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Caña y cuerda: la nueva arquitectura sostenible

Aula de agricología en Benidoleig.

Esperança Costa

Hasta bien entrado el siglo XX, en buena parte de las viviendas tradicionales del Mediterráneo peninsular se utilizaba la caña común, sobre todo en los cielos rasos o falsos techos, pero este modesto elemento constructivo pasó a la historia con la llegada de los nuevos materiales de la arquitectura industrial. Sin embargo, la gran crisis económica iniciada en 2007 dio un vuelco a esta situación. Varios colectivos e investigadores se fijaron en la caña para darle una nueva vida. Así, ha pasado de ser un material complementario y secundario a protagonizar muchas construcciones singulares. Tres jóvenes arquitectos técnicos de La Font d’en Carròs y Bètera crearon la cooperativa Econstrucció, tras casi una década investigando, experimentando y levantando estructuras de caña que resultan ser no solo más sostenibles sino también más económicas, resistentes y que además permiten un diseño muy llamativo.

Josu Millet, Lluís Contreras y Marc Fuster, son autores, por ejemplo, de umbráculos como los del Parc de Benarrai en Ontinyent, el Mirador del Serpis en Gandia, el aula de la Natura en la Escola Gavina de Picanya o la fabulosa pérgola del Hotel Les Rotes de Dénia, su primer encargo privado. Su formación en bioconstrucción comenzó en 2010 durante sus estudios de Arquitectura Técnica, en un taller organizado en Paterna por la Universitat Politècnica de València, orientado a reciclar a los trabajadores de la construcción en plena crisis del sector.

Allí entraron en contacto con colectivos que empezaban a divulgar el uso de la caña como material protagonista en la construcción, como los catalanes Canya Viva, considerados como los introductores y perfeccionadores en laboratorio de esta técnica en España, o Investigació Canyera, creado en 2011 por estudiantes de la asociación ESFA (Espacio Social y de Formación de Arquitectura) y vinculados a la cooperativa Voltes de Barcelona.

Econstrucció pasó de la experimentación a la profesionalización. “El gran salto lo dimos en 2015, cuando el ayuntamiento de Ontinyent nos exigió que el mirador del parque público de Benarrai tuviera el visado del Colegio Oficial de Arquitectos”, explica Josu Millet. Se constituyeron en cooperativa y lograron el visado del proyecto. Un hito para estos tres jóvenes emprendedores.

“Convertir un material secundario como la caña en elemento estructural se consigue tensándola, llevándola al límite, a su máxima flexión. Por eso trabajamos con curvas, con arcos, que es la figura base, llegando a su máxima potencia, lo que nos permite construir figuras que con otros materiales sería muy complicado y caro. El resultado es una estructura que denominamos ‘cesta gigante’ a base de fibras, muy flexible pero muy resistente”, afirma.

Materiales “pobres” para colectivos sociales

Los materiales son simples, abundantes y económicos: caña común (su nombre científico es Arundo donax) cortada cuando llega a su crecimiento óptimo (y si puede ser, en luna menguante de invierno), cuerdas de esparto, arcilla, y otros materiales reciclados como goma de neumático usado para proteger y asegurar la base en el suelo. “Todo el proceso pasa por nosotros: diseñamos, recogemos el material excepto la cuerda, que la compramos, y construimos las estructuras. No dependemos de nadie”. Pero la construcción de las estructuras requiere de mucha mano de obra, como todo proceso artesanal. Por ello, esta técnica constructiva está muy ligada al uso público y a colectivos con una amplia base social que necesitan crear espacios con escasos recursos económicos.

De esta forma colectiva se pudo construir, por ejemplo, el Mirador del Serpis en Gandia. “Desde el ayuntamiento proporcionamos 6.000 cañas recogidas por las brigadas municipales de la desembocadura del río”, explica el concejal de Gestión Responsable del territorio, Xavier Ródenas, “y con Econstrucció organizamos talleres de bioconstrucción para los alumnos del taller de empleo de Sendes urbanes y para todos los que quisieran participar”. La pérgola se construyó a finales de 2015 con la participación de todos los alumnos y en los próximos 23 y 24 de marzo se impartirá un nuevo taller cuyo resultado final será la restauración de la estructura. En Paterna, Econstrucció realizará otro taller de bioconstrucción organizado por el Colectivo de Jóvenes de la Coma. Otras empresas como Okambuva, de Sagunt, también levantan estructuras e imparten talleres formativos aunque más centrados en la construcción con balas de paja y caña.

“Generar espacios con materiales económicos es el futuro. La caña es un material viable”, asegura Millet. “Además, resulta muy atractivo porque cualquiera con conocimientos de esta técnica puede llegar a la autocontrucción de espacios como invernaderos, recintos para animales, etc.”. El precio de estas estructuras varía desde los 200 a los 500 euros por metro cuadrado. La caña en interiores no necesita ningún mantenimiento, pero en el exterior, como cualquier otra madera o fibra vegetal, cada cierto tiempo necesita que se nutra y proteja con aceite de linaza y otros barnices naturales, así como de pequeñas restauraciones.

La paradoja de la caña

La caña común (Arundo donax) es una planta exótica muy difícil de erradicar, incluida entre las 10 mayores plantas invasoras del planeta. Presente en gran parte de los cauces de la Península Ibérica, es en la vertiente mediterránea donde está creando problemas de muy difícil solución, especialmente en los ríos y barrancos de régimen mediterráneo, de marcado estiaje, donde el agua solo discurre en época de lluvias. En ellos, las cañas lo invaden todo. A su gran capacidad reproductora y regenerativa se suman otros inconvenientes: su presencia amenaza y llega a eliminar el bosque de ribera autóctono, y además consume un 47,3% más de agua que éste, por lo que influye negativamente en el caudal de los ríos. Un estudio realizado en el río Serpis en 2018 calculó que la Arundo donax consume el 1,15% del caudal ecológico necesario.

La paradoja es que, siendo una planta invasora, la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) prohíbe coger las cañas de los cauces sin pasar por un largo proceso burocrático. “Para cortar cañas necesitas pedir un permiso y pagar un canon, un trámite muy farragoso y obsoleto, cuando la propia CHJ la considera una planta a erradicar”, señala Millet.

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