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'El arte de ser un desastre': el libro contra Marie Kondo que consigue lo opuesto a lo que se propone

'El arte de ser un desastre', la parodia contra Marie Kondo que le hace un favor a Marie Kondo

Mónica Zas Marcos

Vivir en un oasis minimalista de calcetines plegados y camisetas dobladas en forma de burrito no es apto para todo el mundo, pero mucho menos para Twitter. La dosis normal de odio se duplica en las redes sociales y, menos los gatitos y los linces bebé, todo lo que transmita noñería o perfección puede ser descuartizado virtualmente. Y pocas cosas hay más perfectamente ñoñas que ordenar una casa dando abrazos a las cosas que no queremos.

Marie Kondo irrumpió a principios de año en todos los hogares del mundo gracias a Netflix, pero ya había agitado armarios y cajoneras hace casi diez años con La magia del orden, best-seller en cuarenta países distintos, y con un canal de YouTube donde mostraba en directo su método Konmari. En resumidas cuentas, se trata de mezclar la filosofía oriental y el feng shui para deshacernos de los objetos que no provoquen una sparkle joy (o alegría centelleante).

Marie Kondo consiguió algo que muy pocos libros de autoayuda han logrado: que la gente que los lea no se avergüence e incluso que predique sus enseñanzas. Claro que también despertó la horda de críticas de todos aquellos que rechazan que venga una tipa con ínfulas de gurú a decirles que lancen las figuras de porcelana de sus madres al contenedor de la basura más cercano.

Una de ellas es Jennifer McCartney, autora del libro El arte de ser un desastre (Temas de Hoy). A través de una guía que rezuma sarcasmo, la periodista quiere enseñarnos “a renunciar a esa devoción por el orden que parece sacada de una secta”. Sí, el libro es una parodia. Pero teniendo en cuenta que alcanzó la lista de los más vendidos del New York Times en 2016 por encabezar “la lucha contra el perfeccionismo desde su apartamento en Brooklyn”, es extraño que su efecto sea justo el contrario.

McCartney comienza con una observación que no por obvia es menos cierta. Vivimos en sociedades consumistas que fomentan la acumulación masiva de objetos, y eso es un problema que no va a desaparecer con varias jornadas de limpieza extrema (si no, el libro de Marie Kondo no sería aún uno de los regalos preferidos de las Navidades).

De hecho, tras el estreno del programa de Netflix, brotaron los artículos de opinión criticando la futilidad del método Konmari. No obstante, alababan que como reality no tenía parangón. “Hay una extraña satisfacción en ver cómo la gente la caga por la tele pero al final siempre se las apaña para arreglar la situación”, escribe McCartney. Pero “cuidado con esos libros tan guais que prometen una magia que te cambiará la vida. La única magia verdadera que hay en el mundo es la de los unicornios y el subidón de los poppers”.

Puede que los consejos de Kondo sean valiosos, pero la filosofía de su método gravita en torno a una idea compleja: asociar los objetos a la felicidad. Y es ahí donde El arte de ser un desastre encuentra la diana para sus mofas continuas: “Tus calcetines no están tristes por estar metidos de cualquier manera en el cajón. Tus jerseys no están tristes por estar tirados en el suelo. Así que olvídate ya de esa tontería de que la ropa tiene sentimientos. Da mucha grima y lo sabes”.

La paradoja de los extremos

Jennifer McCartney comienza su sátira con ideas que cuesta trabajo refutar, como la de arriba o como la de pensar que existen los cambios radicales que tanto dinero dan a los realities norteamericanos. A continuación, la escritora ofrece su propia terapia de choque por puntos contra el Konmari basada en la oportunista afirmación de ser libre.

El primer capítulo se llama Pon a cero tu vida prometiendo no ordenar nunca. “Estar siempre pendiente del orden es una forma de vivir tediosa y nadie quiere eso”. Aquí McCartney se pregunta si la disciplina en el hogar es el secreto para una mejor salud mental o es una concepción social heredada. “Yo me aventuro a creer que de verdad no te importa, pero crees que debería importarte. O que te importa lo que pensará otra persona que vea el desastre”, defiende.

Cada vez que quieras ponerte tu jersey favorito, es como emprender una excavación arqueológica. ¿Te acuerdas de cuando querías dedicarte a la arqueología? A todos nos ha pasado. Por los dinosaurios. Así que, en resumen, al amontonar las cosas en pilas estamos cumpliendo nuestro sueño infantil.

En el siguiente capítulo, se propone una recopilación de artículos periodísticos sobre las consecuencias negativas del desorden, desde aumentar el estrés hasta engordar. Pero, como indica McCartney, no es casualidad que en todos ellos se recomiende al final una lista de libros de autoayuda, un servicio de organización doméstica o una matrioska muy cara de sistemas de almacenaje.

“Usemos la lógica. ¿Te sobra el dinero? ¿Has estado en Italia? Si la respuesta a cualquiera de estas preguntas es ”no“, no necesitas un sistema de almacenaje”.

El arte de ser un desastre aboga por un “planteamiento holístico respecto a lo de dejar tus chismes por todas partes. Debes hacerlo tuyo y luego comprar más cosas y hacerlas tuyas también”.

Por ejemplo, el escritorio, cuanto más lleno y desparramado, mejor, porque es sinónimo de un “cerebro supercreativo”.

Por su parte, el baño es un reflejo de nuestras carencias e inseguridades, y vaciarlo sería un acto de descortesía hacia nosotros mismos. ¿Armario inundado de ropa? Cierra la puerta. ¿Cocina sucia y repleta de cacharros de la teletienda? Tienes que comer para sobrevivir y eso genera desorden.

En cada uno de estos apartados, la autora, como embajadora del estilo de vida que predica, ofrece una imagen -exagerada- del estado de sus habitaciones. Pese al tono jocoso de sitcom y a varias bromas buenas, el resultado que genera es una urticaria y un deseo irrefrenable de correr a comprobar que nuestra casa no se encuentra en la misma condición que la suya. Y, en tal caso, ponerle remedio recurriendo incluso al libro de Marie Kondo que tanto odiábamos al principio de El arte de ser un desastre.

Sin embargo, comparando ambas moralejas, es preferible la de Jennifer McCartney, siendo consciente de que ha escrito una parodia trufada de hipérboles y humor, a la de Marie Kondo, quien tuvo que admitir hace poco que ni siquiera ella, con un hijo recién nacido, es capaz de hacerle justicia a su imperio del orden.

Es tristemente cierto que acumulamos infinidad de cosas que no necesitamos y que este excedente está dañando el planeta. Pero no es algo que haya descubierto Marie Kondo (y para ser justos tampoco se jacta de ello). Como en todo, lo útil sería aplicar algunos consejos y no dejarse llevar por los fenómenos. Porque, al fin y al cabo, tú eres el único que debe encontrar la camiseta color Lirio del tigre y estar a gusto con un caótico escritorio lleno de libros geniales.

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