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La solución no es una guerra entre generaciones

He aquí la pesadilla para los que queremos una sociedad más justa y equitativa. La derecha, tanto en Reino Unido como en el resto de Europa, ha encontrado la clave para su eterno dominio político: ante el envejecimiento de la población, alimentarse del apoyo de las generaciones de mayor edad para asegurar los votos comprometidos de un sector cada vez más amplio. Abandonan a los jóvenes. Mucho menos interesados en votar, pueden condenarlos a un futuro de inseguridad en el trabajo y en la vivienda, a la deuda y a un nivel de vida en declive, sin sufrir consecuencias políticas.

Los millennials están pagando las pensiones de la generación del baby boom

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No hablamos de un futuro distópico. Es la política que se está construyendo en el presente, al menos en Reino Unido. En todas las elecciones generales desde 1997, el número de personas mayores que vota a los conservadores ha ido en aumento; desde 2001, muchos han optado por los tories antes que por el Partido Laborista. El respaldo a Margaret Tatcher por parte de los votantes jóvenes fue decisivo en 1983. En cambio, cuando los laboristas se aseguraron en 2015 una victoria aplastante entre el electorado menor de 25 años, el 57% no acudió a las urnas.

Un estudio de The Guardian sobre los apuros que viven los millennials, pinta un panorama desolador en buena parte del mundo occidental. La calidad de vida de los jóvenes en Europa y Estados Unidos no alcanza el nivel de la que disfrutan los ciudadanos más mayores. En Reino Unido, las nuevas generaciones se enfrentan a una batería de ataques a su bienestar: una falta de viviendas asequibles, seguridad y trabajos bien remunerados, la destrucción de los servicios para la juventud, una deuda universitaria desorbitada, un salario mínimo discriminatorio, recortes en la seguridad social, y mucho más. Demasiado dolor para tan poco compromiso político. ¿Cómo se puede dar marcha atrás?

En primer lugar, una guerra de generaciones no es la solución. A veces veo que los millennials critican el supuesto egoísmo de la generación de sus abuelos en las redes sociales. Puede servir como un mecanismo de liberación para algunos, pero es veneno político.

Las generaciones no son homogéneas, para empezar, y hay que centrarse en construir alianzas entre sus miembros. En una sociedad envejecida, si la izquierda no consigue una proporción considerable del electorado de mayor edad, nunca volverá a hacerse con el poder. Si los jóvenes están decididos a enfrentarse a los mayores –en una sociedad marcada por el 'divide y vencerás', por lo público y lo privado, por los trabajadores precarios y los desempleados–, será la izquierda la que fracase.

La baja participación entre los jóvenes no es algo inevitable. En torno al 73% de la población de entre 18 y 25 años votó en 1983 y, el año pasado, su 43% de asistencia a las urnas fue decisiva. Hay diferentes puntos de vista para explicar esta evolución; y este es el mío.

Incluso en la última etapa de los años 70, la filosofía predominante ha sido la de un resistente y descarado individualismo. Los obstáculos a los que nos enfrentamos en la vida ya no son injusticias colectivas que necesitan soluciones colectivas. Como individuos, necesitamos tratar con nosotros mismos, o el mantra se nos olvida. Estamos configurados para triunfar en la vida a través de nuestro esfuerzo personal; si vencemos, es muestra de nuestras propias habilidades, si "fallamos", es nuestra culpa. La responsabilidad del Gobierno es mínima.

Por otra parte, lo que puede hacer el Estado parece bastante limitado. El Gobierno ha delegado alegremente buena parte de su poder a los mercados. Es por esto que la figura del político es bastante abstracta para los jóvenes, alejada de sus vidas cotidianas y experiencias. Apatía: es la palabra que más se maneja para describir su actitud, como si básicamente les diese igual. No establecen una relación entre la política real y esos sueños y preocupaciones. No les parece relevante.

De ahí la baja estima que sienten los ciudadanos por los políticos. Un estudio de hace algunos años concluyó que el 81% de los adolescentes de 18 años tenían una visión negativa sobre los partidos políticos y sus integrantes, mientras que el 66% sentía que no se podía confiar en la honestidad del Gobierno. No parece que la situación haya mejorado desde entonces. La inmoralidad de algunos políticos –patente en los escándalos de corrupción– no consigue despertar una indignación que acabe con esta forma de hacer política. Al contrario, provoca que la gente de por perdidos a todos los políticos, y a la política como vehículo de un cambio significativo.

Y aquí está la tragedia: muchos jóvenes saben que se enfrentan a un futuro difícil, pero están totalmente resignados. Si hay esperanza, muchos han dejado de creer en ella; una decisión que depende solo de ellos, como individuos. No es el caso de todos jóvenes, por supuesto.

Bernie Sanders quizá no gane la candidatura presidencial del Partido Demócrata, pero su fenómeno político ha sido impulsado por la determinación de los votantes de menor edad. Casi la mitad de los jóvenes que votaron en Reino Unido el año pasado optaron por los laboristas o por los verdes. Y ahí está España, con su relativamente nuevo partido progresista Podemos, que basa su apoyo en la gente joven a un nivel desproporcionado.

Es relevante, sin embargo, que no solo la izquierda se alimente de la frustración de la juventud. Aproximadamente un tercio del electorado francés menor de 34 años votó al partido de extrema derecha Frente Nacional en las elecciones municipales del pasado año. De manera similar, las nuevas generaciones en Dinamarca, los Países Bajos y Polonia están optando también por la derecha radical.

Si la izquierda triunfa, debe hacer dos cosas y ninguna de ellas es fácil. Instar a más jóvenes a creer que las acciones colectivas pueden cambiar sus vidas personales, y revertir el giro a la derecha del voto de los mayores. España es la muestra de que movilizar a las nuevas generaciones es posible. Podemos le debe su éxito a varios movimientos comunitarios, que empezaron con los indignados en 2011, cuando los votantes más jóvenes ocuparon las plazas del centro de las ciudades.

Confiar en la comunidad los asuntos más importantes de las vidas del electorado joven, como la vivienda o los servicios sociales, es crucial. No tiene que traducir solo en protestas y concentraciones, que pretenden llamar la atención de aquellos que ya tienen comprometido su voto. Sino ir hasta donde está la gente joven. Por ejemplo, ¿por qué los sindicatos o los partidos obreros no crean centros para la juventud?

Esto también implica tener un poco de sentido del humor. La música que suena cuando los miembros de Podemos andan por el escenario durante sus mitines no es La Internacional ni The red flag, sino la de los Cazafantasmas. ¿Por qué no mezclar comedia, música y deportes con la organización de la sociedad? Sin duda eso implica abandonar la retórica y el argot con los que están familiarizados los activistas de la izquierda pero que de ninguna manera llegan a la mayoría de las personas más jóvenes.

Los miembros de esa generación deberían esperar una vida mejor que la de sus padres. La tragedia no es solo que se roba ese optimismo a buena parte de los jóvenes, sino también que ellos se resignan a eso. Pero ¿qué es la izquierda si no es el rechazo de la idea de que la injusticia es inevitable y la creencia de que se puede superar con la determinación colectiva? Si la izquierda no tiene éxito, se dará por perdida a la próxima generación, y será toda la sociedad la que lo sufra.

Traducido por: Mónica Zas

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Publicado el
9 de marzo de 2016 - 21:29 h

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