Las culpas del Alakrana
Ahora que el atunero y sus 36 marineros navegan libres, rumbo al final feliz de las Seychelles, es el momento de preguntarse por la moraleja del cuento. No se trata de ajustar cuentas, que sin ser un desenlace perfecto tampoco acaba mal. Pero sí vendría bien aprender algo del suceso, no vaya a ser que la pesadilla se repita, incluso antes de Navidad.
¿De quién es la culpa? La respuesta es subjetiva, así que aquí va la mía. Por orden de importancia, el primer puesto pertenece, sin duda, a los piratas. Es una obviedad que se olvida fácilmente, pero sin secuestradores nunca hay secuestros. Es cierto que las alternativas vitales en el país sin ley de Somalia son pocas, pero eso no puede justificar la violencia.
La culpa se acaba ahí, pero la responsabilidad no. También debería dar alguna explicación el armador, que ha puesto en riesgo la vida de sus trabajadores a cambio de una rentabilidad peligrosa. Es un dato que ya parece olvidado, pero el Alakrana estaba a unas 400 millas al sur de la zona de seguridad, había sido alertado horas antes de la presencia de piratas en esa zona y, aun así, siguió faenando, que dicen que el atún es caro.
Pese a todo, el Gobierno también tiene una importante responsabilidad que asumir. La decisión de perseguir y traer a España a los dos piratas, que aún esperan juicio, complicó inútilmente el secuestro. Tampoco estaría mal que, para variar, alguien explicase la letra pequeña del pacto: quién ha pagado el rescate –el CNI o el armador– y si existe algún acuerdo sobre la suerte de los dos detenidos. El Ejecutivo alega razón de Estado para justificar el secreto. No me vale: el Estado somos todos.
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