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El beso

Alfonso Grau dimite como vicealcalde de Valencia tras el procesamiento por Nóos

Chus Villar

Pena que esta imagen haya llegado el 16 de marzo. De haberse producido antes, podría haber inspirado el monumento fallero municipal. Ya lo veo, como si lo tuviera delante: las dos imponentes figuras erigiéndose hacia el cielo, llenando de majestuosidad la Plaza del Ayuntamiento. Ese sublime instante que precede al beso congelado en poliuretano provocando el sobrecogimiento de los atónitos visitantes, emocionados en su insignificancia ante tan magna escultura.

El artista fallero hubiese sustituido sin dudarlo estos dos egregios bustos por el león del Congreso esculpido este año. Al fin y al cabo, queda muy solitario ese felino separado de su congénere, acostumbrados como estamos a verlos juntos guardando cada día las puertas de nuestro parlamento. Mucho más realista la estampa de estos dos leones políticos, unidos en lo bueno y en lo malo, con sus melenas rizadas y un talante siempre dispuesto al rugido.

“El beso”, hubiese titulado Manuel García su espléndida obra, y nada hubiese tenido que envidiar a la de Rodin. Mucho más comedida ésta, menos explícita, más connotativa, más insinuadora… Aquí no se derrocha pasión infructuosa… Aquí las esculturas se expresan sin hablar: “Sé fuerte, Alfonso... Y sobre todo, no tires de la manta”.

Y mientras arriba reina con fastuosidad esta alegoría sobre el hombre víctima de las intrigas socialistas, abajo, las tradicionales escenas falleras acompañando al tema central, cada una con su letrerito: un Fabra exultante, en jarras, con la mirada altiva (“¿Veis como existen líneas rojas? Cada cual que las escoja”); un reportero gafapasta micrófono en ristre (“¿y no llega mal y tarde el asunto?, no se enfade, sólo pregunto”); un Floriano repeinado con gesto condescendiente (“Pero, hombre, la dimisión es personal y cada caso distinto, o es que se cae usted de un guindo?”). Unas gaviotas populares sobrevolando a los ninots hablan entre sí (“Grau no dimite, hermanas, se va ¡porque le da la gana!”)… Y en una esquinita, asomas el rostro ruborizado de un Churchil escondido tras su sombrero: “¿Y a mí por qué me meten en esto? ¡Ni descansar dejan al muerto!”.

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