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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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Tres rosas fúnebres a Don Miguel Ortuño

'Las calles de Yecla' de Miguel Ortuño

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La tarde del pasado viernes 18 de diciembre me llegó un mensaje al móvil. “Ha muerto don Miguel... Qué pena. Era muy inteligente y muy buena persona.” me escribía mi madre. Era DON Miguel, para mí y para todos, porque el don y la doña solo se ganan con el Ser. Don Miguel Ortuño Palao, cronista oficial de la ciudad de Yecla, ha fallecido a los 96 años en su Yecla natal, tierra tan extensamente cultivada por el luminoso vértice humano -y humanista- de su puño y letra. El artículo con el que Ana María Matute, escritora española y silla “K” de la RAE hasta 2014, contribuyó a la obra colectiva Homenaje al académico Miguel Ortuño Palao (2009), publicada por la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia, se tituló “El último caballero”.

De los catorce florilegios que don Miguel nos lega, columnas que levantan la memoria yeclana e inmortalizan la idiosincrasia de la “ciudad adusta”, heredé Las calles de Yecla y adquirí por cuenta propia el Diccionario del Habla de Yecla, cuya autoría compartió con doña Carmen Ortín (1925-2017), escritora conterránea y Catedrática de Latín, esposa y compañera de vida de don Miguel. Ambos han conformado una de esas parejas literatas españolas -como Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez- que han apacentado codo con codo las páginas de nuestro mundo con la médula de la erudición y de la belleza verbal, con el refinado simbolismo de las palabras bruñidas.

Las calles de Yecla lo recibí de mi abuela Lola, quien atendió durante años al padre de Don Miguel hasta su aliento final. Mi madre, desde muy joven, se iba con ella y la ayudaba a limpiar la casa del matrimonio. “Se portaban tan bien... Eran de lo que ya no hay, la masa de los ángeles” me confiesa mi abuela, emocionada, al teléfono. “Yo tenía una llave de su casa por lo que pudiera ocurrir, y una vez que vinieron de viaje pasaron por aquí, porque se dejaron la suya dentro. Me trajeron un collar como presente. A tu madre, cuando se casó, le regalaron el jarrón de porcelana con el tapete de ganchillo que tiene en el comedor. Don Miguel era una buena persona, creyente y que respetaba a los que no creían. Iban a consultarle todos los políticos, los de izquierda y los de derecha, y a todos acogía”.

La niña que fui tuvo el honor de tratar a Don Miguel una vez. Mi educación primaria transcurrió en el colegio de Yecla que luce su nombre, el CEIP “Miguel Ortuño Palao”, centro que todos los años organizaba para cada ciclo académico un concurso de cuentos. Resulté premiada en algunas ocasiones. El premio, que consistía en libros y material escolar, lo entregaba don Miguel en persona. Me acuerdo de que acercó su mano a mi hombro -su mirada de sol y una cariñosa sonrisa dirigidas hacia mí- y me dijo con voz cómplice: “Veo que te gusta escribir”. Su apreciación pasó desapercibida en mi niñez. ¿Escribir? De niña me sentía deslumbrada por la televisión, mi ocio lo domaban los trazos y colores en movimiento de la pantalla, y yo ponía mis esfuerzos artísticos en intentar transmutar cada segmento y parcela cromática en esos cuentos escolares de la infancia. En ellos, la escritura debía acompañar: era el aburrido requisito previo a dibujar y pintar.

Hace unos meses me hice con el Diccionario del Habla de Yecla. Investigo en Lingüística. Como a nuestro excelso tándem de estudiosos yeclanos, me interesa la variedad de español hablada en lo más alto del Altiplano murciano; el pormenorizado vocabulario terminado en -ico que recogieron doña Carmen y don Miguel en dicho tesauro me llevará de la mano. La verdad es que sí me gusta escribir, don Miguel. Ahora lo entiendo mejor.

Las voces de estas líneas -la de mi abuela Lola; la de mi madre, Marifé; y la mía- lo recordarán con afecto. Vayan a usted debidas ad vitam aeternam.

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