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El río Tajo en la memoria colectiva de Toledo: “Allí aprendí a nadar y hoy es un asco”

Carmen Bachiller

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Soledad Mena García-Tenorio aprendió a nadar en el río Tajo a su paso por Toledo capital. “Recuerdo nadar en la zona de Safont y ver saltar a los peces”, añade Jorge Manuel Miranda Encina. El también aprendió a nadar en este río con ayuda, eso sí, de unas “calabazas”, los manguitos de la época que permitían flotar.

Otros vecinos de Toledo como Fernando Alonso Aranda nunca se llegaron a bañar en el río. Había respeto a los remolinos de algunas zonas. “El río se ha llevado muchas vidas por delante. Cuando era pequeño, en la zona de La Incurnia, rara era la semana que no había algún muerto”. Es algo que también recuerda vivamente José Luis Alonso.

Un documental recoge las vivencias de seis toledanos que crecieron en torno a un río Tajo limpio en cuyas riberas abundaban los huertos, repleto de batanes y molinos y en el que abundaban los peces. “Había incluso anguilas y eran el pez más valioso. Era exquisito. Lo vendíamos a los ricos que vivían en los Cigarrales”, recuerda Alejandro Gómez Bonilla, un maestro jubilado que jugaba “entre las cañas”.

Cuentan que el río era “una maravilla” entre 1950 y 1970. Incluso que en aquellos años hasta había “un peculiar estilo de natación. Decían que nadábamos a cuchillo. Yo lo hacía”, comenta Jorge Manuel Miranda entre risas.

A mediados del siglo XX el río Tajo estaba ligado al desarrollo económico de Toledo gracias al aprovechamiento de las fincas agrícolas y ganaderas junto a su cauce, a las huertas o a los elementos hidroeléctricos. También fue un complemento sustancial en las economías más pobres: aguadores, explotación de los gangos (merenderos), e incluso la pesca.

La familia de Alejandro Gómez Bonilla vivía, en parte, del río. “Nosotros éramos muy pobres. La pesca nos ayudaba a comer. Pasábamos mucho rato pescando. Teníamos licencia para dos cañas, aunque hacíamos trampas haciendo cuerdas con anzuelos. Por necesidad. Sacábamos dinerito vendiendo pescado del río en las tabernas como La Teja, Casa Pedro... Había unas tapas extraordinarias”. “Recuerdo los peces frititos que se hacían. Con sal y vino”, añade José Luis Alonso.

Pero el río fue mucho más. Sirvió para articular relaciones familiares y sociales peculiares, fue lugar de ocio y esparcimiento, generando cientos de recuerdos que van desapareciendo. “Uno de los más bellos para mí es el manantial que había aguas arriba del arroyo de la Degollada. Era un agua limpia que vertía al río”, relata Fernando Alonso Aranda.

Adoración Díaz Guerra del Viso cuenta que su hermana vivía en París. “Venía en agosto todos los años”. Ella misma conoció a su marido en el río. “Le vi y dije... ¡Este no se me escapa!”.

Hoy la relación de los toledanos con su río es bien diferente, aunque hay “sufrimiento cada vez que aparecen las espumas” y al mismo tiempo quizá también algo de indiferencia porque la contaminación se ha normalizado. Hasta que se ha dicho basta. De ahí que haya surgido un movimiento social para recuperar el río.

“A finales de la década de los 50, el Tajo podía considerarse un río que se comportaba igual que los del resto de la parte central de la península ibérica: todavía  no había grandes embalses, no había apenas contaminación ”, señala Beatriz Larraz, directora de la Cátedra del Tajo-UCLM-Soliss en el documental.

En aquella época prestaba servicios ecosistémicos que permitían a la gente disfrutarlo. Hasta que en 1972 la contaminación por el desarrollo industrial en Madrid provocó la prohibición del baño en el Tajo.

Tras más de dos años, la Cátedra del Tajo UCLM-Soliss ha concluido una investigación para recuperar la memoria colectiva de Toledo en torno al río. Lo ha hecho recuperando los testimonios de las personas que pudieron disfrutar en su juventud del río Tajo en un buen estado de conservación y que fueron testigos de su degradación a partir de los años 70 del siglo pasado.

El estudio desarrolla un relato narrativo individual y colectivo “para comprender mejor la relación entre la sociedad y su medio natural” en la segunda mitad del siglo pasado. A través de métodos de investigación cualitativos, ha contado con entrevistas en profundidad a 20 personas.

Se trata de una novedosa investigación sociológica de la que forma parte el documental y que acaba de ser publicada en la revista estadounidense Society & Natural Resources. Ha sido realizada por un equipo interdisciplinar, perteneciente a los departamentos de Sociología y Economía Aplicada de la Universidad de Castilla-La Mancha y de la Universidad de Sevilla, compuesto por Marta Aguilar, José María Bleda, Beatriz Larraz y Raúl Urquiaga.

Una de las conclusiones más importantes del estudio es “la fuerte influencia que tuvo el río Tajo, como patrimonio natural bien conservado, en la socialización y emociones de la sociedad toledana de aquellos años”, según ha explicado la directora de la Cátedra del Tajo-UCLM-Soliss, Beatriz Larraz. 

“Hoy el río no puede ya ser disfrutado igual. Era un río vivo en contraste con el río muerto, contaminado e insalubre de hoy”, lamentaba. “Un medio ambiente saludable hace mejor la sociedad”, apostillaba Raúl Urquiaga, investigador de la cátedra y director del documental durante la presentación de los resultados.

El objetivo tanto de la investigación como del documental es divulgativo y pretende también “influir en las políticas locales” y generar debate. Larraz cree que “hay fórmulas para recuperar el buen estado ecológico del Tajo: la mejora de la depuración en Madrid es fundamental. Y no solo en Madrid, todas las del Tajo medio”. Después, la investigadora subraya la necesidad de “tomar medidas respecto al trasvase Tajo-Segura”.

“Hay que reflexionar y actuar para recuperar el río. Y es importante que la universidad se haya implicado. No hay que rendirse, lo vamos a conseguir”, dice Alejandro Gómez Bonilla. No ha perdido la esperanza, a pesar de que entre sus recuerdos está “la catástrofe cuando aparecieron los primeros peces muertos”.

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