Sobre este blog

Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

El clasismo en la universidad española

Algunas veces he escuchado a compañeros de la Universidad Complutense de Madrid decir: “Aquí todos podrían saber que un catedrático ha abusado sexualmente de un alumno sin que nadie moviera un dedo contra él, mientras el alumno no lo denunciara en medio de una clase, con testigos”.

La ligereza con que se expresa algo tan terrible, algo que vulnera tantas facetas de nuestra sociedad (violación, abuso de poder institucional, concepto de jerarquías, desprecio de la relación entre profesor y estudiante, etc.) solo se eclipsa bajo el silencio asertivo que suele acompañar esta reflexión. No aceptaré que sea así, que represente algo más que una mera expresión retórica. Pero sí me inquieta ese silencio que la acompaña, esa duda, ese pensamiento fugaz sobre un determinado personaje -alto en la jerarquía universitaria- que a los compañeros les viene inmediatamente a la cabeza.

¡Cuidado! No creo que la universidad sea el gueto feudal que era hace tiempo. Me comentaba una compañera que lleva muchos años de administrativa que antiguamente a los catedráticos les esperaba un bedel para recoger su maletín y su abrigo antes de entrar en el aula. Estamos ya muy lejos de todo eso. Entonces... ¿Por qué esta sentencia tan dura? ¿Por qué el título del artículo?

Porque sí existe un enorme clasismo en la universidad española (aunque lo suframos en menor medida que países como Alemania o Italia, donde muchos catedráticos caminan dos palmos por encima de los mortales). Es algo extraño cuando la figura laboral de tu contrato se debe a menudo antes a la suerte que a tener más méritos que otro compañero. Los tipos de plazas que se convocan en los departamentos dependen de muchos factores y un brillante experto puede sufrir un contrato de 600 euros al mes mientras un compañero con menos currículum “disfruta” de uno de 1.400 (hablo en términos económicos para entendernos mejor, dada la gran complejidad de los contratos universitarios). No obstante, es muy frecuente observar cómo el tipo que exigía respeto mientras ganaba 600 se lo niega a los compañeros que siguen en la misma situación tras subir él en la escala y mientras no mueve un dedo por el personal de administración y servicios. Clasismo.

¿Qué se puede esperar de una institución cuyos estatutos recomiendan decidir horarios en función del cargo y de la antigüedad en dicho cargo?

Hace poco en la Complutense se aprobó, por ejemplo, la promoción de más de cien profesores titulares a catedráticos (para entendernos: funcionarios con buenos salarios a funcionarios con mejores sueldos y más egocentrismo en la tarjeta de visita), mientras quedan profesores que literalmente lo pasan mal para comer. A menudo, cuando preguntas a uno de los beneficiados, la respuesta es: “He luchado mucho para llegar hasta aquí. Me lo he ganado. Me dan pena quienes no tienen para llegar a fin de mes, pero son luchas distintas. Ellos, la suya; yo, la mía”. Sin embargo, todos saben que la promoción de uno implica inevitablemente el estancamiento del otro. Es decir, se trata de la típica respuesta por la que, de escucharla en una película sobre la alta burguesía del siglo XVIII, consideraríamos al hablante un clasista miserable.

Tenemos lo de siempre: una clase privilegiada que exige más privilegios a base de explotar a otras personas. En la universidad española (y aún más en la italiana y la alemana, donde los catedráticos están ungidos por los dioses) existe una enorme separación entre las diferentes categorías, con la correspondiente impunidad, y existe un esfuerzo para que siga siendo así. Otro ejemplo. Hace pocos años escuché a una compañera decir en la cafetería de profesores para coger mesa: “Sí, habéis llegado antes, pero ellos son catedráticos. No les tengas esperando”. No estaba de broma, no.

La falta de solidaridad interna entre diferentes categorías es tan evidente como el corporativismo hacia quienes no son “sus iguales”. Por ejemplo, un profesor asociado que falte repetidamente a clase corre peligro de que su contrato no sea renovado, así como uno que trate mal a los estudiantes curso tras curso. Sin embargo, yo he conocido a profesores de “mayor estatus” con quejas constantes de los estudiantes ante autoridades académicas que las resolvían con “Pues cállate, aprueba y te olvidas”, o con una llamada al profesor para decirle: “Oye, últimamente estás cayendo mal a algunos. Te lo comento para que lo sepas”.

Aclaro ante todo que este tipo de desprecios no son normales, sino más bien lo contrario, al menos donde yo trabajo. Tengo un par de compañeros indeseables, pero la inmensa mayoría en mi departamento son educados y cordiales como cualquier trabajador de cualquier empresa. El problema es la impunidad con que se mueve aquel profesor que decida tener esta actitud, que decida no impartir sus clases, que decida echarse en la poltrona. El problema surge cuando estas personas dirigen la universidad. El problema surge cuando son necesarias la solidaridad y la justicia.

¿Y qué hacemos?

¿Más leyes? Os aseguro que hay leyes de sobra para castigar todo esto y también que casi nadie va a aplicarlas. La universidad actual se inventa índices de resultados, encuestas a estudiantes, controles de asistencia... para evitar la endogamia, la desidia, la incompetencia..., pero se perpetúa la estatusfera. Todos callan. Nadie acusa con el dedo ni retira el saludo porque, ya sabes, “la educación es lo último que se pierde”. Puedes calumniar, despreciar a estudiantes, luchar por que mejoren tu contrato mientras otros lo pasan mal, etc. Pero no le recrimines nada a nadie, no le dejes en evidencia, no dejes de saludarle. Porque él puede perder la dignidad, la honestidad, la decencia, etc. Pero tú no la educación.

¿Quién se inventó esa frase? ¿Jack, el destripador? ¡Sé que está mal descuartizar a gente, pero no me pongas en evidencia en público!

Quizás se deba a su imán para los inadaptados sociales cuyo único reconocimiento ha venido de sus maquinaciones académicas y de su expediente, pero no ha pasado por la humildad que se adquiere dando clase en un instituto, sirviendo mesas en un bar o conduciendo un taxi. La universidad ha sido con demasiada frecuencia una fábrica de freaks. ¿No ocurren cosas parecidas en las empresas, en los hospitales, en el ejército? Creo que sí, que Europa es clasista por sí misma. Quizás me duele que ocurra entre quienes deberían ser modelos de saber y humanidad. Por eso asusta más entender que las últimas propuestas de privatización de la universidad, de equiparación con las empresas, de supeditación a cuantificaciones competitivas van a empeorar todos estos males.

Por suerte, esto ocurre menos entre jóvenes compañeros que han tenido una vida más allá de la biblioteca y de las rencillas departamentales. Esta es la vía: la regeneración moral interna, no el intervencionismo de políticos y empresarios. Quizás por todo ello estas actitudes llaman más la atención cuando entras a una reunión con los viejos vicerrectores que gobiernan muchas de nuestras universidades. Debes acostumbrarte a que, tengas los méritos que tengas, hayas llegado a la edad que hayas llegado, antes de empezar cualquier negociación, ellos ya saben a qué clase pertenecen las dos partes. Y pierden la educación tras haber perdido muchas otras virtudes por el camino, como la empatía, la humildad o la piedad. Y ese es un mal universitario mayor que la endogamia, la desidia o la ineptitud, porque provoca los otros males e impide que se les ponga solución.

Regeneremos desde la humildad y la solidaridad. Así la universidad se parecerá más al modelo de humanismo que debe ser.

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