mandado a un fotógrafo que sea hombre. Han dicho: “No se hace”. Y eso es fundamental. Cuando te respetan a ti es fácil que se vayan abriendo puertas. A nivel de compañeros no se me ha planteado nunca ningún conflicto.

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