El “trumpismo independentista” preocupa al soberanismo de izquierdas

Manifestantes queman tres sillas, en representación de ERC, Junts y CUP tras la manifestación por el 5º Aniversario del referéndum del 1-O

Arturo Puente


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Se ha convertido en un tema recurrente en conversaciones casuales, reuniones más formales e incluso en documentos de trabajo entre los partidos y organizaciones independentistas escoradas hacia la izquierda. La preocupación creciente es que la existencia de un “trumpismo catalán” en las filas soberanistas ha dejado de ser solo una acusación interesada de sus rivales, para convertirse en un peligro tan real como serio.

Lecciones del 'trumpismo'

Lecciones del 'trumpismo'

En formaciones como ERC, la CUP o incluso en Òmnium ven con mucha preocupación cómo en los últimos meses, sobre todo desde el verano, se ha hecho fuerte entre una parte de las bases independentistas un discurso que combina elementos de populismo, antipolítica y falsedades que ha supuesto un aumento de la agresividad, tanto en las redes sociales como en la calle.

“Utilizan una retórica al más puro estilo de Donald Trump y los medios de su cuerda como la Fox”, resume una cara conocida del entorno de la Esquerra Independentista, que no tiene empacho en señalar a dos actores muy concretos: la presidenta de Junts, Laura Borràs, y la ANC. Ambos representan los sectores del independentismo que con más fuerza han abrazado una actitud que describe como “tóxica y matona”. Y puntualiza: “Hablo de Borràs y sus seguidores, no de todo Junts, donde me consta que también hay gente preocupada por lo mismo”.

La cuestión ha ascendido tanto en la escala de preocupaciones que ha sido tratada en espacios de coordinación. En la ronda de contactos con partidos y entidades que mantuvo tras la salida de Junts del Govern, el president Pere Aragonès mostró en privado su alarma por las actitudes de algunos de estos grupos. El jefe del Ejecutivo se refirió, por ejemplo, al acto de conmemoración del referéndum del 1 de octubre organizado por el Consell per la República, donde Carme Forcadell fue abucheada. Hechos como este, opinó el president, están haciendo imposible la unidad del independentismo en la calle y eso lo debilita a todos los niveles.

Pero Aragonès no ha sido ni el único ni el primero en exponer este temor. Ya en el mes de septiembre, días antes de la Diada, desde Òmnium Cultural hubo un toque de atención por canales internos hacia la ANC, a quienes advirtieron que, si bien la crítica a los partidos es legítima, el mensaje debía alejarse de derivas populistas y tratar de ser integrador con el conjunto del independentismo. El manifiesto presentado por la Assemblea para la manifestación llamaba a “dejar los partidos atrás”, era abiertamente crítico con la estrategia de diálogo de ERC y cargaba contra el “autonomismo” que imputaba al Govern.

Diagnóstico de las organizaciones

Desde ERC, la CUP y Òmnium coinciden en manifestar su preocupación por la deriva que ha tomado una parte del independentismo, pero cada una de ellas tiene un diagnóstico particular. “La carencia de un horizonte y una hoja de ruta clara en el movimiento independentista genera frustración, desánimo, desafección. Esta situación, que lleva cinco años produciéndose, en medio de batallas partidistas entre ERC y Junts, es terreno abonado para la extrema derecha”, afirma una fuente de la CUP.

Desde la formación anticapitalista subrayan que el fenómeno ocurre principalmente en las redes sociales, pero destacan que, desde el mundo virtual, tiene efectos concretos en la realidad. “Se promueven campañas de acoso contra personas, partidos y organizaciones y se alimenta de teorías de la conspiración a golpe de fake news”, destacan.

Por su parte, desde Òmnium son cuidadosos y evitan el término “trumpismo”, para hablar de forma más amplia de “antipolítica”. “Nos preocupa mucho la deriva antipolítica”, indica una voz de la organización. “Por un lado, por todo lo que es Vox y toda la extrema derecha española, y por otro lado, por la deriva antipolítica que hemos visto en los últimos meses, sobre todo en la ANC, cuando empiezan a decir que hay que cargarse los partidos”, afirma. “Nos preocupa que haya dentro del independentismo quien quiera hacer este discurso, porque la línea es muy fina y se caen en derivas populistas e incluso se puede dar alas a la extrema derecha, también a la catalana”.

Desde Òmnium comparten en cierta manera la preocupación de la CUP sobre la necesidad de enfocar nuevos objetivos independentistas. “Estas derivas se combaten actuando; por ejemplo nosotros hemos lanzado campañas por la lengua, sobre la defensa de los derechos fundamentales, hemos creado la escuela de formación Guillem Agulló…”, enumeran fuentes de Òmnium, que remachan que su objetivo no es “sustituir a los partidos ni ocupar espacios de otros” sino que “cada uno haga su trabajo”.

Desde Junts tienen una visión muy crítica respecto al empleo del término “trumpista”. “La acusación de trumpista referida a cualquier partido democrático independentista es inaceptable y demuestra un profundo desconocimiento de la realidad política catalana. Es una manera de banalizar un fenómeno político preocupante, arraigado en EEUU, pero que en Europa tiene su versión con la extrema derecha y el populismo, que socava el fundamento de las sociedades democráticas”, afirman fuentes de la formación.

“El populismo no es patrimonio de la derecha ni de la izquierda y puede ser tanto trumpista como chavista”, añaden estas mismas fuentes de Junts, que afirman que “quien traslada estos parámetros a la política catalana, sólo puede hacerlo desde la ignorancia o la mala fe”. Desde el partido consideran además que la acusación debe ser dirigida hacia el Estado. “La democracia en Catalunya necesita fortalecerse, sobre todo ante la involución de derechos impulsada por España y su alta magistratura tras el referéndum del 2017”, indican, sin referirse a las voces dentro del independentismo que señalan a su presidenta.

Una espiral cada vez más tóxica

La acusación de que el independentismo alberga actitudes que son la traducción al catalán del trumpismo norteamericano o el populismo de derechas europeo no es nueva. Ya en el año 2016 autores como Joaquim Coll o, más recientemente, el historiador Steven Forti habían señalado esta posibilidad, generando controversia y respuestas en las redes sociales. Pero, hasta el momento, la mayoría de acusaciones en este sentido habían llegado desde personas con posiciones de entrada más o menos contrarias al independentismo, no desde las propias filas.

Eso ha cambiado en los últimos tiempos, a la vez que la espiral tóxica ha aumentado. Uno de los puntos de inflexión ocurrió en julio pasado, cuando el Parlament suspendió a Laura Borràs como presidenta debido a su juicio por corrupción. Durante esas jornadas hubo insultos racistas contra una diputada de ERC que viste pañuelo hiyab por parte de un grupo de manifestantes que daba apoyo a Borràs a las puertas del Parlament.

La temperatura en la calle de algunos grupúsculos fue en aumento. Muy comentado fue el quinto aniversario de los atentados de la Rambla, cuando unas decenas de personas reventaron el acto de recuerdo e incluso se encararon con las víctimas. Pero uno de los días en que reinó más la sensación de que una parte del movimiento se había escorado hacia posiciones irreconciliables fue el quinto aniversario del 1-O, cuando en el acto organización por el Consell per la República decenas de personas de entre el público abuchearon a Carme Forcadell al grito de “traidora” cuando tomó la palabra. El presidente de Òmnium, Xavier Antich, también recibió insultos por parte de los concentrados en una jornada que algunos de los presentes describen como “la más tóxica”.

Una espiral similar ha ocurrido alrededor del caso Dalmases, episodio que se inició con la bronca a gritos del diputado de Junts a una periodista del programa FAQs de TV3. Este caso ha supuesto la dimisión como vicepresidente de Junts del diputado implicado, pero también, capítulos como el hostigamiento a periodistas a través de las redes o incluso la creación de un perfil falso de una supuesta periodista que fingía salir a defender a Dalmases y su entorno de forma espontánea. Esta última técnica es conocida como 'astroturfing' y, como técnica de manipulación, ha sido empleada con frecuencia por los partidarios de Trump.

Laura Borràs, bajo el foco

Además de ser miembro de la Ejecutiva de ERC; Raül Romeva es una de las voces más escuchadas en el partido. El que fuera el hombre más cercano a Oriol Junqueras durante su etapa en la prisión está acabando un libro con el título de “Idiota. Un breve tratado sobre el respeto”. “La tesis es que la mayoría de la divisiones y discusiones que vivimos solo pueden ser superadas mediante el respeto”, afirma Romeva. “El trumpismo se dedica a generar un clima de tensión y crispación a través de mensajes simples y mentiras, con el objetivo de controlar determinados marcos mentales. Y esto va mucho más allá del independentismo, ocurre en toda la sociedad, ha ocurrido en muchos momentos de la historia y es un clásico en todos los movimientos”, afirma.

Aunque Romeva prefiere hablar del fenómeno en general, reconoce que en el independentismo hay algunos rasgos que encajan perfectamente con su descripción. “En el caso de Laura Borràs, es muy evidente que se han metido en una tela de araña donde, para alimentar el mantra de que los demás lo hacen mal y que son unos traidores, has tenido que dar a entender que tú lo harías muy diferente. Pero eso se destapa como una mentira cuando llega el caso Juvillà [diputado de la CUP al que suspendió por orden del Supremo]”.

“Cataluña no llora por ti, Laura Trump”, tituló en julio el escritor Jordi Amat una columna en El País en la que repasaba la caída de Borràs como presidenta del Parlament. “Lo que me pareció definitivo para calificarla de trumpista fue aquella rueda de prensa, donde llegó a negar la legitimidad democrática del Govern Aragonès. Yo me preguntaba: ¿llegará hasta aquí? Y sí, llegó. Negar la legitimidad es la piedra de toque, creo”, afirma en conversación con este diario.

Según relata Amat, hay más rasgos que responden al perfil trumpista. Uno de ellos es utilizar la institución, en este caso el Parlament, “como escudo de defensa ante una investigación judicial” sin relación con su cargo. Y aún hay otra más clara si cabe: el uso de las redes sociales. “Borràs utiliza Twitter para crear y fidelizar una comunidad a la que premia con interacciones cuando proyecta su odio contra los otros. Eso es puro manual trumpista”, afirma.

Con todo, el escritor asegura que, en referencia a ciertas bases independentistas, él siempre las ha visto más cercanas a otra corriente política norteamericana. “Si hablamos de una comunidad que vive procesos de politización al margen de los partidos, con lazos muy fuertes y muy movilizada y con cierta tendencia a la anti-política, eso a mi siempre me ha recordado mucho al Tea Party”, apuntilla Amat.

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