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Opinión - Valentía en tiempos de guerras. Por Rosa María Artal

La dictadura franquista, el mayor refugio europeo de criminales nazis: “Parte de la documentación se hizo desaparecer”

El líder fascista belga Léon Degrelle, en su finca sevillana de La Carlina.

Lucas Marco

València —

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La España del general Francisco Franco se convirtió en un auténtico paraíso para nazis y fascistas de varias nacionalidades que se escondieron después de la Segunda Guerra Mundial. “No creo que nada importante a este respecto se decidiera sin el conocimiento de Franco, atendió peticiones concretas de personas que le habían ayudado en el pasado y aceptó que sus ministros y otros cargos dieran protección a conocidos y personas que habían prestado servicios a la causa o que podían seguir prestándolos en tareas económicas, policiales y de espionaje”, explica a elDiario.es el historiador José Luis Rodríguez Jiménez (Madrid, 1961), autor de Bajo el manto del Caudillo. Nazis fascistas y colaboracionistas en la España franquista (Alianza Editorial, 2024), resultado de tres décadas de minuciosa investigación en archivos de varios países.

El investigador ha escrito una de las obras más completas sobre los dirigentes y colaboradores del Tercer Reich que se instalaron en el paraíso franquista, protegidos por los sectores fascistas de la dictadura y usados durante décadas en el tira y afloja diplomático, especialmente con Francia y Bélgica, a cuenta de las actividades políticas del exilio republicano. Un trabajo complejo a tenor del secretismo de muchas de las operaciones para dar refugio a esta colección de criminales nazis y de las dificultades para acceder a determinada documentación sensible. “Es complicado encontrar información, falta documentación en archivos españoles porque determinadas actuaciones no se registraron por escrito o porque los papeles se hicieron desaparecer hace años”, afirma el autor, profesor titular de la Universidad Rey Juan Carlos.

Sin embargo, José Luis Rodríguez Jiménez ha conseguido reconstruir la trama mediante archivos diplomáticos y policiales españoles, franceses y belgas, entre otros. Un ejemplo: la documentación sobre el llamativo caso de Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo en Francia y un “personaje importante”, procede del los Archives du Service Historique de la Défense. “De Bömelburg no hay rastro en archivos españoles, pese a que vivió refugiado en España y fue asesor de la policía política franquista”, dice el autor.

El papel de Serrano Suñer y de Clara Stauffer

Ramón Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores entre 1940 y 1942 y custodio de la fascistización del régimen franquista, fue un personaje clave. Durante décadas se encargó personalmente del apoyo logístico y económico a sus amigos europeos de la cruz gamada. El autor destaca su “sintonía ideológica y la amistad con personas con las que se había relacionado como ministro de Exteriores, sobre todo del Tercer Reich y la Francia de Vichy”.

Sin embargo, Serrano Suñer también se encargó de eliminar pistas: “En el Archivo del Ministerio de Exteriores falta muchísima documentación de la época de la Segunda Guerra Mundial, de las relaciones de España con la Alemania nazi y la Italia fascista, pues Ramón Serrano Suñer, cuñadísimo, y otros políticos, se llevaron documentos que les implicaban en esa colaboración y que dejaban constancia de las relaciones diplomáticas, militares, económicas, policiales y culturales de la España de Franco con el Tercer Reich”, agrega.

Por el libro desfilan otros personajes secundarios con un papel muy relevante en el acogimiento de sus aliados nazis. Clara Stauffer, dirigente hispano-alemana de la Sección Femenina de Falange, nieta del fundador de Loewe e hija del director de Casa Mahou, mantuvo una relación muy estrecha con Léon Degrelle, máximo dirigente del fascismo belga y uno de los principales protagonistas de la obra de José Luis Rodríguez Jiménez. El historiador lamenta que el rastro de Stauffer, una mujer fascinante retratada en algunas obras literarias, en los archivos se haya borrado parcialmente: “Me he quedado con ganas de saber más sobre ella”, dice.

Por otro lado, el doctor falangista Narciso Perales, médico personal de Serrano Suñer y de refugiados en España, “era un falangista radical, un fascista español que sintonizó con el nazismo plenamente, y que no quiso creer que los genocidios nazis realmente habían ocurrido”, explica el investigador, que agrega: “Actuó por amistad y compromiso ideológico, por los mismos motivos que Stauffer, y siempre por indicación de Serrano, proporcionando domicilios donde ocultar a personas y luego darles distinta ayuda”.

Pese a su papel en la trama, todos los detalles sobre la participación de Serrano Suñer, Stauffer y Perales, entre muchos otros, no han salido a la luz por completo. “El problema principal es que, al ser un tema secreto, no todos sus contenidos se registraron en papel y durante la larga cronología de la dictadura franquista hubo mucho tiempo para ocultar o destruir documentación”, insiste el historiador.

España y las rutas de huida europeas

La obra se remonta a la inmediata posguerra europea y al caso iniciático del francés Pierre Laval, presidente del Gobierno colaboracionista de Vichy que aterrizó en Barcelona en 1945 procedente del castillo alemán de Sigmaringen (una etapa retratada en una conocida novela de Louis-Ferdinand Céline), una semana después de que llegara a la ciudad la italiana Miriam Petacci, hermana de la amante de Mussolini.

España cedió a la presión de los aliados y entregó a Laval —en la ciudad austriaca de Linz, zona de ocupación de las tropas estadounidenses— después de la conmutación de la pena de muerte de Pétain. Laval acabó en manos de la Francia del general De Gaulle y fue condenado a muerte, degradación nacional y confiscación de sus bienes. El 15 de octubre de 1945, fecha de la ejecución, intentó suicidarse con cianuro pero un médico de la prisión de Fresnes lo salvó con un lavado de estómago. Luego fue fusilado.

El final de Laval ante un pelotón de fusilamiento marcó la política de Franco en las siguientes décadas. José Luis Rodríguez Jiménez enmarca en su libro el papel de España en el contexto de posguerra europea y en las cuatro rutas de huida de los nazis (nórdica, suiza, belga y española), especialmente hacia la Argentina del general Perón.

El régimen franquista, con “silencio, proporción de un escondite y a veces de una nueva identidad” acogió a un número incalculable de nazis, fascistas y colaboradores del Tercer Reich. Los vínculos entre la Gestapo y la Brigada Político Social, en una breve etapa de colaboración, al menos entre 1940 y 1941, que incluyó el control de los judíos residentes en España, propiciaron que la policía política franquista siguiera dando alas a sus homólogos alemanes después de que Hitler se quitara de en medio en su búnker de Berlín.

La Dirección General de Seguridad (DGS), pilar de la policía política del franquismo con destacados comisarios abiertamente antisemitas y pronazis, como los escritores Mauricio Carlavilla y Eduardo Comín Colomer, jugó un papel destacado: “Colaboró no encontrando a parte de los reclamados por los Aliados, aunque tenía datos sobre dónde se encontraban”.

El libro destapa el “caso más flagrante” de la utilización del Hospital Penitenciario Eduardo Aunós en Madrid, convertido en un escondite de la DGS “para que decenas de alemanes relevantes en labores políticas, policiales y de espionaje vivieran ocultos durante varios meses, antes de decidir un nuevo destino oculto o su entrega a los Aliados”.

El espionaje nazi al servicio de Franco

También el espionaje franquista del Alto Estado Mayor jugó su papel “dando, a algunos, distintos grados de protección”. Como trasfondo, emergen las disputas a varias bandas en materia de refugiados políticos entre la DGS y el Ministerio de Gobernación, los servicios de espionaje y el Ministerio de Exteriores. El historiador ha reconstruido la trayectoria en España, entre otros, de Karl Bömelburg, jefe de la Gestapo en Francia; de Wilhelm Friedrich Heinrich Knipa, espía nazi que colaboró con el Alto Estado Mayor español, singularmente en Marruecos, y cuya biografía (médico, infiltrado, contrabandista y un largo etcétera) daría para una o varias novelas, además del grupo de Rudolph Recke, exjefe del servicio de información alemán en el Norte de África.

José Luis Rodríguez Jiménez destaca que España fue el país donde recaló mayor el contingente de personal de la inteligencia alemana en el extranjero. Un auténtico nido de espías nazis: “Por parte española, se deseaba la menor repatriación posible, dado que si eran interrogados en los campos de internamiento alemanes por personal británico y estadounidense podrían contar cosas de la colaboración entre España y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial”. “Además de este factor, y de la sintonía ideológica, por su experiencia podían ser útiles en inteligencia sobre el nacionalismo marroquí y la oposición antifranquista”, afirma el autor.

La obra, narrada ágilmente y excelentemente documentada, indaga en la presencia secreta en La Legión española de un contingente de oficiales húngaros y rumanos, cuyos países habían sido aliados del Tercer Reich en la guerra contra la Unión Soviética. También se sumaron un “número indeterminado” de oficiales del Ejército Ruso de Liberación que habían colaborado con la Wehrmacht, la mayoría nacionalizados españoles. Por lo demás, el libro de José Luis Rodríguez Jiménez dedica un minucioso apartado a la presencia de los terroristas partidarios de la Argelia francesa y al papel destacado de España de apoyo a los sectores ultras que pretendían frenar el proceso de descolonización argelino.

Los genocidas croatas exiliados

El investigador relata asimismo las andanzas en España de los antiguos responsables del régimen 'ustasa', el movimiento fascista nacido en la zona croata de los Balcanes, la única de mayoría católica, cuyo líder, Ante Pavelić, fue colocado por Hitler al frente del Estado Independiente de Croacia. El régimen 'ustasa', con la protección del papa Pío XII, exterminó a las comunidades de serbios ortodoxos, gitanos y judíos, entre otros, con tal voracidad que incluso sus aliados nazis protestaron.

Pavelić fue “el de más alto rango entre los criminales” refugiados en España. Con el enfrentamiento interno entre el exilio croata a rastras y después de permanecer en Argentina, Chile y Paraguay, bajo la dictadura ultraderechista de Alfredo Stroessner, regresó a España y murió en Madrid en 1959.

Tras su muerte, al podio de los criminales con mayor rango ascendió Vjekoslav Luburić, exdirector de la red de campos de exterminio del Estado Independiente de Croacia y comandante del campo de Jasenovac, con un porcentaje de mortalidad superior al de Auschwitz. El misterioso asesinato en 1969 de Luburić en Carcaixent, la localidad valenciana en la que se asentó gracias a la ayuda, entre otros, del franciscano Miguel Oltra, ha sido investigado en detalle por el periodista Francesc Bayarri en el libro Cita a Sarajevo, reeditado por Austrohongaresa en 2019.  

José Luis Rodríguez Jiménez repasa el papel de destacados representantes de la Iglesia Católica en la ayuda y protección al exilio croata. Un asunto incómodo para el Vaticano, cuyos archivos son “escasamente accesibles”, recuerda el autor, que sospecha que “se adoptaron acuerdos de palabra y hubo sobre todo intervenciones particulares de figuras preeminentes, entre ellos algún obispo, o que se sentían bien respaldadas por autoridades políticas”. “Una parte de los protegidos fueron eclesiásticos croatas y en la protección a los criminales 'ustasas' intervinieron eclesiásticos españoles, con o sin mediación de franciscanos croatas”, añade el historiador. 

Se trata de un tabú para la Santa Sede: “En general, la Iglesia Católica procura tratar lo menos posible el tema de la Segunda Guerra Mundial, de la firma y mantenimiento del Concordato con el Tercer Reich y del silencio del papa ante los crímenes de guerra y contra la humanidad del nazismo, de los que tenía datos, gracias a su servicio diplomático y de inteligencia y lo comunicado por los Aliados occidentales”, explica Rodríguez Jiménez. 

Léon Degrelle y el matrimonio Urraca

Sin embargo, León Degrelle, fundador del Partido Rexista belga, es el auténtico hilo conductor del libro. El 8 de mayo de 1945, el Heinkel 111 de Léon Degrelle, condenado a muerte en su país, aterrizó medio destrozado en la playa de La Concha de San Sebastián. Acogido y escondido en España, con la ayuda especial, entre muchos otros, de su amigo José María de la Blanca Finat y Escribá de Romaní, conde de Mayalde y jerarca pronazi del sector falangista del régimen.

“Degrelle”, recuerda el historiador, “pasó más de la mitad de su vida en España, murió aquí, está enterrado aquí, aquí se casaron tres de sus hijas, con españoles, y se quedaron a vivir en España”. Su megalomanía causó severos dolores de cabeza al régimen franquista, especialmente a partir de la década de 1960, coincidiendo con las negociaciones para un tratado preferencial con la Comunidad Económica Europea.

La vida en España del dirigente fascista belga, detallada con minuciosidad por José Luis Rodríguez Jiménez, merecería una película. Sufrió intentos de secuestro, publicó libros de cabecera entre las bibliotecas de los ultraderechistas españoles y mantuvo negocios con los que se forró hasta tal punto que se construyó La Carlina, una lujosa casa de campo en la sierra sevillana.

En 1955, una vecina lo adoptó y Degrelle obtuvo la nacionalidad española. Su DNI, tramitado gracias a la DGS, figuraba a nombre de León José de Ramírez Reina. Aunque el régimen pretendía que pasara desapercibido para no estorbar las relaciones diplomáticas con Bélgica, el egocéntrico Degrelle concedió entrevistas sin parar a medios españoles e internacionales, convirtiéndose en el refugiado más problemático para el Ministerio de Exteriores franquista.

Tres años después, construyó en los alrededores de su finca viviendas de alquiler para oficiales norteamericanos, dado que cerca de la localidad sevillana de Constantina se había instalado un radar de vigilancia y los militares de la base de Morón de la Frontera hacían turismo por la zona.

En la boda de su hija Anne vistió traje blanco de uniforme con la Cruz de Hierro al cuello, a pesar de las advertencias de sus anfitriones españoles. Las conocidas fotos del enlace matrimonial fueron publicadas en Paris Match, provocando una nueva crisis diplomática con Bélgica.

Además, estuvo vigilado por organizaciones antifascistas dedicadas a la caza de nazis y por la propia DGS, aunque por motivos diametralmente opuestos. En 1961, dos hombres vinculados por la policía franquista con un comando secreto de Israel, fueron detenidos en la frontera francesa con siete pistolas y munición. Degrelle puso tierra de por medio y se escondió en Madrid, en casa de su amiga Clara Stauffer, con una fuerte vigilancia de la DGS. Acuciado por una delicada situación económica a consecuencia del fracaso de una operación inmobiliaria, acabó abandonando la mansión sevillana en 1962

El historiador ha reconstruido la compleja relación de Léon Degrelle con su familia y las relaciones con Héléne Cornette, la esposa del policía Pedro Urraca. Éste último, un agente de la DGS dedicado a cazar exiliados republicanos en Francia —el más conocido, Lluís Companys— fue condenado a muerte en rebeldía en 1948. El policía y su mujer recalaron en Bélgica, donde Pedro Urraca fue destinado a un puesto encubierto como agregado policial del Consulado General de España en Bruselas, dedicándose a las mismas tareas de persecución de exiliados mediante una red de confidentes e infiltrados.

El hijo del matrimonio, Jean Louis Urraca Cornette, fue acogido por Degrelle en su finca y el romance del refugiado belga con la esposa de Urraca propició un intercambio epistolar a tres bandas propio de un culebrón. Tanto la nieta de Urraca, autora de una novela biográfica, como varios hijos de Degrelle han colaborado con los investigadores prestando sus recuerdos, valiosa documentación e importantes pistas para reconstruir sus respectivas historias familiares, irremediablemente condicionadas por el papel de sus parientes en el entramado nazi europeo.

A pesar de los numerosos problemas diplomáticos que ocasionó, Degrelle nunca perdió influencia en el régimen franquista. En otra boda de una de sus hijas en España —en 1969 y esta vez vestido de civil—, fueron testigos de los novios el entonces presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo; el juez del Tribunal de Orden Público (TOP) y excomisario de la Brigada Político Social, Jaime Mariscal de Gante, y el entonces alcalde Madrid, Carlos Arias Navarro, además de generales y marqueses de alta alcurnia.

La leyenda de Otto Skorzeny

Otro amigo de Degrelle, el famoso nazi Otto Skorzeny, mantuvo una vida más discreta en España, país al que llegó en 1950, presumiblemente desde Argentina, y del que obtuvo permiso de residencia y pasaporte. Ambos “fueron un referente, Degrelle el principal, para la minoría neonazi en España y también para sectores falangistas”, apunta el autor de la obra. Skorzeny se convirtió en una leyenda del nazismo por la operación encargada por Hitler de rescate en 1943 de Musolini, tras haber sido depuesto y detenido en un hotel situado al pie del pico del Gran Sasso de la cordillera de los Apeninos. Sus libros editados en España eran lecturas de cabecera de los herederos políticos del nazismo.

Otto Skorzeny, de nacionalidad austriaca, no creó problemas al franquismo al no estar reclamado por su país de origen ni por Alemania. Dedicado a los negocios (entre otros, la construcción de las futuras bases militares estadounidenses en España) y ya convertido en un mito del neonazismo europeo, viajó por medio mundo, incluyendo la República Federal de Alemania.

“Tenía una esposa rica y comenzó con una pequeña oficina, con la que haría buenos negocios, gracias a los contactos políticos entre personas relevantes de Exteriores y del propio Gobierno español y en el extranjero, y porque ofrecía en Egipto y países sudamericanos productos que eran útiles para sus dirigentes”, explica José Luis Rodríguez Jiménez.

Skorzeny murió en Madrid el 7 de julio de 1975. En su funeral, al que asistieron capitostes como el exministro falangista Raimundo Fernández Cuesta, se entonó el 'Cara al sol' y el himno del Tercer Reich. Su amigo Léon Degrelle murió en Málaga el 31 de marzo de 1994.

Ambos personajes supusieron “un aliento” para los sectores más ultras del franquismo, “sobre todo porque comenzaron a ser conocidos en España cuando el régimen había avanzado mucho en el proceso de desfascistización”, sostiene el historiador, quien recuerda que “sus libros siguen estando en las estanterías de las librerías neofascistas, que física y digitalmente, alimentan a su clientela en varias ciudades españolas”.

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