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CATALUNYA

La alianza europea entre Convergència y el PNV que sobrevivió al plan Ibarretxe pero no al procés

Los nacionalistas vascos confirman que se presentarán sin sus aliados catalanes después de que el procés haya volado también los puentes entre Barcelona y Vitoria

La alianza de Galeusca en 2004 supuso un hito en la constitución de un bloque unitario del nacionalismo periférico, en pleno plan Ibarretxe

El entorno de Puigdemont se sientió traicionado por el lehendakari cuando intermedió en la crisis de octubre y las relaciones nunca se recuperaron

Urkullu, en una visita institucional al Palau de la Generalitat

El lehendakari Urkullu se reunió con el Govern de Puigdemont en varias ocasiones durante octubre de 2017 IREKIA

El nacionalismo de centro-derecha vasco y catalán concurrirá por separado a las elecciones europeas por primera vez en lo que va de siglo. El PNV ha certificado este jueves su preferencia por formalizar una candidatura propia, junto a sus socios canarios, después de conocer las intenciones de JxCat en el Parlamento Europeo. Se pone así punto final a una fórmula exitosa durante 15 años, desde que CiU, PNV y BNG resucitaran en 2004 la vieja marca de Galeusca para las elecciones europeas. Una alianza que sobrevivió al plan Ibarretxe pero que no ha resistido el procés.

El giro hacia el independentismo unilateral que los herederos de Convergència han realizado durante los últimos años han dinamitado cualquier puente entre el Palau y Ajuria Enea. Mientras el PDeCAT ha tratado de mantener un hilo de comunicación con la dirección de Andoni Ortuzar, Carles Puigdemont ha impuesto unos nombres y prioridades a las listas europeas que han alejado definitivamente a los vascos de su lado. Ninguno de los tres socios originarios de Galeusca comparten ya proyecto y, dentro de lo que cabe, el divorcio ha sido amistoso, pues esperan colaborar tras las elecciones.

El origen de la moderna Galeusca se remontan al año 1998, en la primera legislatura de José María Aznar, cuando CiU, PNV y BNG firmaron la Declaración de Barcelona para dar por agotado el Estado de las Autonomías por la incapacidad de avanzar hacia un estado plurinacional. En aquella carta pueden rastrearse los principales elementos que vertebrarían la política española durante la siguiente década, entre ellos el plan Ibarretxe, la reforma del Estatut o el proyecto de "España plural" que defendió José Luís Rodríguez Zapatero.

Lo que nació como una coincidencia estratégica puntual entre los proyectos de los tres grandes nacionalismos periféricos, en 2004 acabó convirtiéndose en una alianza electoral. El joven líder vasco Íñigo Urkullu firmará con el entonces secretario general adjunto de CiU, Pere Macías, un acuerdo que incluía a la BNG de Anxo Quintana para ir juntos a las elecciones europeas.

Sin obtener unos resultados brillantes, ya que los gallegos perdieron su escaño, la suma sí funcionó para sobrepasar la barrera del 5% estatal, que ya no perderían en las siguientes dos elecciones, cuando acudieron como Coalición por Europa, ya sin el BNG pero incorporando a Coalición Canaria o el Partido Andalucista. Los dos diputados conseguidos en 2004 fueron Ignasi Guardans, por CiU, y Josu Ortuondo por el PNV.

El desierto de Aznar y las reformas estatutarias

La alianza entre CiU y el PNV, más allá de la marca electoral conjunta en las europeas aprovechando la circunscripción única, funcionó como un espacio de colaboración entre los nacionalismos hegemónicos en Euskadi y Catalunya en un momento especialmente complicado para ambos. En la entrada del siglo, tanto CiU como el PNV vieron como en Madrid hacía fortuna el proyecto centralista de un Aznar con mayoría absoluta, lo que espoleó las modificaciones estatutarias que comenzaron a fraguarse en ambos territorios.

Estos proyectos reformistas, que ya veían de la etapa anterior, vieron en la victoria de Zapatero posibilidades de éxito. Los vascos apostaron por el plan Ibarretxe, un texto maximalista que se proponía a sí mismo como fruto del ejercicio de la autodeterminación de los vascos. En el Parlament de Catalunya, en cambio, las fuerzas que estaban por la reforma estatutaria apostaron por ampliar el margen autonómico sin llegar a invocar la autodeterminación ni abrir un debate sobre la secesión.

Pese a las diferencias entre los proyectos, la alianza de las derechas vasca y catalana sirvió para brindarse apoyo mutuo. El plan Ibarretxe acabó rechazado en febrero de 2005 con un sonoro portazo del Congreso, que no permitió ni que fuera tramitado. El Estatut, en cambio, todavía se mantendría unos años más, aunque recurrido en el Tribunal Constitucional. Pero, para las elecciones de 2009, la guerra que se llevaba a cabo entre los partidos en el seno del TC ya presagiaba una sentencia final que recortaría el texto.

Mientras en Euskadi sectores del PNV comenzaban a dar la espalda a Ibarretxe, que acabaría perdiendo el Gobierno ese año gracias al pacto en su contra de PSE y PP, el sentimiento de agravio en la sociedad catalana crecía. Para las siguientes elecciones, la coalición europea apostaría por un perfil de claro perfil soberanista, Ramón Tremosa, que sobreviviría dos mandatos junto a Izaskun Bilbao, a quien no se le coloca en el ala más independentista del PNV. 

El abismo tras la intermediación de Urkullu

Las diferencias entre CiU y el PNV han convivido sin problemas en su alianza europea pese a los múltiples bandazos que ambas formaciones han dado a lo largo de 15 años. Plan Ibarretxe, reforma del Estatut, segunda legislatura de Aznar, las dos de Zapatero y la vuelta de Rajoy al Gobierno en plena crisis económica. Pero el procés independentista catalán ha sido, para el conjunto del nacionalismo periférico, un terremoto mucho mayor que ninguna de esas cosas.

Si la alianza de Galeusca en 2004 supuso un hito en la constitución de un bloque unitario para el nacionalismo, el procés ha dinamitado CiU hasta hacer desaparecer a ambos de los partidos federados, Unió primero y Convergència después. El volantazo hacia el independentismo unilateral que la rama central del nacionalismo catalán ha experimentado bajo la batuta de Carles Puigdemont ha dado un golpe definitivo al proyecto de unidad.

El PNV no pasa por su momento de mayor sensibilidad independentista, y la elección como candidatos de los presos, que tendrán importantes dificultades para recoger el acta, choca con el pragmatismo por el que el partido hace años que apuesta.

Pero el desencuentro más profundo entre ambas formaciones se produjo a raíz de la intermediación que llevó a cabo el lehendakari Íñigo Urkullu en los meses más álgidos del procés. Aunque el presidente vasco actuó a petición del propio Puigdemont, quien le reclamó ayuda para poder entablar un diálogo con la Moncloa, finalmente ambos políticos acabaron chocando la mañana del 27 de octubre de 2017, cuando Urkullu no pudo ofrecer garantías de que el Senado no aplicaría el 155 si Puigdemont aceptaba convocar elecciones. En el Palau consideraron que el PNV había jugado a dos bandas y se sintieron traicionados.

Por su parte, el entorno del lehendakari siempre ha negado que los de Puigdemont tengan razones para sentirse así. De hecho, tras su declaración como testigo en el juicio del procés, Urkullu depositó un importante legajo documental en el monasterio de Poblet, uno de los puntos neurálgicos de la intermediación, con más de 300 archivos sobre su participación en las conversaciones.

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