Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
Un guante morado y una liga de seda roja
“Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, hacía la digestión del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de la campana del coro, que retumbaba allá en lo alto de la esbelta torre en la Santa Basílica”. Leí La Regenta de Leopoldo Alas “Clarín” hace ya más de 50 años. Volví sobre el capítulo primero un día que estaba sentado en el coche esperando a Júlia, mi mujer. Quería disfrutar un rato de la que recordaba rica prosa del autor, pero el relato me atrapó. Una imprevista operación quirúrgica me ha llevado a rematar la lectura en el hospital, alternando la vista de los techos blancos y los transparentes goteros de antibiótico con la precisa narración y las detalladas descripciones de esa obra inmensa.
En el marco de una ciudad provinciana, Vetusta, trasunto literario de Oviedo, se desarrolla una pugna soterrada entre el magistral de la catedral, don Fermín de Pas, y don Álvaro Mesía, presidente del casino, por el amor de la joven Ana Ozores. Un triángulo del que don Víctor Quintanar, ex regente de la Audiencia y marido de la protagonista, cuya edad supera en más de 20 años, permanece ausente hasta que acaba sufriendo fatalmente las consecuencias.
El ambiente opresivo de la ciudad, el predominio del clero, la hipocresía y la pervivencia de la España negra son criticados con pluma maestra y fina ironía por el autor. Desde su publicación en 1884 y 1885, en dos volúmenes, la novela despertó reacciones de intolerancia, que se iniciaron con una pastoral del obispo de Oviedo, en la que criticaba un libro “saturado de erotismo, de escarnio a las prácticas cristianas y de alusiones injuriosas a respetabilísimas personas”. En 1936 partidarios del ejército sublevado dinamitaron el busto de Clarín, en el Campo de san Francisco de la capital asturiana. Pasaron 32 años hasta que uno nuevo ocupó su lugar. La dictadura bloqueó la producción de nuevos ejemplares de la obra y la distribución de otros impresos en Argentina hasta que fue autorizada en 1962.
La novela es de una gran densidad narrativa, acompañada de profundas descripciones psicológicas de los personajes. Y todo es descrito con una prosa detallista, colorista y sutil. Pese a lo intenso de la acción y lo escabroso de lo referido en algunos momentos, no hay una sola palabra gruesa. La mirada es un elemento fundamental en los personajes: “En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecían polvo de rapé, lo más notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en medio de aquella crasitud pegajosa salía un resplandor punzante, que era una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas”. En cuanto a los de don Álvaro, Ana Ozores “se dejaba mirar a las pupilas por aquellos ojos grises, sin color definido, transparentes, fríos casi siempre, que de pronto se encendían como el fanal de un faro, diciendo con sus llamaradas desvergüenzas de que no había derecho a quejarse”.
Los colores son importantes, y Clarín los administra con maestría. Predominan los tonos oscuros y la lluvia recurrente, también como metáfora: “Vetusta estaba metida en un puño. Entre el agua y los jesuitas la tenían triste, aprensiva cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza, parda, disuelta en charcos y lodazales, más que a pensar en la brevedad de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo parecía que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus contornos, más que un sueño efímero, parecía una pesadilla larga, llena de imágenes sucias y pegajosas”.
Pero como imagen poderosa, la del guante morado del Magistral. Lo encuentra por casualidad Frígilis, el compañero de caza de Quintanar, en el cenador del jardín, donde el Magistral y la Regenta han estado reunidos largo tiempo. Se lo queda la criada Petra, con ánimo chantajista. También ella pierde una liga de seda roja con hebilla de plata en una cabaña del vivero de los Vegallana, donde estuvo con el Magistral. En este caso la encuentra don Víctor y la reconoce porque era de su mujer y fue él quien la regaló a la criada. El guante y la liga son dos vivas manchas libertinas en una Vetusta atenazada por los tonos oscuros de la humedad en los edificios y el negro de sotanas, manteos y tejas.
El 13 de junio de este año que acaba de comenzar se cumplirán 125 años de la muerte de Leopoldo Alas en Oviedo. La Regenta está disponible en diversas ediciones en papel, desde muy lujosas, hasta populares, y también gratuita en formato electrónico. No es mal momento para volver sobre esa obra maestra, en un mundo con amenazas serias de intolerancia y censura.
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Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
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